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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: miércoles 30 de septiembre de 2020
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Fiscalización
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Ello se debe a un mal endémico en la gestión pública del país que casi todos los gobiernos, sean nacionales, departamentales o municipales, padecen y padecieron: ausencia de burocracia pública profesional. La burocracia pública profesional debe contar con conocimientos técnicos y especializados para que lo concreto y tangible de la gestión pública se realice de la mejor forma posible y sus funcionarios no tienen que responder necesariamente a la militancia partidaria, lo importante en este caso es el conocimiento especializado y no la ideología.
En ese sentido, el problema que suele aquejar a los partidos políticos que están o estuvieron en el poder (o que aspiran a él) es que creen que con “militancia” y “convencimiento ideológico” es suficiente para administrar el Estado, en cualquiera de sus niveles. Y ahí saltan a la vista los resultados de las gestiones públicas: cunde la improvisación, la falta de planificación, la demagogia, la imposición, la corrupción, las “obras” absurdas, superfluas y de utilidad imprecisa y que, en numerosas ocasiones significan la destrucción de patrimonios naturales y otras expresiones fundamentales de bien común; es decir, en lugar de ayudar, perjudican.
Sin embargo, se vislumbra algo peor. De un tiempo esta parte, aparentemente buena porción de los partidos políticos en Bolivia exigen de sus miembros una especie de militancia acrítica, sin razonamiento autónomo y que siga libretos y consignas muy básicas que devienen de dirigencias verticales y autoritarias. El militante que debate o presenta alguna duda respecto a esa forma de funcionamiento, suele ser marginado o tildado de “traidor”. Con semejantes antecedentes, ¿cómo siquiera soñar con la formación de los cuadros técnicos que requiere la burocracia pública profesional?
Ello se refleja alarmantemente en las campañas proselitistas para las elecciones de octubre, porque nos batimos entre los que vociferan que “morirán” por el socialismo sin saber siquiera definir eso por lo que darían la vida y otros que creen que la administración de la cosa pública se resolverá con rezos, bailes difundidos en TikTok o discursos vacíos y después, “una vez ganemos ya se verá”.
Y cuando, por lógica y sentido común, el ciudadano o incluso algún militante un poco más sensato cuestiona aquello, les responden con el discurso polarizado y enfermo de poder de siempre: “O estás con nosotros acríticamente y sin chistar o estás contra nosotros”, “pitita de mierda”, “masista de mierda”.
En otras palabras, parece ser que las estructuras partidarias bolivianas replican el profundo autoritarismo de una cultura política que no puede librarse del influjo de instituciones verticales como las religiones, las FFAA y otras instancias tradicionalmente despóticas, incluyendo los partidos que vociferan ser “críticos” con esas instituciones. Al final, los caprichos de los caudillos o cabecillas de turno se convierten en especie de “biblias”, la duda y discusión se toman como “traición de muerte” y se ceban militantes-soldados a los que ni se les otorga un proceso de formación en el que puedan desarrollar el libre pensamiento y la retroalimentación, todos ellos aspectos fundamentales para el conocimiento y la democracia.
¿Y así quieren “transformar” este país que gira y gira en torno a su “mala suerte” cuando se trata de gobiernos?



