Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 17 de julio de 2020
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Asamblea Legislativa Plurinacional
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Lo que hace que esa división sea particularmente compleja es que el partido que controla la Asamblea ha dejado la presidencia a la mala y la pugna entre ambos poderes está contaminada por intereses electorales que sesgan sus acciones. No es solo la Presidenta Áñez la que tiene un conflicto de intereses entre gobernar y hacer campaña. Casi toda la Asamblea masista está en campaña.
Un aspecto singular del momento que vivimos es que dos mujeres, una a la cabeza del Ejecutivo y la otra del Legislativo, juegan los papeles principales. Lo extraordinario no es que sean mujeres -ya era hora- sino que ambas hayan pasado del anonimato al estrellato sin calentamiento.
Cuando el año pasado, ante el espectro del vacío de poder, un ala moderada del MAS viabilizó el nombramiento de Áñez, algunos bolivianos –los que no nos tragamos el cuento del golpe- respiramos aliviados creyendo ilusamente que la sensatez política iba a poner los intereses nacionales por encima de los partidarios.
Pero esta ilusión duró menos que una luna de miel. Áñez sacó de la manga la carta de la candidatura, Murillo su instinto represor, Andrónico el destructivo y Eva bajó cabeza y volvió al redil del Evo. No le quedaba otra; en un ambiente polarizado se castiga la moderación.
Desde ese momento de concordia, la relación entre ambos poderes cambió de tono y la posible colaboración por la democracia se ha convertido en un juego duro de tira y no afloja donde el Legislativo mantiene al Ejecutivo en jaque.
Decir que la política es un juego no es quitarle seriedad. El homo sapiens que sabe es un homo ludens que juega.
Para ilustrar esta idea en el contexto actual, podríamos usar como metáfora el fútbol. Esto nos llevaría a la cancha del Evo, amante de ese deporte de origen inglés, pero el ajedrez lo supera en su poder metafórico. Cambiamos rodillazo por patear tablero y seguimos.
Los colores, uno artificial y uno natural, de sus cabellos sugieren la asignación de reina blanca para Áñez y negra para Copa.No hay intención en esta elección. Respeto a ambas por igual y hago barra por Bolivia.
Para seguir con la idea, podríamos hacer a Murillo el caballo blanco, a Luis Arce el alfil negro (valen lo mismo en ajedrez) y … siga imaginando el lector. Tenemos la situación sui generis de que el rey negro ataca desde fuera del tablero y el que quiere ser rey blanco está preso en su enroque, inmóvil e ineficaz.
Hasta aquí la diversión; pero la metáfora podría servir para esquematizar el juego de poderes en que están enfrentadas nuestras dos reinas. Aceptemos sin embargo una imprecisión: ellas juegan con armas distintas, como dos gladiadoras romanas, una con espada y escudo y la otra con red y tridente.
Observamos el juego. Las negras presionan y han obligado a la reina blanca a aceptar una fecha para las elecciones que no le conviene ni le gusta al ciudadano que deberá votar en pandemia. Hay un mirón que no es de palo y espera su turno opinando como si hubiese sabido jugar.
En la columna del presupuesto, las torres negras detienen la obtención de un crédito que permitiría a los peones blancos detener el avance del virus en toda la línea.
El alfil negro amenaza el centro desde el flanco del rey y la reina blanca debe exponerse al ataque de las piezas negras en todo el tablero para defender sus posiciones electorales.
La reina negra tiene la iniciativa y el tiempo le favorece. No se ve con qué jugada maestra podrían las blancas salvar esta partida, excepto quizá con un gambito de dama que sacrifique la candidatura a cambio de una mejora en su posición.



