Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 25 de diciembre de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Quienes describan los acontecimientos ocurridos en Bolivia el 12 de noviembre de 2019, cuando abandonó el país Evo Morales, tendrán dificultades para explicar por qué, si hubo un golpe, no ocurrió una presencia importante de militares en las calles ese mismo día y los siguientes, ni hubo toque de queda ni ocupación de áreas estratégicas en ninguna ciudad, menos aún acuartelamiento de tropas, movimientos que se supone elementales en el libreto de los golpes de Estado en Bolivia. Más aún, ausente estuvo el clásico manifiesto en el que los alzados, por lo general presididos por una junta de comandantes, explican por qué se levantan.
Añez, senadora beniana de 53 años, estaba varios escalones detrás en la cadena de sucesión tras las renuncias de Evo Morales y Álvaro García Linera, y de los presidentes de las cámaras de Senadores y de Diputados. El vacío era impresionante y reflejaba una de las peores percepciones que ella había desarrollado con su proximidad al poder político. Convencida de que las oportunidades se pintan calvas, dio el paso que ni en sueños había pensado. De decisiones esculpidas por el carácter de la región en la que había crecido, tomó las riendas del país y empezó a gobernar. En ese momento, a nadie se le ocurrió que Bolivia vivía un golpe de Estado, ni al propio Morales, quien era el que escapaba del Palacio de Gobierno e irrigaba la inventiva boliviana con la novísima forma de un golpe sin golpe.
En los momentos que siguieron procedió a designar al Alto Mando Militar y sus primeros ministros, comenzando por Defensa, Interior y de la Presidencia. A partir de ahí, sin un solo tanque en las calles y con medidas que nadie podría razonablemente tipificar como las de una dictadura, Janine Añez avanzó hasta afirmar, en menos de una semana, su control del aparato gubernamental, en un ambiente democrático que, bajo su mandato, parecía destinado a afirmarse. Era la segunda mujer en regir Bolivia, casi 40 años después de Lydia Gueiler, depuesta violentamente por el general Luis García Meza Tejada en julio de 1980.
Todo estuvo bien, salvo un monumental error de cálculo. No percibió que la salida de Morales y de su régimen debía llevar a una convocatoria inequívoca a elecciones generales que ella debía presidir. No estaba escrito exactamente así, como tampoco que ella candidatearía para sucederse a sí misma, pero a las pocas semanas anunció al país que postularía al cargo. Su gobierno perdió casi de inmediato gran parte del encanto que la rodeaba. Cuando renunció a candidatear, meses después, ya era tarde para curar el daño que ella misma se había causado.
Los errores de percepción partieron desde el propio Morales. Tras entregar su renuncia, se fue al Chapare. Qué planeó hacer desde el corazón cocalero boliviano y centro de aprovisionamiento de la cocaína no estuvo claro. Quizá buscaba sólo escuchar el parecer de otros dirigentes de la región. Pero algo todavía no precisado lo compelía a procurar asilo cuanto antes. No hubo una orden para su detención, pero no se sentía seguro en Bolivia. Se fue a México, que le ofreció refugio sin condiciones, e incluso envió un avión que lo transportó hasta el Distrito Federal. Tampoco se conocen los detalles de los pasos que dio en su centro de poder, pero era evidente que, políticamente, trataba de mantener alguna vigencia. Estando en México, era cuestión de tiempo para que su nombre desapareciera de los titulares de los periódicos bolivianos. Habría dejado de ser noticia y habría cavado su tumba política en Bolivia.
Dio vuelta atrás en su recorrido y desde México se dirigió a Argentina, cuyo gobierno de Alberto Fernández le garantizó refugio político. La decisión de otorgarle asilo confirió oxígeno político al régimen de Fernández, y avivó la solidaridad entre regímenes de izquierda en la región, que presenciaban inmóviles la caída de sus fichas en el dominó político hemisférico.
Para la izquierda que apoyaba a Morales fue difícil llamar dictadura al gobierno que ella presidía. Más complicado todavía era llamarla dictadora. Cuando sus líderes lo hacían, era inevitable que el término cargase una fuerte dosis de exageración o una flagrante mentira. Su figura delgada y rasgos maternales hicieron imposible presentarla como una encarnación femenina de Hitler o Pinochet.
Los hechos más notables ocurrieron en la política exterior. Añez restableció de inmediato relaciones plenas con Israel y Estados Unidos y sus agencias de cooperación y rompió con Unasur y ALBA, foros con presencia destacada de Venezuela y Cuba. Más visible todavía fue el abandono de la arenga cubana "patria o muerte" al terminar los discursos oficiales ante soldados.
La ausencia de la arenga fue notable en las primeras intervenciones de Luis Arce Catacora, con el MAS de vuelta al gobierno tras el interregno de Añez. Morales reclamó por la omisión pero sin lograr reinstituirla oficialmente.
Eso puede representar un signo de las diferencias entre Morales y su sucesor todavía poco visibles en el segundo mes de la nueva gestión del MAS. O también del desconcierto de retornar al gobierno, con recursos escuálidos, o de retornar cuando la fiesta está al final, los músicos ya se van y el trago se acabó.
Esa sensación de bolsillo vacío se ha amortiguado con la inyección de unos 1.500 millones de dólares dispuestos (500 millones) por el gobierno saliente de Añez y un millardo (mil millones) en bonos navideño y de fin de año dispuestos por el naciente gobierno de Arce Catacora. Todo en el último trimestre del año.



