Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: domingo 27 de diciembre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones subnacionales
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Los diagnósticos aluden a una palabra: polarización, y advierten de un riesgo: violencia.
Para estudiar esta importante cuestión pusimos en marcha un proyecto de investigación rápido y ambicioso con 12 grupos focales y dos encuestas de cobertura nacional.
Los primeros resultados nos dicen que el país no está tan polarizado como creemos, pero sí está más de lo que queremos.
La polarización implica que las posiciones y opiniones de la gente se han desplazado hacia los extremos, de manera que el centro del espectro de ideas y percepciones se reduce y tiene menos capacidad de amortiguar posibles enfrentamientos entre los radicales. Al adelgazarse el centro aumentan los riesgos de violencia.
Una revisión comparada de los datos que corresponden a Bolivia en el contexto internacional muestran que, en general, la cantidad de gente que se ubica en el centro es en el país bastante grande.
Pero sí hay mucha preocupación en la gente que, en general, rechaza la violencia, aspira a realizar cambios graduales y muestra profundo temor por las divisiones sociales. El desasosiego es muy evidente en relación a las divisiones identitarias, sean de carácter étnico, político o regional. Esas divisiones le parecen, a una gran parte de la gente, graves o muy graves.
Al mismo tiempo, parecen convencidos de que son inevitables y determinantes, ya que no rechazan definirse a partir de etiquetas como camba/colla, indígena/no indígena, izquierdista/derechista, actuando también en cierta concordancia con lo que esas etiquetas exigen.
Se diría entonces que la polarización que percibe la gente es temida porque también es vivida, es decir, forma parte de su experiencia cotidiana.
Sin embargo, cuando estudiamos con mayor profundidad qué es lo que está detrás de esas etiquetas, nos encontramos con algo muy interesante: hay más consensos que discrepancias. Es decir, hay diferencias, pero no son tan pronunciadas como uno cree.
Por ejemplo. Si se le pide a la gente ubicarse en la escala izquierda-derecha, una gran parte se ubica al centro, pero los extremos son abultados, mostrando una imagen polarizada. Pero cuando se le pide pronunciarse por temas que hacen a la política: importancia de la libertad individual, de la igualdad social, de la propiedad privada y otros, y se los combina para encontrar dónde se ubica cada persona, se encuentra una imagen muy concentrada en el centro con muy pocas personas ubicadas en los extremos. Es decir, muy baja polarización y mucho consenso.
En realidad, la actual polarización está muy relacionada a las elecciones. Las discrepancias mayores se dan en la confianza que se tiene en el Gobierno, en las elecciones como método para resolver conflictos, y en el rol de las Fuerzas Armadas. Y es posible afirmar que es natural que así sea. En unas elecciones los participantes tienen que marcar diferencias respecto de los otros y afirmarlas, para conseguir la adhesión de los votantes. De manera que toda elección polariza.
La cuestión preocupante acá es que esa polarización no se da en relación a temas de política, sino en torno a la captura y el uso del poder, de manera que no construye proyectos ni imágenes de futuro –como se espera de la política en su mejor sentido–, sino que se limita a concebirla como un espacio en el que pugnan intereses inmediatos y se desarrollan conflictos en los que unos ganan lo que otros pierden. Es preocupante justamente por eso, porque configura escenarios destructivos y de relación excluyente entre los opuestos.
Estas constataciones iniciales sugieren que la responsabilidad fundamental en estos procesos recae sobre los liderazgos políticos y sociales. Son ellos los que polarizan en su afán de asegurarse el apoyo de la gente a partir de sus identidades y de sus miedos, pero sin ofrecerles propuestas de futuro que puedan construirse de una manera en la que haya lugar para todos.



