Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 14 de marzo de 2021
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones subnacionales
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Lucía Camerati
Fotografías Freddy Barragán
Dos horas de capacitación para ser jurado electoral. Todos, con cara de novatos en el tema, hicimos muchas preguntas, la capacitadora se explayó en explicar cómo debían votar las personas con discapacidad con el voto asistido, cuáles eran los cargos a elegir, a qué hora debíamos estar, cómo se abría una maleta electoral, cómo se armaba un ánfora, dónde firmar, dónde sellar, a qué hora cerrar mesa. Al principio tomábamos apuntes, parecía una aventura increíble, pero mientras pasaban los minutos me distraje con ciertos términos, por ejemplo con la palabra “palotear”. La capacitadora señalaba que alguien debería hacerse cargo de “palotear”. ¿Dar palo a los que no ejercen distancia social? ¿Gritar fuerte el resultado?, me decía mientras reía en silencio. Y no, había resultado ser la acción de anotar los palitos de cinco en cinco al momento del conteo de votos. -Yo quiero palotear, decía entusiasmada, pero no. Terminé como presidente de mesa, un rol que jamás olvidaré.

La capacitadora señalaba que alguien debería hacerse cargo de “palotear”. ¿Dar palo a los que no ejercen distancia social? ¿Gritar fuerte el resultado?, me decía mientras reía en silencio.
Mientras muchos de mis amigos dormían, yo debía despertarme a las cinco de la mañana y armarme como para la guerra. Plátanos, almendras, pasas, galletas, un pedazo de queso y un termo con mate. Incluso me animé a cocinar unos fideos, y por si algo dolía, pastillas, por si acaso faltara, alcohol en gel, desinfectante, un rollo de papel higiénico y mi poncho por si hacía frío. Salí a las 6:30 de casa, cargando una mochila, pensando que la notaria y los compañeros estarían renegando por mi tardanza, pero no, éramos tan pocos que algo raro se nos venía encima.
Alrededor de las 7, sólo éramos dos de seis ciudadanos. -Ya llegarán, tienen que llegar, yo quería palotear, no me acuerdo de nada, decía por dentro, mientras mi compañero, gran camarada secretario de mesa, cargaba la maleta que nos habían entregado. La desesperación de la espera crecía. De puro nervios me puse a desayunar, hasta que apareció el ángel del día, un jurado que había tenido ya su primera experiencia el año anterior; él fue el guía principal. Belleza, es así que fuimos los tres los que tuvimos que cargar con la responsabilidad ciudadana durante 15 horas de trabajo intensivo, sin descanso.
De puro nervios me puse a desayunar, hasta que apareció el ángel del día, un jurado que había tenido ya su primera experiencia el año anterior. (...) fuimos los tres los que tuvimos que cargar con la responsabilidad ciudadana durante 15 horas de trabajo intensivo, sin descanso.
Una maleta electoral es un universo, todo ciudadano debería dominarla, eso debería ser materia de colegio; todos deberíamos dominar esa pinche maleta: sobre A, sobre B, sobre C, papeletas, cinta adhesiva, tinta, papel higiénico, cotonetes, bolígrafos, alcohol en gel y un montón de cositas que nos habían explicado al detalle, pero que a la hora de la hora no sabes dónde se pone o para qué sirve. Momento de contar y firmar las 220 papeletas que tocaron en la mesa 6. La exactitud, la mente clara, la precisión y la cabeza fría se juegan en estos momentos, sobre todo cuando aparecen los votantes más puntuales y apurados.
8 de la mañana y seguíamos ordenando el material. Mi decisión fue no apurar, sino tener todo en orden, nada de estrés, como si se tratara de calentar motores, como si estuviéramos cargando gasolina para un largo viaje. Ya me empezaron a odiar, sobre todo una doña que comenzó a gritarnos cuando empezamos a sacar las mesas.
¡Esto tenía que estar a las 8, qué irresponsables, apúrense pues!
-Señora, por favor, denos unos minutos. No han venido tres jurados.
-¡Ustedes tienen que abrir a las 8!
Capaz le puse cara, bueno, ojos de insolente porque me vio con más ira. Yo no estaba dispuesta a que cometamos ningún error y menos a que nos loqueáramos desde tan temprano. Así que abrimos a eso de las 8:30, nada mal en comparación con otras mesas que entraron en desesperación porque no tenían jurados. Ya nomás vi a Adrián Nieve, periodista, yendo de un lado a otro, y no, no estaba ejerciendo su labor periodística; también le había tocado ser ciudadano jurado. Ahí va otro caído, me decía.
El acontecimiento de la votación tiene entonces sus personajes. El ciudadano, que tiene su propio bolígrafo y su alcohol, o el que llega con su pijama o aquella que trae a su abuelita y debe entrar a apoyar para anotar el voto. Nos ha tocado de todo, señoras que estoy segura no entendieron cómo había que votar o de aquellas que me miraban aguantando mi explicación de protocolo, sí, sí, ya sé diciendo. Otros que colaboraban con el orden y explicando a ciudadanos desubicados, y otros que tenían el barbijo debajo de la nariz.
