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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 17 de agosto de 2020
Categoría: Conflictos sociales
Subcategoría: Problemas de gobernabilidad
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Quispe, que fue el protagonista de las movilizaciones en esta parte del país entre el 2000 y el 2003, ha retomado el discurso de reivindicación del Kollasuyo y para espanto de los bolivianos dijo que busca aniquilar a Bolivia.
El MAS, a través del Pacto de Unidad, inició la protesta contra la postergación de las elecciones y sus líderes la alentaron desde las ciudades, sobre todo desde Buenos Aires, pero luego ocurrieron dos cosas: por un lado, el MAS marcó distancia con los bloqueos porque la protesta tomó un cariz inhumano y eso podía –todavía puede- pasarle una factura en las elecciones. Por otro lado, perdió el control de algunas facciones de los movimientos que le apoyaban, dando paso al resurgimiento de El Mallku.
Una muestra de que el MAS dejó de controlar, al menos, a los campesinos de La Paz es que éstos, reunidos en un cabildo, decidieron seguir adelante con los bloqueos, incluso luego de que la COB ordenara levantarlos hasta el 18 de octubre. Los movilizados ampliaron sus demandas y ahora piden la renuncia de la presidenta Jeanine Añez.
Mientras eso ocurría en el occidente del país, el máximo dirigente del Comité Pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, sorprendía con su retórica de palabras racistas y regionalistas para referirse a los bloqueadores. Que los movilizados habían dinamitado un cerro, que habían secuestrado personas, que habían obstruido el paso del oxígeno, todo eso es cierto, pero de ahí a quitarles la categoría de seres humanos hay un largo trecho.
Más allá de los términos, que lo único que hacen es exacerbar los ánimos, lo que cuenta es el fondo de la estrategia cívica. La Asamblea de la Cruceñidad quiere derrumbar no sólo el proceso electoral actual para comenzarlo de nuevo, sino que busca desmoronar la institucionalidad que no se ajusta a sus intereses pidiendo la renuncia de los legisladores y del presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Salvador Romero.
La coincidencia entre ambos radicalismos es por demás elocuente. Los unos quieren bloquear y los otros se disponían a desbloquear por la fuerza. Los primeros demandan la renuncia de la Presidenta y los segundos buscan la caída de la Asamblea. Y, ni qué decir de la retórica racista, regionalista del uno contra el otro.
Los del occidente hicieron una puesta en escena para mostrar a sus militantes en marchas castrenses armadas de palos y quién sabe qué objetos más. Los del oriente y los valles se subieron a sus motocicletas o a sus camionetas para ir a desbloquear. Y, al final todos terminaron pareciéndose entre sí porque hay motocicletas, armas y formación militar de uno y otro lado.
A estas alturas del conflicto se puede decir que el resurgimiento de Quispe es un fracaso histórico del MAS porque ese partido rifó el denominado proceso de cambio y la plurinacionalidad. Los indígenas siguen tan pobres como siempre buscando un líder que les dé respuesta a sus demandas.
Y, los radicalismos del oriente no pueden ser más que el fracaso del sistema tradicional de partidos que en vez de canalizar las demandas por la vía democrática dieron oxígeno para el surgimiento de estos grupos. La presidenta Jeanine Añez y el candidato Luis Fernando Camacho tendrían que cuestionarse si ese es el legado que quieren dejar para la democracia boliviana.
Quispe y Calvo son temerarios y son los responsables de sus actos y sus palabras, pero también existe una corresponsabilidad de los otros líderes que se dicen democráticos, pero que alientan el surgimiento y ahora la consolidación de los radicalismos antidemocráticos. Es hora de frenar esta escalada de uno y otro lado o después será demasiado tarde.



