Medio: El Día
Fecha de la publicación: domingo 25 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
Esos mismos expertos han consolidado la idea –de la mano del discurso de Lucho y David-, que quienes gobernarán a partir de hoy serán los que aparecieron en la papeleta de votación y que Evo Morales se quedará mirando de palco lo que sucede en los próximos cinco años, asistiendo a audiencias judiciales y correteando con sus abogados para salir del atolladero en el que está. Lo mismo harán los célebres miembros del ex entorno palaciego, incluyendo los refugiados en la embajada mexicana en La Paz, que tomarán sus salvoconductos y se trasladarán calladitos a refugiarse en Querétaro, Liniers o en algún rincón de Cuba o Venezuela.
La que más está celebrando los resultados del domingo es la izquierda internacional y todos esos actores del globalismo que estuvieron luchando a brazo partido por reposicionar la imagen de Evo Morales, imponer la tesis del golpe de estado y negar que hubo fraude el 20 de octubre de 2019. No tenemos idea de la verdadera dimensión que tiene ese aparato, pero es el mismo que busca destronar a Donald Trump, que ha puesto patas arriba a Chile, el que pelea por el liderazgo mundial de China, Rusia e Irán y el que trabaja denodadamente por imponer el nuevo orden mundial que buscaron sin éxito nada menos que los soviéticos.
El discurso oficial nos dice que Luis Arce quiere luchar contra la crisis económica, que buscará concentrarse en una buena gestión y que dejará de lado todos los vicios del “evismo”, es decir, el derroche, la corrupción, el abuso y la persecución. Pero lo cierto es que quienes controlan este inmenso proceso político del que Bolivia es apenas un apéndice, no tienen el menor interés en que los países superen sus problemas, prosperen y vivan en paz y armonía. Ese cuento lo escuchamos en 2005 y al poco tiempo se cayó como castillo de naipes.
No olvidemos que esa inmensa fuerza consiguió devolverle el mando de Argentina a Cristina Fernández y no descansará hasta lograr lo mismo con Lula, con Correa, de la misma forma que ha colocado una barrera infranqueable alrededor de Cuba, de Venezuela y Nicaragua, sin importar toda el hambre, toda la sangre y el dolor que han causado. Ojalá que este análisis esté equivocado, pero con todo lo que ha ocurrido ya es tarde para ser ingenuos.
Todos los analistas, politólogos, sociólogos y entendidos en materia del enigmático comportamiento de los bolivianos, coinciden en que no ha sido Evo Morales el que ha ganado las elecciones, sino otro MAS, que supuestamente se ha reinventado y que ha conseguido el renacimiento de los sueños e ilusiones de los indígenas y campesinos, de la clase media y la gente de la izquierda que se había desencantado con el “proceso de cambio”. Ojalá esos “opinólogos” hubieran sido tan certeros a la hora de pronosticar lo que habría de ocurrir el 18 de octubre, pero lo cierto es que ninguno de ellos estuvo medianamente cerca. A no ser que ellos también formen parte del “voto oculto”.
Esos mismos expertos han consolidado la idea –de la mano del discurso de Lucho y David-, que quienes gobernarán a partir de hoy serán los que aparecieron en la papeleta de votación y que Evo Morales se quedará mirando de palco lo que sucede en los próximos cinco años, asistiendo a audiencias judiciales y correteando con sus abogados para salir del atolladero en el que está. Lo mismo harán los célebres miembros del ex entorno palaciego, incluyendo los refugiados en la embajada mexicana en La Paz, que tomarán sus salvoconductos y se trasladarán calladitos a refugiarse en Querétaro, Liniers o en algún rincón de Cuba o Venezuela.
La que más está celebrando los resultados del domingo es la izquierda internacional y todos esos actores del globalismo que estuvieron luchando a brazo partido por reposicionar la imagen de Evo Morales, imponer la tesis del golpe de estado y negar que hubo fraude el 20 de octubre de 2019. No tenemos idea de la verdadera dimensión que tiene ese aparato, pero es el mismo que busca destronar a Donald Trump, que ha puesto patas arriba a Chile, el que pelea por el liderazgo mundial de China, Rusia e Irán y el que trabaja denodadamente por imponer el nuevo orden mundial que buscaron sin éxito nada menos que los soviéticos.
El discurso oficial nos dice que Luis Arce quiere luchar contra la crisis económica, que buscará concentrarse en una buena gestión y que dejará de lado todos los vicios del “evismo”, es decir, el derroche, la corrupción, el abuso y la persecución. Pero lo cierto es que quienes controlan este inmenso proceso político del que Bolivia es apenas un apéndice, no tienen el menor interés en que los países superen sus problemas, prosperen y vivan en paz y armonía. Ese cuento lo escuchamos en 2005 y al poco tiempo se cayó como castillo de naipes.
No olvidemos que esa inmensa fuerza consiguió devolverle el mando de Argentina a Cristina Fernández y no descansará hasta lograr lo mismo con Lula, con Correa, de la misma forma que ha colocado una barrera infranqueable alrededor de Cuba, de Venezuela y Nicaragua, sin importar toda el hambre, toda la sangre y el dolor que han causado. Ojalá que este análisis esté equivocado, pero con todo lo que ha ocurrido ya es tarde para ser ingenuos.



