Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 22 de septiembre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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La situación llegó al punto de que si la razón no acompañaba sus justificaciones, el recurso era inventar un rosario de mentiras y medias verdades o, en su defecto, declarar sin el menor recato lo contrario de lo que hacían: se declaraban amantes de la independencia de poderes, cuando los habían sometido grotescamente.
Se declaraban adalides de la democracia, cuando la hacían pedazos, decían respetar los derechos humanos, cuando los violaban cada minuto y, finalmente, se mostraban como verdaderos corsarios defendiendo la Constitución Política del Estado (esa que la aprobaron en un cuartel), mientras la pisoteaban inmisericordemente. Esta infinita secuencia terminó generando una anomalía psicológica que los masistas no han logrado superar: creen firmemente en sus propias mentiras.
Cuando el pueblo recuperó la democracia, el sobresalto no fue lo suficientemente poderoso como para que produjera un espasmo de realidad en las filas del MAS. Hoy el régimen más corrupto de la historia de Bolivia pretende darnos lecciones de honestidad, de honradez y respeto a la ley. Un gobierno en que el listado de delitos registra desde un senador que inventa pueblos para robarse el dinero de los campesinos, hasta pedófilos, violadores, ladronzuelos de poca monta, y narcovinculados financiando hordas de criminales a sueldo, francotiradores y terroristas.
Pocos pueden hacer denuncias y protestas públicas como las que animan esta nota. El aparato comunicacional y las redes aún vigentes del masismo son infinitamente superiores a cualquier criterio o argumento racional. Sin embargo, no todo está perdido, los ciudadanos tenemos un arma invencible con fecha de vencimiento: las urnas.
La única manera de derrotar este monstruoso aparato ideológico que desdibuja la verdad de las cosas es votando contra un eventual retorno del tirano. Esa es la única arma con la que nos dejó la dictadura y, por ello, utilizar este recurso invalorable es de vida o muerte.
Quien puede enfrentar este monstruo de mil cabezas de forma eficiente es quien le ha probado al pueblo boliviano su rectitud y capacidad moral; porque la capacidad moral de candidatos como Carlos Mesa son el talón de Aquiles del MAS y la pesadilla de Morales. Pueden haber muchas opciones, y eventualmente muchas de ellas pueden ser muy buenas, pero no poseen la fortaleza ética y moral del candidato Mesa. La batalla no sólo pasa por restituir la institucionalidad democrática, también pasa por restituir los valores de una moral social que el MAS pulverizó en 14 años de corrupción, inmoralidad y narcotráfico.
No es que ahora sólo votamos por quien le haga frente al dictador, de esa talla hay más de un candidato; votaremos por quien tenemos la certeza de que es capaz de ganarle al MAS y reconstruir una sociedad víctima de la más espantosa degeneración ética y moral, y esa posibilidad, en la contingencia de la actual coyuntura, sólo la tiene Carlos Mesa. No hay en este artículo únicamente una declaración pública de mi apoyo a Mesa, hay también la angustia de quien ve que la división del voto es un acto suicida que la historia juzgará implacablemente.



