Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 25 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Es probable que esa ofensiva haya sido interpretada por los bolivianos que conforman esos sectores como un desconocimiento e intento de desplazamiento del “Otro”, e incluso como expresión de racismo, de parte de las élites sociales o clases económicas mejor acomodadas.
Se desconoció que, pese a notables errores, el MAS fue el articulador desde hace casi 20 años de un bloque popular mayoritario que, a partir de una potente narrativa política, inauguró el Estado Plurinacional. No fue un partido político bajo un esquema clásico de organizaciones políticas, fue un conglomerado de articulaciones sociales y políticas, con luces y sombras, pero como una expresión de la Bolivia nacional popular. Por tanto, atacarlo podría traducirse como un ataque a una serie de sectores sociales directa o indirectamente relacionados.
El intento autoritario por forzar una reelección inconstitucional, la persecución político-judicial, el copamiento de los poderes del estado y una serie de contradicciones con su discurso de partida le generaron al gobierno del MAS agotamiento, importantes disidencias y una pérdida de apoyo popular.
Prueba de ello es que en el 2019 por primera vez desde el 2005 obtiene una votación que no llega al 50%. Sin embargo, cuando Evo renunció y perdió el poder se relativizó –en el electorado popular– el estigma de autoritarismo y finalizó la cooptación estatal que había anquilosado y corrompido a muchos de los movimientos sociales. Es posible entonces, que en ese nuevo escenario y frente a la amenaza del retorno al poder de los “otros”, se haya generado en el campo social popular una oportunidad de redención y rearticulación política en torno al MAS. Pero ello no sucedió automáticamente.
En febrero de 2020, diferentes encuestas (entre ellas Mercados y Muestras y CiesMori) registraban entre 17% y 22,5% en la franja de indecisos, voto oculto, nulo y blanco. A 10 días de la elección registraban coincidentemente un 27%. Con casi un tercio del electorado en esa franja, todavía tenían opción los 2 primeros candidatos, es decir Arce y Mesa.
Es posible que –excluyendo el voto oculto– esa porción de voto no definido haya formado parte de lo que podríamos denominar “bloque de la ambigüedad”. Se trata de un segmento que antes apoyó al MAS, pero ahora no estaba seguro de hacerlo, que no quiere que el país de un giro radical y deje atrás el estado plurinacional, pero no está de acuerdo con formas de gobierno autoritarias. Pero, la campaña electoral se encargó de que este bloque finalmente incline la balanza.
Primero, porque el eje de la campaña, el miedo al retorno del MAS, a partir del ataque discursivo contra éste paradójicamente también sembró miedo e indignación silenciosa en los sectores populares, ante la amenaza del retorno de un gobierno de la “oligarquía”. El gobierno de transición, que volvió a usar el Palacio Quemado y el traje y corbata, con un despliegue de autoritarismo, desconexión popular, casos de corrupción y una mala gestión de la crisis sanitaria, jugó un rol central en ello al evocar los viejos gobiernos de fines del siglo XX.
En segundo lugar, los frentes de oposición que constituirían el llamado bloque democrático se encapsularon en sus burbujas; mediante una campaña de eslogans, sólo le hablaron a sus adherentes, no al indeciso. Y, lo más importante, no entendieron que una elección se gana no sólo a partir del miedo, se requiere –más allá de propuestas puntuales– un proyecto político que ofrezca un horizonte de futuro, con una promesa que seduzca.
Pero, además, en la recta final la estrategia de regionalizar la campaña en Santa Cruz y la respuesta a ello con el “voto útil”, voluntaria o involuntariamente revivió viejos clivajes regionales, que encubren también posiciones raciales. El indeciso quedó como espectador de una repelente “guerra sucia”, que terminó, y esto fue clave, arrastrando a Carlos Mesa fuera del centro democrático que construyó en un principio, no sólo quitándole posibilidades de voto en la franja de indecisos, sino incluso restándole apoyo.
Y, en tercer lugar, el MAS eligió como candidatos a un exministro de economía, cuya imagen fue construida durante muchos años como el autor de un modelo económico exitoso (en un contexto de altos precios de las materias primas, que le permitió un record de ingresos a Bolivia) y a un excanciller que representó en el mundo a los pueblos indígenas (sobre todo de occidente). Configurando con ello una suerte de “masismo light”, más moderado, menos confrontador, tecnócrata y reconectado con el mundo popular.
En los 12 meses que transcurrieron entre elección y elección, el proceso político boliviano se encargó de colocar al MAS en una posición similar a la que ocupó en el 2005, cuando logró su primera victoria, desde el llano, como articulación de lo nacional popular frente a un excluyente y decadente sistema de partidos políticos.
Si vemos los resultados de la elección del 2005, encontraremos casi los mismos resultados del 2020.
¿Es un viaje en el tiempo?... ¿se trata de empezar de nuevo el proceso de cambio?
Volver instantáneamente al pasado nos podría servir para mirar al futuro y entender que:
En Bolivia las fracturas sociales y económicas continúan, no han sido reparadas en 15 años.
Que una gran mayoría apuesta por la inclusión, pero en convivencia y construcción pluricultural pacífica.
Que los radicalismos de cualquier lado no llevan a buen puerto.
Y, que la democracia da segundas oportunidades para enmendar errores.
El arte ahora está en reinventarse.



