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Medio: Correo del Sur
Fecha de la publicación: martes 20 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Si bien todavía se deben esperar los datos oficiales que emita el Tribunal Supremo Electoral (TSE), es previsible que los resultados de dos estudios privados no sufran mayores variaciones. El Movimiento Al Socialismo (MAS) consiguió un contundente triunfo en primera vuelta. El resto de las fuerzas políticas protagonizó, en cambio, un escandaloso fracaso electoral. ¿Qué factores incidieron en la decisión, tan contundente y contra todo pronóstico, de los bolivianos? Empecemos recordando que, tras la caída de Evo Morales, se instaló la sensación, respaldada por numerosos indicadores, de que el país se encaminaba a una opción política distinta al MAS. Desde ese entonces hasta hoy, mucha agua corrió bajo el puente. Casi todas las explicaciones de lo sucedido se las puede encontrar en la conducta y los desaciertos de los actores políticos. Ya el año pasado, cuando la gente reclamaba un frente político unitario, el primer portazo a esa expectativa vino de la mano de Carlos Mesa, que se proclamó poseedor de un presunto derecho a ser el próximo gobernante, cerrando así toda posibilidad de reconfigurar, en base a alianzas, su plancha electoral. Mesa no entendió que su votación de 2019 nunca fue, en los hechos, suya. No asimiló que fue el circunstancial instrumento de un amplio segmento de electores, mayormente cruceños, que canalizó a través suyo su determinación de evitar la perpetuación de Morales en el poder. El siguiente remezón vino de la mano de Luis Fernando Camacho, el líder de las movilizaciones cívicas de 2019. Desdiciéndose a sí mismo, y ante la desazón de quienes lo erigieron en una especie de héroe de aquella gesta, sorprendió con su repentino salto a la candidatura presidencial, en medio de bochornosos episodios con su acompañante de fórmula. El más letal de los golpes lo dio la presidenta Jeanine Áñez, en el momento en que decidió convertirse, además, en candidata presidencial, faltando a su propio compromiso y distorsionando los objetivos del actual gobierno transitorio. Esa fue, ni duda cabe, la última estocada sobre la moral de quienes protagonizaron el levantamiento de octubre y noviembre de 2019. Para completar todo ese cuadro, un nuevo factor cambió totalmente las preocupaciones de la gente: las secuelas globales de la pandemia y los primeros síntomas de una inminente crisis económica. Así pues, mientras el MAS tenía el camino expedito para recuperarse de la peor de sus crisis, las otras fuerzas políticas se enfrascaron en una disputa por el voto entre ellas mismas, cuando decían perseguir el mismo propósito: evitar un triunfo del MAS. Redujeron esta elección a la simpleza de una fórmula, ofensiva ante los ojos de cualquier ciudadano. Pretendieron que las encuestas elijan y que la gente se resigne a votar según el mandato de esas encuestas. Esa fórmula, promovida por Comunidad Ciudadana, se fundaba en el más deleznable de los argumentos: el “voto útil”. Apoyándose en las encuestas, Mesa reclamó para sí el voto de sus contendores, con una lógica discursiva que lindaba en la extorsión electoral. CC y su aparato de opinión pública sometieron a la gente a la injustificada presión de un razonamiento más próximo a la amenaza: Quienes no voten por Mesa serían los responsables del retorno de Evo Morales. Ese terminó siendo el eje de atención y la única y más cómoda estrategia de la campaña preelectoral. Pero, ¿era correcto cargar sobre la ciudadanía la irresponsabilidad, las ambiciones personales y la ceguera de unos dirigentes políticos que nunca estuvieron a la altura de las circunstancias? ¿Fue acertada la presión ejercida sobre el candidato de Creemos y el electorado cruceño, en esa lógica extorsiva del “voto útil”, a costa de alimentar y ahondar heridas de carácter regional? El MAS obtuvo una victoria incuestionable. Solo toca esperar que ese partido interprete correctamente la responsabilidad histórica de ese mandato, y lo haga despojado de conductas antidemocráticas como las que provocaron, en 2019, la anulación de las elecciones y la caída de Evo Morales.



