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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 20 de septiembre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Después de recibirla como una salvadora en uno de los momentos más críticos de violencia, tensión política y vacío de poder, los ciudadanos le reclamaron haber faltado a su palabra y convertirse -prácticamente- en un actor más de una política totalmente venida menos; mucho más cuando empezó la pandemia, y el país ingresó en una crisis sanitaria angustiante y la economía empezó a hacer aguas. Allí, no faltaron dedos que señalen incluso sus actos más bien intencionados. La simpatía con la que llegó a comandar el país se convirtió en suspicacia y desconfianza. No es para menos en una sociedad que durante 14 años se acostumbró a no confiar en sus gobernantes.
No obstante, la presidenta Añez ha tomado una decisión correcta. Al renunciar a su candidatura a la presidencia ha buscado un bien mayor, es decir que el país mantenga la posibilidad de recuperar una democracia plena, algo que no ocurrirá si vuelve el MAS al poder.
Añez nunca debió haber postulado, lo hizo cediendo al oportunismo de su entorno y de ella misma, que vieron en la popularidad inicial de su gobierno una manera de reproducirse en el poder. Lo hizo aun cuando había señalado en varias ocasiones que no lo haría, explicando que eso implicaría una falta ética y una manera de aprovecharse de las circunstancias. Precisamente eso es lo que cometió cuando incumplió su palabra y decidió candidatear. Debe estar arrepintiéndose profundamente de haber cedido a las presiones y a su propia ambición.
Ese fue un error crucial, por varias razones, una de ellas poner en riesgo a la frágil transición boliviana. Segundo, porque le afectó de manera personal porque sus promesas perdieron valor, igual que las de su antecesor, que se comprometió a comportarse de una manera e hizo lo contrario. Tercero, porque su gobierno empezó a calcular qué decisiones debía tomar en función a objetivos electoralistas. Y cuarto, porque dispersó el voto anti-MAS.
Los errores de gestión del Gobierno, los excesos verbales de algunos de sus ministros, los numerosos actos de corrupción y otros factores hicieron que el respaldo a favor de Añez fuera bajando paulatinamente. Cuando dos encuestas recientes -la que publicó este diario y la que organizan Jubileo y varias universidades bolivianas- demostraron que la Presidenta había pasado a un cuarto lugar y que no se podía descartar que Luis Arce, el candidato del MAS, ganaría en primera vuelta, tomó la decisión de dar un paso al costado. Como decimos, actuó bien. Pero ojalá nunca hubiera cometido el error de candidatear.
La salida de la Presidenta es, por tanto, honrosa, pero puede considerase extemporánea. Primero, porque en el camino arriesgó su propio capital político y el papel que la historia le había delegado, y segundo porque su salida no deja claro cuál que será el futuro político de sus candidatos a legisladores y de sus aliados. La Presidenta perdió la oportunidad de dar dos mensajes adicionales: uno, apoyar a alguna fuerza política determinada para lograr su objetivo de que el MAS no retorne al país. Dos, tender su mano a los miles de simpatizantes masistas, que son tan bolivianos y tienen los mismos derechos como cualquier otro. Lanzarse contra una determinada dirigencia política puede ser correcto por razones políticas, pero no lo es cuando se estigmatiza a los que apoyan a esa fuerza.
Finalmente, un último factor esperanzador es que Añez tendrá unos valiosos meses para concentrarse exclusivamente en su gestión, resolver muchos aspectos pendientes de ella y entregar -como siempre le correspondió hacer- el mando al nuevo Gobierno electo.



