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Medio: El Día
Fecha de la publicación: viernes 23 de octubre de 2020
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Renovación dirigencias
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Las experiencias históricas latinoamericanas del mismo corte son generosas en número. Usemos un primer ejemplo remoto. El médico Héctor Cámpora en la Argentina no pudo inventar la vacuna contra el sometimiento a un líder popular preestablecido. Ganó las elecciones de mayo de 1973, pero tuvo que dejar la banda presidencial dos meses más tarde. Lo hizo para convocar a unas nuevas elecciones en las que pudiera competir el general Juan Domingo Perón, su “padre” doctrinario e histórico. Cámpora no fue capaz de hacer un gobierno peronista sin Perón.
Situado más a la izquierda de la figura tutelar, respaldado por la juventud radicalizada y violenta, Cámpora fue jaloneado por las corrientes volcánicas de un movimiento de masas que rompía los diques sin orden ni concierto. Cada vez que cometía un error, los emisarios del malestar llamaban por teléfono al general exiliado en Madrid para quejarse de la indecisión de Cámpora, al que no por casualidad apodaron “el tío”, como una manera concreta de aludir a esa doble potestad.
El Presidente argentino lo era sólo a medias, como aquella figura de arcilla a medio hornear, que jamás alcanzaría el óptimo imaginado por la nostalgia de las plazas vociferantes. Desvencijado por la edad, Perón volvió para gobernar mal, prisionero como estaba de su tercera esposa, Isabelita, y el nefasto López Rega, la avanzada precursora de la dictadura en germen. Los saldos nocivos del experimento son elocuentes.
El otro ejemplo de manual es el de Lenin Moreno, el sucesor de Rafael Correa en Ecuador. Lenin se rehusó a ser el Cámpora ecuatoriano. Habiendo sido vicepresidente de Correa durante cinco años, Moreno no sólo desconoció la autoridad de patriarca fundador, sino que se enfrentó ferozmente a su tutela ejercida vía Twitter desde Lovaina. Se llegó al extremo de la división del partido oficial.
Moreno pagó un precio muy alto por su distanciamiento. Logró disolver la posibilidad de la reelección mediante una consulta popular, impulsó el apresamiento y condena de su propio vicepresidente (Jorge Glas), ficha de Correa, y encaminó el rumbo de su administración al campo enemigo, dejando en la estacada a Julian Assange en Londres y contribuyendo penosamente a la inanición de la Unasur. A estas alturas de la contienda, podría decirse que Moreno cometió parricidio, pero quizás no tuvo la soltura para construir su propio techo. Es posible que el cadáver de Correa haya terminado aplastándolo.
Tercer ejemplo. Iván Duque, el actual presidente de Colombia, sería la marca intermedia, es decir, ni Cámpora ni Moreno. El “padre” de Duque es Álvaro Uribe, el caudillo de la derecha colombiana, quien hace poco cumplió arresto domiciliario para responder a una demanda penal en su contra.
Duque no quiso seguir los pasos de su predecesor Juan Manuel Santos, el primer disidente del uribismo, quien jamás hubiese podido firmar la paz con la guerrilla en 2016, si antes no asesinaba a su padre, porta-estandarte del uso implacable de la violencia estatal. Asustado por la defenestración previa de Santos, Duque siguió meticulosamente el guion heredado, lo cual lo ha llevado a impulsar un gobierno gris, ultradependiente de los Estados Unidos y desprovisto de iniciativa propia.
En este cometido parricida, Luis Arce tiene fortalezas y debilidades. Su autoridad académica y experiencia en la cosa pública lo colocan por encima del viejo caudillo. Arce no pasará el día entero jugando a aviador, seductor o futbolista. Sin embargo, su condición de designado a dedo desde Buenos Aires le resta suelo social para moverse en la tupida red de sindicatos y organizaciones comunales que aseguran la estabilidad en el territorio. Esa carencia lo predispone a apoyarse en las cualidades de Choquehuanca, el único dirigente del MAS con verdadera sed de autonomía. Si ambos recomponen la dualidad complementaria entre decidir y escuchar, Evo será la próxima pieza de su museo en Orinoca y el país habrá ganado con la reforma interna del MAS.
Volviendo a nuestros ejemplos, está claro que ni Cámpora ni Moreno ni Duque son modelos a seguir. Bolivia tendrá que renunciar a la imitación e imaginar un camino propio.



