Medio: El Día
Fecha de la publicación: domingo 09 de agosto de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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El referéndum del 2016 también era ilegal; fue un capricho del cocalero que tuvimos que aceptar porque él insistía en mantenerse en el poder por la vía del voto, porque sabía y todavía lo sabe, que el camino de la fuerza está descartado en el país, es inviable y no será aceptado por ningún motivo en la comunidad internacional.
El que no aceptó la voz de las urnas aquella vez fue el MAS y nuevamente recurrió a la trampa para conseguir una cuarta repostulación. Pacientemente, la población boliviana acudió a votar el 20 de octubre de 2019, incluso sabiendo que el cocalero había diagramado planes oscuros para ese día y que contaba con el respaldo internacional, con la candidez y la parsimonia de una ciudadanía que le había tolerado un sinfín de abusos a Evo Morales. Afortunadamente todo le falló. Por primera vez la OEA se puso del lado de la democracia y por otro lado, el miedo había desaparecido del país; la gente sabía que si no salía a defender su voto en las calles, la narco-dictadura se hubiera consolidado para siempre.
El MAS ha hecho todos los méritos para conseguir una inhabilitación, para ser proscrito de la política nacional y aun así se le ha permitido mantener la sigla, presentar candidatos y tanto sus violaciones a la ley como las fechorías que continúa cometiendo, son tratadas con guante de seda por un Ministerio Público, un TSE y una justicia que todavía trata al cocalero como si fuera el emperador de este país.
Los masistas usan y abusan de nuestra democracia, la maltratan y pasan por encima de las leyes y cuando los resultados de las urnas no son de su agrado, acuden a “rabietas” que provocan muertes, desolación y grandes pérdidas económicas. Insisten en provocar un desenlace armado, un golpe o recurrir a cualquier otra aventura, sabiendo que ese es un camino prohibido y perjudicial para ellos y para todos los izquierdistas del mundo, que jamás han logrado convencer a nadie por las buenas y al menos quieren dar esa apariencia.
Evo Morales y sus seguidores saben muy bien que el gobierno actual no puede rehuir a las urnas. El alargamiento del mandato ha sido obligado y plenamente justificado por la pandemia y la postergación le resulta perjudicial. Un auténtico demócrata aceptaría esta realidad y confiaría plenamente el en veredicto de los votantes, que seguramente están evaluando cada uno de los pasos que dan los candidatos.
Estos antecedentes convierten a las elecciones del 18 de octubre en las más cruciales de la era democrática. Será un voto que definirá el futuro de la democracia y el destino del MAS, partido no está dispuesto a perder y, por lo que se ha visto en las últimas semanas, tampoco quiere competir. Si su objetivo es no desaparecer, debería dejar que las urnas se expresen libremente.
Los masistas usan y abusan de nuestra democracia, la maltratan y pasan por encima de las leyes y cuando los resultados de las urnas no son de su agrado, acuden a “rabietas” que provocan muertes, desolación y grandes pérdidas económicas. Insisten en provocar un desenlace armado, un golpe o recurrir a cualquier otra aventura.



