Medio: La Razón
Fecha de la publicación: viernes 11 de septiembre de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Con todo, aún en 2014 (e incluso en 2015) se mantenía —con algunas reservas— la mirada tecno-optimista sobre el ingreso de estas nuevas plataformas de comunicación a las arenas de la política institucionalizada. Desde entonces la forma de entenderlas cambió aceleradamente, sobre todo durante el desarrollo de campañas electorales entre 2016 y 2018, en las que tanto en Bolivia como en el mundo la mirada en torno al uso de redes sociodigitales en campañas electorales terminó constituyéndolas en una posible amenaza a los procesos democráticos.
Elecciones anuladas el pasado año y pandemia de por medio durante todo este año, se ha tendido mucho a calificar prematuramente a esta campaña 2020 como el año en que presenciaremos la campaña electoral digital por excelencia. Sea por el camino avanzado en breve tiempo, por el aumento lógico (aunque aún lento) de los niveles de conectividad en el país o porque la pandemia nos ha llevado a “digitalizar” abruptamente muchos aspectos de nuestras vidas y tendremos elecciones en medio de ella.
Es difícil pensar qué estaría ocurriendo en este momento si aún se mantuvieran las estrictas medidas de confinamiento establecidas hasta hace pocos días producto de una larga cuarentena, pues lo primero que se pensaba hasta el pasado mes cuando se trataba de ensayar las características de esta campaña electoral era en su digitalismo. La sorpresiva flexibilización de una mermada cuarentena aún dejaba sobre la mesa la duda en torno a cómo las campañas iban a ser encaradas; no obstante, la población ha atestiguado desde el pasado domingo que pese a los riesgos que todavía implica la aglomeración de personas, nuestra política pareciera aún no estar preparada para abandonar del todo las calles.
Si bien las campañas electorales digitales ya habían arrancado mucho antes del 6 de septiembre en las redes sociodigitales ante la mirada de todos, lo cierto es que será seguramente durante lo que resta de estos 45 días de campaña y 30 de propaganda, los que nos servirán para comprobar cuán cierta es la hipótesis de que estamos ad portas de vivir la campaña electoral más digitalizada de nuestra historia democrática. Mientras tanto, lo crudamente cierto es que la mirada con la que se la espera desde la ciudadanía puede estar siendo más bien tecno-pesimista. Habrá que ver pues si, al final del proceso electoral, esta campaña habrá posicionado más conceptos como posverdad, desinformación, noticias falsas y manipulación; u otros como interacción, participación, propuestas y voto informado.



