Medio: Correo del Sur
Fecha de la publicación: martes 29 de diciembre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones subnacionales
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Y es que existía un elemento que fue determinante en años anteriores y, por lo que se pudo ver hasta las cero horas de hoy, martes, cuando cerró el plazo para el registro de candidaturas, parece haber desaparecido, así sea temporalmente: la dignidad.
El Diccionario de la Lengua Española tiene hasta ocho definiciones para dignidad y la mitad de ellas apuntan al servicio público: cargo o empleo honorífico y de autoridad; gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse; excelencia, realce y, finalmente, cualidad de digno. A su vez, digna o digno es aquella persona a la que se considera merecedora de algo, quien tiene dignidad o se comporta con ella o un adjetivo proporcionado al mérito y condición de alguien o algo.
Sin tomar en cuenta los comportamientos subterráneos —que, lógicamente, no pueden descartarse en el comportamiento de los políticos—, en el pasado solían conservarse las formas, las apariencias, y quienes alcanzaban notoriedad eran, sobre todo, aquellos que mostraban su talento en las ciencias y las letras, no tanto los virtuosos cantantes ni los habilidosos futbolistas.
Las personas acumulaban prestigio merced a una vida dedicada al estudio y a la investigació. No se disfrazaban de “chavos” o de “chilindrinas”, no necesitaban desfilar por pasarelas en bikini ni hacer campañas en contra de las medidas de prevención para las enfermedades. Nada de eso hacía falta porque los méritos individuales o profesionales hablaban por sí solos.
Precisamente porque cuidaban las apariencias, los políticos no eran amigos de “descender”; es decir, si habían llegado a cierto cargo, luego no aceptaban otro que esté jerárquicamente por debajo. En otras palabras, quien había llegado a ser alcalde, no aceptaba ir después a concejal.
Pero ahora ya no se cuidan ni formas ni apariencias. Ejemplos recientes: Evo Morales quiso presentarse como candidato a senador, después de que había sido presidente; es decir, de haber alcanzado la más alta dignidad del Estado. Ahora estamos viendo lo mismo con su sucesora interina, la expresidenta Jeanine Áñez que, tras haber alcanzado la más alta magistratura, baja un peldaño para ser candidata a gobernadora del Beni.
Existen otros ejemplos, como el de Eva Copa que baja de presidenta del Senado a candidata a alcaldesa de El Alto, y como el de René Joaquino que, habiendo llegado a senador, ahora apunta nuevamente a la Alcaldía de Potosí.
¿Qué les mueve a continuar en la política, sin importarles que antes hubieran ejercido cargos de mayor jerarquía?
Claramente, no importan las apariencias, ¿y la dignidad? ¿Les atrae el eternamente subyugante poder?, ¿la posibilidad de mandar?, ¿los sueldos, quizás?
Para eso, por lo visto hasta el último minuto de ayer, lunes, los partidos no importan. Si uno no te postula, lo hará otro, o bien se podrá armar una alianza, o se conseguirá el paraguas jurídico necesario para postular. La cuestión es candidatear, sí o sí, a como dé lugar.
El Diccionario de la Lengua Española habla de “afán excesivo de riquezas” y de “deseo vehemente de cosas buenas” para referir a algo que define bastante bien a esta clase de políticos y lo resume en una palabra contundente: codicia.
Habrá que tomarlo en cuenta el 7 de marzo de 2021.