Mientras los muchachos entregaban certificado de sufragio y buscaban locamente los nombres, yo debía poner orden, desdoblar, abrir las papeletas, explicar y hacer pasar a la sala. Mientras tanto, dejar mi huella y firmar el certificado de sufragio. Haciendo ya las cuentas en la noche, me di cuenta que firmé como 500 veces, además del dedo azul que me dolía, no sé si por la presión o por la tinta.

Personajes interesantes pasaron por la mesa, por ejemplo el único que leía el periódico en la cola era José Luis Exeni, expresidente de la OEP, quien después de reconocerme me dijo sonriendo: disfruta de la experiencia, es bien lindo. Después apareció Elvira Espejo, Directora del MUSEF, con quien hubiera querido charlarme de warmi a warmi por un rato pues la veía después de mucho tiempo y quería que me cuente cómo le había ido en Alemania, pero no, había que agilizar la cosa. Más tarde apareció Juan Espinoza, gestor cultural, quien presiento ni me reconoció, yo bien sonsa, les sonreía a mis conocidos y no me daba cuenta que nadie veía mi boca.
Hubo gente suertuda, porque muchas veces nos poníamos súper ágiles, modo maquila, robotizados y eficientes, pero de rato en rato debíamos frenar la votación porque había que firmar otra tauca de papeletas; firmar y poner huella. Nos tocó asistir a una joven con discapacidad, nos fueron a buscar y tuvimos que llevar el ánfora, y todo el papeleo hasta abajo, hacia la puerta principal, donde nos esperaban ella y su mamá. Cuando nos vieron movernos, todos en la cola soltaron un sonidito de: Foooooooooo. Sorry, hay que atender el voto asistido. Pero fue más rápido que flash, nos dio tiempo hasta para una fotito. Pasó un hombre muy adolorido, le dolía el estómago, me dijo que era su hernia, tuve que buscar desesperada a un policía para que lo guíe, no había ni una silla para que se siente o algo. Se lo llevaron, qué será de ese hombre. Cuántos enfermos irán a votar en esas condiciones.
Nos tocó asistir a una joven con discapacidad, nos fueron a buscar y tuvimos que llevar el ánfora, y todo el papeleo hasta abajo, hacia la puerta principal, donde nos esperaban ella y su mamá. Cuando nos vieron movernos, todos en la cola soltaron un sonidito de: Foooooooooo.
Entre una que otra nuez y almendra, llegó el momento escandaloso del día. De pronto se acercó un camarógrafo que jalaba un cable hacia nuestro sector. Le pregunté curiosa y me dijo que un candidato iba a votar en nuestra mesa. Oh nooooooooooooo. Alerté a los compañeros, me fijé cómo podíamos manejar la situación, la presencia de un candidato significaba la invasión de la patota de camarógrafos, periodistas, fotógrafos, bochinche y medio.
Voy al baño un cacho, dijo el secretario.
Vaya nomás, rapidito por favor.
Volvió al rato diciendo que no había baño, pero que hizo abrir uno con algún delegado. Mientras tanto, sándwiches y refrescos llegaban para los delegados de partidos que sólo miraron sus celulares en todo el proceso de votación. Ni un dulce para nosotros, ni uno. Los odié un poquito. Los re odié, porque tuvieron varias meriendas al día, hasta que alguien se percató y nos invitaron papitas. Las papitas siempre serán un deleite para los que tenemos hambre. Debo certificar que el jurado secretario no comió nada durante todo el día, sólo un puchito y su ida al baño; el otro me recibió agradecido uno de los plátanos que llevé. Los dos jurados eran altos, no entiendo cómo pudieron estar doblados en las sillitas donde entran cómodos los niños escolares. El dolor de espalda apareció a las 10 de la mañana, avizoré destrucción para la noche, avizoré el quilombo cuando otro fotógrafo apareció cual cuervo tratando de ubicarse en algún lugar.
-¿De qué medio es señor?
-Del partido del votante
-Su credencial, por favor
-No tengo señora
-No entra
Tuve que ponerme de hierro porque sabía el desorden que se iba a armar en unos minutos. Ya nomás el ruido, las barras bravas, la patota partidaria, silbidos. Di la orden a los delegados de los partidos: que se fueran, que allí pondría a la prensa. Supuse inocentemente que allí podrían entrar todos. El camarógrafo precavido de RTP ya estaba mega instalado una media hora antes. Los otros llegaron corriendo, empujando, armando, queriendo ubicarse donde sea para tomar la mejor imagen. Una chica del partido, quien estuvo haciendo cola para el candidato, se volvió mi aliada. Le dije que no dejara pasar más allá de donde le indiqué. Me entró mi personaje asistente de dirección de cine o profesora de educación física, nivel nazi para poner orden. ¿Cómo ordenar a gente desesperada en tiempos de pandemia y primicia?. Tuve que ejercer de sargento.
