Este coronavirus, de dimensión insignificante e incomprensible para nuestros sentidos, con su fluida capacidad de triturar reglas, protocolos y previsiones del conocimiento institucionalizado y las academias asciende de entidad causante de trastornos biológicos a un auténtico producto cultural, que deja atónita y despavorida a nuestra especie, que se siente compelida a comportarse como tribu, cada día más primitiva.
Las voces de mando, la exhibición de fuerza o la amenaza de recurrir a ella, no neutralizan subsanan la pérdida de poder y legitimidad, las empeoran. Para mantener las funciones vitales de la sociedad, para cubrir sus necesidades básicas, combatir la pandemia, garantizar la producción y distribución de alimentos, es necesario contactar y comunicarse, veraz, oportuna y directamente con las redes vivas y materiales de su tejido.
Pretender sobornar (con recursos que a todos nos pertenecen) y avivar los enfrentamientos internos para obtener las ventajas y privilegios, propios de cualquier tipo de caudillismo, es una ruta letal. No hay cónclave de notables y mandamases que pueda reemplazar a convocar y alentar la más amplia participación; de ello depende nuestra salud y nuestra vida misma.



