A pesar de que muchos aun insistirán en que estaba en su derecho de ser candidata, lo cierto es que el sentido común apuntaba en sentido contrario: nunca debió ceder a la tentación (o presión, como sugirió ella) de candidatearse estando en ejercicio de una presidencia que le demandaba un rol excepcional en esta transición histórica.
El saldo es negativo, para ella en lo personal, pero sobre todo para el país. Ese paso en falso nos ha dejado heridas difíciles de curar y una deuda que está lejos de ser saldada. Qué pena, presidenta, por usted, pero también por Bolivia. Lo más triste es que la carga del error recaerá sobre todo en ella, mientras que se librarán de culpa quienes la llevaron a él.
Tozudez y no ignorancia que sigue siendo la marca de los que aún están en carrera, tanto de quienes ya se sienten vencedores (como Mesa, que insiste hasta hoy en negar el peso del “voto útil” en los resultados que logró en octubre del año pasado), como de quienes apuestan a una mayor confrontación para ganar réditos de los extremos (como es el caso de Camacho, que solo ha librado a Tuto de sus ataques), o de quienes no se cansan de las estrategias del terror (como lo hace Arce y el MAS aludiendo al “peligro” que representa Camacho), incluyendo aquí los absurdos de otros que creen que la política se define en Tik-Tok (Chi, entre otros) o únicamente desde la buena oratoria (como lo hace Tuto).
Estamos frente a un escenario caótico, marcado no solo por el comportamiento de un virus invisible e imprevisible como es el Covid-19, sino por este otro mal endémico que es la tozudez de nuestros políticos. Hoy, como siempre o tal vez más que nunca, es vital que desde nuestro específico lugar y rol ciudadano seamos capaces de tomar distancia de esa tozudez, y redoblemos más bien nuestra capacidad de reflexión para poder tomar el próximo 18 de octubre la mejor decisión posible frente a las urnas.



