Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 31 de julio de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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El amor loco por un desconocido no es sólo de Bernie. Caído el Muro de Berlín, una parte importante de las bellas almas internacionales se habían quedado desamparadas y en búsqueda de a quién admirar. Fidel Castro ya había perdido su novedad y su lustre. Chávez, y luego Maduro, eran impresentables. Correa no era suficientemente proletario. Encontraron en Evo Morales el oscuro objeto del deseo. Vieron en Evo el líder antisistema por excelencia, que no era solamente campesino, sino productor de coca, el tan preciado insumo del producto pecaminoso. Se decía además indígena, que no era un atributo menor, aunque nunca se fijaron que era una impostura. Evo apenas balbuceaba el quechua y el aymara. Su español deplorable no lo convertía automáticamente en indígena. Sus entronizaciones en Tiwanaku hacían las delicias de los turistas, que en su infancia habían leído Tintín y el Templo del Sol. Bolivia era el país folklórico que siempre habían soñado.
El gobierno de Morales, a diferencia de otros presidentes de la misma onda, no había derrochado tanto la plata del superciclo de altos precios para las materias primas, lo que lo hacía más aceptable. Con tanta plata caída del cielo podía haberlo hecho peor. Pero también pudo haberlo hecho mucho mejor, cosa que no ocurrió.
La ingenuidad internacional con respecto a Evo era y sigue siendo enternecedora. Según los simpatizantes internacionales de Evo, lo que pasó en Hotel Las Américas, en El Porvenir, en Chaparina, con Bakovic, y la cantidad de presos y exiliados no eran sino un detalle, lamentable pero sin ninguna importancia. Después de todo, para hacer un omelette se tiene que romper algunos huevos. En Darfur, en Burundi y en Mali se habían cometido peores barbaridades.
El culto a la personalidad, la compra de un avión por 40 millones de dólares para el Evo, presidente de un país HIPIC, la Casa del Pueblo y el Museo de Orinoca les parecieron meras travesuras de un presidente tercermundista. Las mismas cosas hacían los presidentes de algunos países africanos.
La cereza de la torta la dieron los comentaristas de la rebelión popular de octubre - noviembre del año pasado. Encontraron que Morales había sido derrocado por un golpe de Estado por omisión (sic). Es la primera vez en la historia que se tenía que un Ejército y una Policía, que no querían sacar los tanques contra los manifestantes jóvenes, armados solamente con cantitos, daban ese peculiar golpe de Estado. Lo de Sacaba y Senkata, contra manifestantes energúmenos, fue lamentable y debe ser investigado a fondo por comisiones imparciales, pero cómo hubiesen reaccionado en sus países en circunstancias similares.
A Bernie se le puede perdonar su ingenuidad; en cambio, me parece que a los muchachos de la Clínica Internacional de Derechos Humanos de Harvard se les fue la mano, con un informe de mala fe y deshonesto intelectualmente. Se tiene la sospecha de que están buscando repetir su desempeño, nada glorioso, en los juicios con relación a octubre 2003. ¿Por qué no dicen nada, o muy poco, de la kristallnacht del 10 de noviembre 2019 contra los habitantes de El Alto y de la zona sur de La Paz? ¿Y las instrucciones de Evo a sus partidarios para dejar sin agua ni comida a las ciudades, ni posibilidades de atender la pandemia aleccionando la obstrucción de los créditos internacionales? ¿Por qué no le prestaron nunca atención a las graves violaciones de derechos humanos durante el doble septenio de Evo Morales?
Esperemos que Bernie y sus amigos tomen un merecido descanso después de firmar tantas cartas, les deben estar doliendo las articulaciones de la mano. Por su parte, los Harvard boys de la Clínica necesitan tomar un jarabe de ecuanimidad.



