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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: sábado 03 de octubre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Esa polarización, durante los años 2017, 2018 y parte de 2019, ya estuvo, de modo intenso, presente en las calles donde se expresaba el rechazo y la indignación colectiva ante la tozudez de Morales de habilitarse como candidato, desconociendo cínicamente la voluntad popular. En los actos oficiales de efemérides patria y desfiles por los aniversarios departamentales, esa polarización se manifestaba crudamente. Evo Morales, ya no era digno de participar, sobre todo, en las ciudades capitales, en acto público alguno sin recibir el rechazo y el repudio de la ciudadanía.
Es rechazo se traslada luego a las urnas el 20 de octubre de 2019. En el bloque opositor antimasista, había ocho fuerzas políticas, con tendencias claras a la fragmentación. Sin embargo, y más allá de la incurable miopía de los líderes y las fuerzas de oposición, la convicción ciudadana antievista, con el eslogan “Bolivia dijo NO”, se mantuvo relativamente sólida. Un buen porcentaje del voto antimasista, se dirigió al candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, no por sus méritos –esto tiene que estar muy claro– concentrando a su favor un gran porcentaje del descontento ciudadano, amenazando seriamente el objetivo capital masista de ganar en primera vuelta. Porque, ante una eventual segunda vuelta, la derrota de Evo y el MAS, era inminente. De ahí es que aceleran el fraude y el escamoteo del voto.
Ante el descomunal fraude y la intensión oficialista de consolidar los resultados, la contienda, nuevamente se traslada a las calles. En esos espacios, luego de los históricos 21 días de resistencia y lucha; el MAS y Evo Morales son derrotados. La convicción ciudadana en las movilizaciones, plasmada en una extraordinaria organización y participación, se impone a las pretensiones de “monarquía absoluta”. En un callejón sin salida, Morales no tuvo más remedio que renunciar y huir del país, sin antes provocar, incalificables actos de violencia. La afirmación, dicho sea de paso, de que se trató de un golpe de Estado, repugna a la sana razón.
La anulación de las elecciones, la sucesión constitucional y la convocatoria a nuevos comicios, traslada la contienda, nuevamente a las urnas; al mecanismo formal de la democracia, para dirimir las querellas políticas. Debido a la suspensión inevitable de la fecha inicial, por la pandemia, y luego de varios conflictos todavía en las calles, se establece el 18 de octubre el día impostergable patra los comicios. Ese nuevo clivaje: masismo y antimasismo –que surge de la deriva del 21F– podría dirimirse entonces en las urnas. Digo podría, pues existe un fundado escepticismo de que el MAS no acepte los resultados, frente a una eventual y contundente derrota.
De cualquier forma, el escenario político de estas elecciones, está marcado por ese clivaje que inaugura el 21F. Por ello, en el fondo, no revisten importancia ni valor la ideología, los programas, los discursos y los atributos de los candidatos. Todo eso pasó a tercer plano. Ni siquiera los candidatos a la vicepresidencia cobran importancia. Lo que está en disputa nuevamente es el masismo y el antimasismo.
Pues bien, el masismo, luego de dilapidar su hegemonía, se quedó solo con su “voto duro”. Ese voto disciplinado, sindicalmente coercitivo que, en el mejor de los casos, alcanza a un tercio del electorado. Mientras que, en el campo opositor, el electorado antimasista, alcanza a los otros dos tercios. Sin embargo, con seis candidaturas al frente. Cinco de ellas, incluida la de Tuto Quiroga, sin ninguna posibilidad de competir.
En ese marco, la estrategia del MAS reside, precisamente, en su “voto duro” y la fragmentación del voto opositor. En esa eventual dispersión, su voto cautivo podría ser suficiente, para ganar, incluso, en primera vuelta. La candidatura de Luis Fernando Camacho se alinea cándidamente a esa estrategia. De principal enemigo, en los conflictos de octubre y noviembre de 2019, pasa a constituirse en aliado fundamental. Esas son las ironías de la política.
Sin embargo, hay una fuerte una tendencia de que el voto antimasista se aglutine en torno al candidato mejor posicionado, en este caso, Carlos Mesa, quien podría ser favorecido, más allá de sus limitaciones, por ese significativo caudal de votación. Si esto sucede, no se descarta el triunfo de este candidato, incluso, en primera vuelta.
El voto antimasista cuenta con una formidable virtud: tiene convicción. Lo que se ganó en las calles, el ciudadano defenderá en las urnas.



