Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: domingo 20 de diciembre de 2020
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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La silla sirve para opacar los gritos y abucheos de una militancia emputada y en realidad eso es lo que debiera importar en el análisis, porque esa militancia no sólo rechazaba la imposición de candidatos, sino que hacía patente su rechazo al huido. Pero la silla azul fue tan “espectáculo” en ella misma que hasta evitó que se repare, en profundidad, en las incoherentes palabras de Morales cuando se dirigió a la asistencia con una mano en el bolsillo… sin el dedito advertidor, más bien, con un gesto de derrota, evitando molestar con sus palabras a los que al comienzo del discurso no lo dejaban siquiera hablar y, eso que no era la muchedumbre a las que nos tenía acostumbrados el MAS.
Aun así, trató de reflexionarlos con aquello de que él nunca va a querer el mal del partido, que “nunca se ha equivocado o casi nunca”, que busca lo mejor y otras linduras como esas para terminar diciendo, con relación a Pedro García (no podían escoger peor candidato en el MAS) que él salvaba su responsabilidad… y lo designaba candidato, una “lavada de manos” que pasó desapercibida porque el vuelo del objeto azul fue lo más importante de todo. La apariencia tuvo otra vez más efecto que lo que de verdad importaba.
No pasa por un buen momento el “exjefazo”; Morales viene en picada hace rato; la silla es el menor de sus problemas, pero sirve para amainar y desviar el hecho de que no acierta una desde hace un largo tiempo.
Veamos cómo le va desde el 21F y eso es lo que hay que tener en cuenta: el 21F perdió el referendo; después, en diciembre de 2017, perdió su “apuesta judicial”; los candidatos masistas fueron posesionados luego de ser derrotados por los votos nulos y blancos; fue a “elecciones primarias”, inventadas para él y no logró siquiera el 50% de los votos de su militancia: otra vez la ausencia y la abstinencia como en las judiciales. El TSE lo confirmó candidato y ganó la elección de 2019, pero no la mayoría suficiente y ese fue su acabose, porque los votos no le alcanzaron. Sabía que si iba a una segunda vuelta perdía e hizo fraude, pararon el TREP, la gente lo notó y la trampa la pillaron los de la OEA que, al día siguiente denunciaron graves irregularidades y presentaron el informe que él en persona trató de detener el 10 noviembre en la madrugada. Después de eso y, con las calles en rebelión, buscó fórmulas que le permitieran mantener su poder: anuló las elecciones, descabezó al TSE, habló de nuevas elecciones y se mandó cambiar, porque él no podía estar en Bolivia si había una nueva elección. Si hubiera estado, tendría que haber participado y sabía que iba perder. Y si, permaneciendo en el país no participaba de los comicios, era una especie se cesión de su poder: por eso se fue.
A partir de ahí, con los “sigloveintiuneros” que aún mantienen poder en Sudamérica urdieron el relato del golpe de Estado, porque desde lejos era posible hacerlo dado que allá afuera se tiene aún una estructura de apoyo; eso fue lo que mantuvo con algún nombre a Morales hasta ahora. Pero eso es afuera, adentro, la cosa no está bien para él. En Bolivia sabemos muy bien qué pasó: golpe no hubo, hasta el sillazo en la cabeza que no fue fuerte siquiera, no tan fuerte como el fraude.
Volver a Bolivia tan rápidamente no fue un acierto para el huido. Quiso subirse al carro de Arce cuando este ni siquiera lo nombró en la campaña (pudo haber sido estrategia, para evitar los efectos negativos) pero luego, en la posesión no hubo siquiera una mención “de repelón”, como se dice en mi pueblo: Arce lo ignoró, como lo ignora Choquehuanca ahora.
Es cierto, el Presidente fue a una reunión donde Morales deslizó que le iba a poner, para cuidar la gestión, un gabinete en las sombras, lleno de “experientes ex funcionarios” (imagínense), y de ahí alguna otra reunión, que parecía una negociación y pare de contar: están distantes y Morales debió dedicarse al partido y ahí comienza su calvario
El expresidente que volvió, arropado por mucha gente, sabe que son muchos más los que no fueron a recibirlo, y son parte del MAS. Quienes lo miran con recelo, esos que ahora lo cuestionan son los que se quedaron en las barricadas porque los mandaron a las barricadas, ellos resistieron y atacaron, según haya sido el caso, en los violentos días de la post huida; vieron morir o caer heridos a sus compañeros cerca de ellos; ellos saben que mientras estaban en las calles y caminos, el huido era recibido por presidentes y ministros y que en el exilio tenía un buen pasar (con su Noe incluida). Y eso quedó adentro y se lo cobran, lo cuestionan en sus fueros internos y hacia afuera no le aceptan imposiciones. Lo repudian y lo obligan a permanecer escondido por horas en un cuarto y a salir disfrazado (en Betanzos). ¿Se entiende el valor simbólico de esto? ¿Se entiende la humillación que significa? Él, el huido lo entiende, él lo sufrió. En Cochabamba lo interpelan de frente, le gritan. Y en su feudo cocalero, en el inexpugnable dominio del ahora “extodo”, vuela una silla azul que impacta en su cabeza sin hacer más daño que al orgullo y al nombre devaluado del hombre que hoy no sabe qué hacer.
Esto va, entonces, más allá de la silla. El golpe es al orgullo, es a la conciencia, porque Morales podrá mentir a todos, pero en algún momento del día debe encontrarse con él mismo… y ese que ve no es el que él quiere ser. Ese es el que él desprecia y eso debe ser grave: convivir, la mayor parte del tiempo, con quien uno no quiere ser.
Claro, el tema es que, mientras no aparezca, otro su fantasma seguirá flotando. No será mucho, pero a lo mejor todavía le alcanza, pese a que el “instrumento” demostró tener vuelo propio y eso disimula cualquier otra cosa.



