Medio: El Día
Fecha de la publicación: miércoles 07 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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“Yo puedo”, “yo lo voy a hacer”, “yo soy capaz”, se escucha decir a los postulantes, como si ellos tuvieran la varita mágica para crear empleo, aumentar la productividad e incrementar las inversiones que permitan la reactivación. Insisten en viejas fórmulas que no han hecho más que cuidar la macroeconomía, pero siguen olvidándose que lo fundamental para que la gente esté contenta y pueda mejorar su calidad de vida es actuar sobre lo particular, donde el Estado sólo interviene como facilitador, como promotor y a veces simplemente como espectador. Cuándo van a entender los políticos que su deber es velar por unos pocos asuntos como la seguridad, la soberanía, la salud pública y deben dejar que el ciudadano sea el motor de la creación de riqueza un asunto que no está debidamente incentivado.
Venimos de un periodo en el que sobraron los recursos, en el que hubiera alcanzado la plata para convertir a Bolivia en una potencia, pero ninguna bonanza en manos del Estado es capaz de transformar un país como ha sucedido con muchas naciones que pusieron por delante al individuo, al ciudadano, al productor, antes que al burócrata, que de producir no sabe nada y que siempre diseña planes inviables, ineficientes, costosos y sin impacto económico y social.
Hablamos de agrandar el Estado, de crear más ministerios, de pedir dinero prestado para la inversión pública, pero nadie menciona que la gran necesidad de Bolivia es empoderar a la población, no sólo en materia de negocios, sino también en la salud, en la educación y en todos los ámbitos en los que pueden convertirse en protagonistas de la transformación. Es demasiada petulancia la de los políticos y un enorme desperdicio del potencial que alberga la nación, llena de gente con ganas de trabajar y no de vivir de las dádivas, como proponía el régimen del cocalero y todos los sistemas socialistas que tanto condenamos, pero que no nos atrevemos a desterrar, pese a todas las catástrofes que han provocado a lo largo y ancho del mundo.
La pandemia nos ha enseñado que aún con la economía paralizada, con el aparato público estancado, la población sale a las calles a desafiar la crisis, a ganarse el sustento y llevar dinero a sus familias, mientras que el Estado se muestra endeble para enfrentar la emergencia sanitaria. Esa capacidad de supervivencia hay que estimularla con incentivos, con facilidades para crear empresas, con menos cargas laborales e impositivas. De eso no se habla ¿cuándo lo harán?
Cuándo van a entender los políticos que su deber es velar por unos pocos asuntos como la seguridad, la soberanía, la salud pública y deben dejar que el ciudadano sea el motor de la creación de riqueza un asunto que no está debidamente incentivado.



