Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 12 de julio de 2020
Categoría: Institucional
Subcategoría: Tribunal Supremo Electoral (TSE)
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Hace unos días conversando con un apreciado amigo, me dijo que Salvador Romero parecía Adolf Eichmann, sí el criminal nazi. Le dije que la comparación me parecía jocosa, aunque exagerada; mi amigo me explicó que basaba su analogía en la fría respuesta de Eichmann durante los juicios de Nuremberg, donde repetidas veces se justificó diciendo “yo solo cumplí órdenes”, tratando de desligarse de la responsabilidad sobre el genocidio cometido contra el pueblo judío.
Mi amigo sostiene que Romero procede con igual frialdad burocrática, siempre tiene la misma respuesta: “Yo tengo el mandato de llevar a cabo las elecciones”, y no le importa las consecuencias –en cuestión de salud especialmente– que esta determinación conlleva.
Con la misma excusa, el presidente del TSE evitó constituirse parte denunciante por el fraude electoral de octubre de 2019, y cuando al final lo hizo, por la presión política y de gran parte de la sociedad, el tenor y fondo de la querella decepcionó por su excesiva ambigüedad, como se resume en un comunicado del TSE: “La Sala Plena del Tribunal Supremo Electoral, en su condición de Máxima Autoridad Ejecutiva, ha presentado ante el Ministerio Público la querella penal contra quienes resultaren autores, cómplices, instigadores y/o encubridores de la presunta comisión de los delitos electorales de ‘falsificación de documentos o uso de documento falsificado’, ‘manipulación informática’ y ‘alteración y ocultación de resultados’, previstos en la Ley 026 del Régimen Electoral”.
Según algunos penalistas, luego de tantos meses de cometido el delito, y considerando las investigaciones del ministerio público y, sobre todo, el informe de la OEA (respaldado por la Unión Europea), ya se podría plantear una hipótesis, dados los indicios e incluso evidencias, sobre quiénes serían los autores intelectuales del fraude. Pero, el TSE prefiere lavarse las manos.
Esto es grave, porque no se pude pasar por alto que hay un partido comprometido directamente con la comisión del fraude, y esta organización política pretende participar en las elecciones del 6 de septiembre (dicho sea de paso, el MAS es el que, de acuerdo a sus cálculos políticos, ha movido y elegido la fecha para los comicios); este mismo partido es el gran beneficiado de una cartografía electoral que el TSE ni siquiera pretende debatir.
Es decir, el TSE, con su pasividad y tibieza, le está dando una manito al MAS, aunque sea de manera indirecta.
A esto se suma, precisamente, la fecha determinada para las elecciones, ya que, según los especialistas, en esa época estaríamos llegando al pico de contagios de coronavirus, lo cual implicaría: primero, que los contagiados pierdan su derecho al sufragio, por el aislamiento obligatorio que deben guardar; segundo, un porcentaje importante de ausentismo, pues muchas personas no pondrán en riesgo su salud y optarán por no acudir a los centros de votación; tercero, el previsible aumento de contagios por la concentración de personas en los recintos electorales.
Y claro, el MAS apuesta al ausentismo, porque su voto duro, por voluntad propia o presión, acudirá a las urnas pese a la pandemia. Una estrategia perversamente efectiva. Aunque quizá no están tomando en cuenta, una vez más, la rebeldía del pueblo boliviano, pues creo que la mayoría también vencerá al temor del virus y le hará frente al masismo democráticamente, pese a todos sus intentos de jugar sucio de nuevo.
Y claro, esta presión del masismo también afecta al TSE, y tal vez la tibieza, la burocrática frialdad, es la estrategia más racional para conducir un proceso electoral dentro de los márgenes de la tranquilidad que, en la actual situación, la ciudadanía requiere. Quizá el señor Romero está desplegando sus habilidades políticas para otorgarnos algo parecido a la paz en tan duro trance. La historia dirá.
Recordemos que no hace mucho juzgamos muy mal a Luis Almagro, secretario general de la OEA, e incluso no estuvimos de acuerdo en que dicho organismo hiciera un informe vinculante sobre los comicios de 2019.
Es que la susceptibilidad a veces nos gana, al igual que el miedo, que la ira. Hay momentos, sobre todo cuando estamos sometidos a presión, en los que pensamos hepáticamente. Tal vez ahora es cuando la aparente frialdad de Salvador Romero es la serenidad que se requiere para evitar un descalabro social en medio de una crisis sanitaria cuasi apocalíptica. El tiempo dirá.
El MAS sigue convulsionando el país, con lo que le queda de fuerza (que no es poca, no hay que subestimarlos), pues sus líderes hallan en el conflicto el escenario ideal para desarrollar sus planes, casi siempre ajenos al bien común, ya que su objetivo es solo la toma del poder y el lucro que esto conlleva.
Y sin importar las acciones del TSE ni la inhumanidad del masismo, los bolivianos y bolivianas que salieron a defender la democracia en octubre de 2019 deben hacer un esfuerzo más y acudir a votar el 6 de septiembre o en la fecha que se disponga, porque la lucha aún no ha terminado y la batalla principal no se dará en las calles, sino en las urnas.
Nuevamente, hay que derrotar al totalitarismo fascistoide del MAS en su propia cancha. La historia nos convoca de nuevo, y confío en que volveremos a estar a la altura del llamado.



