Presenciamos un momento en que Bolivia tiene un gobierno que no puede hacer lo que ya hizo, una oposición que no sabe qué tiene que hacer, y un caudillo que, teniendo al menos un tercio del poder social, solo puede radicalizarse en una maniobra suicida que, además, nadie se lo permitiría (a no ser que sea de la forma más violenta y represiva posible)
Probablemente por todo esto, se percibe en el ambiente un clima que sugiere que estamos atravesando un periodo del que puede salir una Bolivia mejor o una Bolivia peor. Lo grave es que ni para uno ni para otro tenemos la más mínima certeza, tampoco el líder adecuado, y menos el ideario que reconstruya una nación devastada por sus propios errores.



