Medio: El Día
Fecha de la publicación: jueves 08 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Si se dieran cuenta, ya sería un gran paso. El siguiente, tal vez sería más fácil. Y no son sólo del área rural como erróneamente se cree. Conocemos a muchos, que no obstante su formación universitaria, son igual o peor cerrados de mentalidad. Si existiera una correlación positiva entre la democracia y la formación profesional, se explicaría el voto duro como rechazo a la democracia. Pero no existe dicha correlación. Entonces es preciso buscar en otra parte, en otros motivos, el origen de esa actitud.
Ahora bien. Comparado con lo que idealmente debería ser un debate, lo que se ha visto en los pasados días es una grotesca parodia, una caricatura, un desastre. El debate es una confrontación de ideas y de posiciones, donde se discuten y analizan los problemas del país. Por su significación e importancia, la participación no debería ser voluntarista: “si quiero asisto; si no quiero, no asisto”. Debería ser uno de los requisitos ineludibles; la no asistencia debería significar renuncia a la candidatura. El órgano rector de los comicios debería borrar hiso facto de sus listas.
El debate no es para favorecer o perjudicar a los candidatos, es un tema esencial de la democracia. Es, principalmente, para que el electorado nacional conozca, en vivo y en directo, quienes son los que aspiran a gobernarlo. Podrá acaso tener derivaciones inevitables para dirimir, por ejemplo, a través del voto, las diferencias entre candidatos. Éstos deben demostrar ante sus potenciales votantes el conocimiento profundo de los problemas y el sentido realista en la proposición de posibles soluciones.
El TSE es una institución rectora, provisto de normas reglamentarias. Los candidatos tienen la obligación de conocerlas. Hasta donde es razonablemente posible, debe ser independiente. Una cosa es saber coordinar; otra, estar supeditada. Ningún otro poder debe inmiscuirse ni interferir su labor. Es un órgano fundamental para que la democracia funcione. Es una verdadera lástima que en el gobierno anterior se haya vuelto a la época de la “banda de los cuatro”. Tampoco debe ser, como es ahora, de débil y ambigua consistencia institucional.
En ese marco, el debate sólo es posible cuando hay discrepancias o posiciones distintas. Es una pantomima la sesión unilateral de preguntas y respuestas ante un interlocutor que no es candidato. Es también malo, pésimo, que sea únicamente entre candidatos con una posición común conocida. Debe ser un choque de contrarios. El economista Arce Catacora está moralmente obligado a participar, para demostrar con coraje y lucidez el conocimiento de los problemas; no escurrirse, no correrse. Hay incógnitas no despejadas del reciente pasado; fue uno de los funcionarios más antiguos. Tiene cosas que aclarar. Si no lo hace, su credibilidad marca cero.



