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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: lunes 17 de agosto de 2020
Categoría: Conflictos sociales
Subcategoría: Problemas de gobernabilidad
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Tal cual Nerón, el ex presidente Evo Morales no ha dudado en incendiar a su propio país a costa de volver al poder al precio que sea.
Esa locura, que se ha manifestado en bloqueos asesinos, cabildos de pacotilla y una larga lista de delitos contra la salud pública, ha expuesto también que el aparato masista aún sigue intacto en la cabeza de muchas instituciones; su poder, enlazado a los beneficios que otrora manejó, hoy se traduce en la manipulación del concepto de "pueblo" que indebidamente se atribuye y a costa del cual puede incluso matar.
La cabeza de la COB es hoy tan masista como en su momento lo fue el Tribunal Electoral o se teme que siga siendo aún el Tribunal Constitucional, y sus decisiones son políticas y hasta criminales, tanto o más que las acciones de los que bloquean el acceso a los botaderos o los que destruyen ambulancias, porque su discurso radical deja en el olvido a aquellos que no pudieron imponerse contra la muerte por falta de oxígeno y sólo se enfoca en la cháchara de un grupo humano miserable que no trabaja y prefiere bloquear por recibir unos pesos.
No se equivoque lector, la estructura masista está aún muy viva y sigue queriendo incendiar el país, y en ese esquema están entidades tan oficiales como la Defensoría del Pueblo o tan irregulares como los movimientos sociales.
Muy triste y amargo es ver que en un país pobre como el nuestro los masistas se dediquen a incendiar y a destruir lo poco que tenemos, peor aún resulta asumir que será con nuestros impuestos que todo ese desastre deberá reconstruirse, en tanto que ellos no sufren consecuencia alguna porque ni impuestos pagan.
El masismo se vale de la imagen del pobre para disfrazarse de inocente y de víctima, provocando incluso la infame interpretación de que únicamente tienen derechos humanos quienes aparentan necesidad, olvidando que estos mismos derechos también los poseen las víctimas del bloqueo, del atentado a su seguridad y del amedrentamiento violento. En pocas palabras los representantes de derechos humanos creen defender a mansos corderitos cuando en verdad están defendiendo a lobos con piel de oveja.
Criminales son todos estos delincuentes que ahora deberían estar presos en vez de asumir un soberbio aire de malentendida benevolencia que trae consigo un cuarto intermedio que suena más a amenaza que a concesión.
Pobre gente, hubiese dicho en otro tiempo, pensando en cómo el poder de turno les lavaba el cerebro, pero hoy el masista promedio es perfectamente consciente de que hace mal, que destruye, que maltrata y humilla sin piedad.
En este momento el masista tipo ya no es la víctima de un sistema injusto y desigual, por el contrario, se ha convertido en el agente del caos y vive para bloquear porque le pagan por destruir.
Difícil me resulta imaginar que hoy alguien sea masista por ideología o por convicción, porque no me cabe en la cabeza que alguien pueda apoyar las barbaridades que viene cometiendo esta gente que hoy parece más un grupo terrorista que una alternativa política.