¡Entran a este sector los que tienen credencial, los periodistas no entran, entrevisten abajo por favor. Sólo fotógrafos y camarógrafos. Usted no entra, no tiene credencial, pase, pase, usted no! BASTA. Hasta ahí!
Pero ahicito me voy a colocar.
No, ustedes se quedan ahí.
A ver, dame campo.
Un cachito.
¡Au!
No era mi primera vez en estas situaciones, en eso no soy primeriza. Muchas veces me tocó ser periodista con mi camarita, y el nivel de empujones entre los hombres fotógrafos y camarógrafos es digno de documental. Es la selva misma, ahí gana el que acapara espacio, el más fuerte, el más ágil, el que tapa es un egoísta, te obligan a dar campo, cuidadito que le arruines su transmisión en vivo; es la guerra, te van a empujar con furia. Sabiendo eso, tuve que gritar para que se ordenaran. Cuando llegó el candidato, se asustó porque les estaba diciendo que todos se callen, que mientras más gritaban, todos nos podíamos contagiar, que las cosas las hagamos en silencio. Muchos tenían mal puesto el barbijo, otros venían armados para una invasión zombie y otros tenían cara de Por favor, déjeme pasar. Había que ejercer nomás la autoridad y generamos el espacio necesario para que el personaje en cuestión ejerza su derecho al voto con tranquilidad. Hice recorrer las ánforas casi al medio para que la prensa tuviera la oportunidad de sacar una buena foto, tampoco fui mala tipa. Le expliqué al candidato que pose con un ánfora para los de la izquierda y la otra para los de la derecha. Mientras lo hacía abría mis brazos como el Cristo de la Concordia para seguir poniendo orden. Vamos a congelar la imagen en este instante ya que esa imagen es la que me llegó minutos después a mi celular, loqueándome en transmisión nacional en vivo en no sé cuántos canales y periódicos.
Le expliqué al candidato que pose con un ánfora para los de la izquierda y la otra para los de la derecha. Mientras lo hacía abría mis brazos como el Cristo de la Concordia para seguir poniendo orden.
Muchos amigos y mi familia me habían reconocido por mi poncho verde. Me mandaron videos, gifs, fotos del momento escandaloso, todos matándose de la risa. No me había percatado que mi cara estaba siendo enfocada a nivel nacional. Me sigo riendo del momento, porque sólo pensaba en el contagio y en que somos bien irresponsables en momentos como estos. Debería haber tres fotógrafos oficiales (para todos los medios y listo), pero no, seguimos bajo el mismo esquema de la patota. Bueno, el candidato votó y se marchó llevándose con él todo el quilombo del día.

Suspiramos, descansamos, yo tomé un poco de mi matecito y seguimos como maquila hasta las 5 de la tarde. Fui solo una vez al baño, un baño unisex, el único baño disponible. Al momento de recibir los 60 pesos que nos dieron a todos los jurados por el refrigerio, vimos en la hoja donde había que firmar, los nombres y las fotos de los jurados chachones.
Es que tienen más de 50 y una está en Alemania- nos dijo la notaria.
Los odiamos intensamente y después nos percatamos de que eso había pasado un montón en varias mesas. Que habían designado a muchos cincuentones y que obviamente no asistieron por la disposición que sacaron, no sé si a último minuto. El plato lo pagamos los responsables, los treintones, los cuarentones, los veinteañeros que tuvimos nomás que asumir la cosa con paciencia y valentía. Porque después de la votación vino lo feo, enumerar todas las papeletas, cinco conteos de votos, doblar nuevamente las papeletas, desdoblar ánforas, cerrar la maleta.
Salimos de la escuela a las 22:30. Una señora, integrante de un partido político, nos invitó, por fin, un vasito con café. Me puse ronca tanto anunciar los votos; el compañero más capo hizo de “paloteador”, el amigo secretario hizo muy bien las actas, fue extremadamente cuidadoso y le agradezco en el alma porque nos cuadró todo y si algo hicimos mal, nunca nos daremos cuenta. Otra vez a firmar y dejar huella. Entregamos los sobres y la maleta en orden. Los delegados de los partidos se llevaron bien, todo en paz. Llegué a mi casa a cenar, me metí a la ducha, me reporté con mis padres y dormí como muerta. Hasta el día de hoy no he visto ningún resultado electoral, no quiero saber nada de nada. Como lo dije ese mismo día: los odio a todos.
- Lucía Camerati es confundida de rostro cada vez, pero sabe esconderse bajo el pretexto de homenajear a Pessoa. Cada que puede hace dietas ayurvedas. El año pasado aprendió a nadar. Le encanta husmear en las bibliotecas de las personas.




