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Medio: La Razón
Fecha de la publicación: miércoles 03 de febrero de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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Según información oficial difundida por el TSE, hay 122 organizaciones y alianzas políticas habilitadas para postular candidaturas en las elecciones departamentales, regionales y municipales convocadas para el 7 de marzo. Nada menos. La gran mayoría de ellas son agrupaciones con presencia departamental o local. Y solo se activan, si acaso, para competir en comicios. No son pues, en rigor, organizaciones políticas, sino “entes electorales”. Solo 4 de las 122 postularon candidaturas a nivel nacional.
En principio, el abultado número de partidos, agrupaciones ciudadanas, organizaciones indígenas y alianzas puede leerse como señal de vitalidad y, en especial, de pluralismo político. Pero es también signo de un sistema de representación fragmentado, volátil y disperso, con organizaciones políticas que surgen hoy para postular candidatos; y desaparecen, languidecen o se dividen mañana. Hemos visto mucho de eso en los últimos 15 años, con profusión de transfuguismo, en especial en el campo opositor.
Por otra parte, ¿de qué sistema de partidos políticos puede hablarse en el país cuando varios de ellos no tienen presencia territorial ni capacidad orgánica para postular candidaturas (aunque sean prestadas)? Ya es un lugar común reconocer que únicamente el oficialista MAS-IPSP compite, por ejemplo, en todos los municipios del país. Los otros partidos suelen limitarse a las ciudades capitales y ciudades intermedias, o tienen alcance regional, o son francamente marginales o testimoniales. ¿Hasta cuándo?
Respecto al hoy disuelto frente Unidos por La Paz, la renuncia de Albarracín, que no tenía posibilidades ciertas de ganar la Alcaldía paceña —y más allá de sus razones—, deja en orfandad y fuera de competencia a sus socios: Comunidad Ciudadana (CC) de Carlos Mesa y Unidad Nacional (UN) de Doria Medina. De hecho, CC es hoy solo una bancada legislativa y parece lejos de convertirse en partido político. UN, en tanto, como sucedió en sucesivas elecciones, es una especie de cábala: derrota o abandono.
Luego de los comicios de marzo es fundamental un examen serio en torno al paisaje de la representación política en Bolivia. Hay evidentes síntomas de crisis, sin ningún horizonte manifiesto de renovación (ni de organizaciones ni de liderazgos). Tampoco se vislumbra la institucionalización de un sistema de partidos políticos. Ello es una mala noticia para la democracia representativa. Urge impulsar, desde las propias organizaciones políticas, desde la sociedad, un profundo camino de reflexión y reforma.



