Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: miércoles 28 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Primero fue el candidato de Creemos, Luis Fernando Camacho, quien puso en duda la transparencia de las elecciones y el accionar del TSE al afirmar que se mantuvo la estructura masista en el Órgano Electoral y que ello contribuyó a que se cometan irregularidades en los comicios del pasado 18 de octubre. Luego, el Comité pro Santa Cruz acusó a la presidenta Jeanine Añez y al candidato de Comunidad Ciudadana (CC), Carlos Mesa, de hacer un “acuerdo político” con el MAS para reconocer la victoria de Luis Arce con resultados preliminares y no denunciar las supuestas irregularidades en los resultados. ¿Una alianza MAS, CC y Añez sólo para perjudicar a Camacho? Realmente sobra la imaginación...
Como si ello no bastara, grupos de ciudadanos salieron a reclamar por un presunto fraude en varias ciudades. Todos con grandes pancartas pero sin una sola prueba.
Ya el colmo han sido las protestas que se organizaron en Santa Cruz en estos días a las puertas de la 8va División del Ejército, en las que entre estribillos y rezos se solicitó a las FFAA que tomen las riendas del país para evitar el retorno del MAS. Decenas de mujeres se pusieron de rodillas para implorar un golpe militar a fin de que no retorne el MAS al poder. Cosa parecida no se había visto ni en pesadillas.
Estas son, en primer lugar, expresiones irresponsables y antidemocráticas... Sin mencionar que hasta la fecha no se tiene conocimiento de pruebas, indicios y denuncias serias en ninguna parte del país sobre irregularidades.
No se entiende cómo ese fraude puede haber operado, si se considera que dos entidades serias, como Jubileo y Ciesmori, sin relación entre sí y sin contactos con el gobierno ni con el exgobierno del MAS fueron las primeras en dar las cifras. ¿Ellas empezaron con la idea de hacer un fraude? ¿Para qué? Y luego los cómputos oficiales que ofrece el TSE están confirmando esos resultados del conteo rápido.
En segundo lugar, son expresiones discriminatorias, pues sólo porque esa parte de la población -así sea numerosa y esté movilizada- no puede pretender desconocer la decisión de grandes sectores de bolivianos que se expresaron con su voto.
Las redes sociales están llenas de mensajes que afirman que el MAS no pudo haber vencido con tal holgura si solo hace un año Evo Morales fue forzado a renunciar después de las enormes manifestaciones que se organizaron. Esos mensajes son comprensibles en su frustración, pero negar la realidad solo hace más difícil seguir adelante y dificulta empezar una nueva etapa en las vidas de quienes perdieron las últimas elecciones.
Parte de la valoración de la democracia y de la madurez ciudadana es que los que pierdan acepten los resultados y los que ganen sepan incluir en su victoria a quienes no están de acuerdo con ellos, así sean minoría. La intolerancia desde el lado de los derrotados o desde el lado de los victoriosos es no sólo inútil, sino nociva.
No hubo fraude en las elecciones del pasado 18 de octubre y no hay razones para llamar a la violencia y mucho menos a la ruptura de nuestra delicada democracia. Estas manifestaciones no pueden ser alentadas por grupos políticos ni líderes ni activistas.
El año pasado, cuando surgieron las irregularidades en los comicios, las investigaciones se presentaron con pruebas que fueron además avaladas por testimonios, estudios e investigaciones de organismos internacionales. Este año, el TSE actuó con prudencia, mesura, seriedad y transparencia; algo que hemos presenciado todos los bolivianos independientemente de si nos gusta o no la victoria del MAS. Lo menos que le hace falta al país en este delicado momento es que se alimenten versiones antidemocráticas e infundadas.



