Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: sábado 11 de julio de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Por eso se explica, de alguna manera, su reticencia y hasta explícito rechazo a establecer mecanismos de diálogo y concertación con estos sectores del pueblo. Y es que hacerlo implicaría reconocer la necesidad de abordar y resolver históricas deudas sociales y justas causas de justicia, derechos, igualdad, libertades, etc. que continúan pendientes en la agenda nacional. Pero al mismo tiempo y al actuar de esa manera, irónicamente también pierden y se deshacen de la única forma de competir y disputar electoralmente en condiciones de verdadera igualdad respecto de su adversario principal: el masismo. Es claro que, a estas alturas, es imposible esperar que cambien de criterio y de forma de actuar.
A este grave error que da las espaldas a la verdadera realidad del país (que no es la imaginaria de incesante progreso y crecimiento que siempre han querido hacer creer), se suma el hecho que también dan las espaldas a una oportunidad para encontrar alternativas nacional-populares para los problemas de fondo del país, incluyendo su desesperado intento por acceder y reproducirse en el poder (lo que constituye su objetivo primordial).
Es claro que no se puede pedir peras al olmo, pero también es evidente la ceguera política y la total falta de sensibilidad social en estos candidatos y organizaciones políticas que conforman la oposición electorera que quiere sustituir a la autocracia fugada, nada menos que abanderando y apropiándose de la lucha del pueblo que recuperó la democracia y las libertades.
Tanta es la angurria de poder de este tipo de oposición (concentrada en el caudillismo-presidencialismo y la toma del Poder Ejecutivo) que, con tal de hacer prevalecer sus intereses sectarios, prefiere dividir el voto, antes que pensar en el país, la democracia y el bien común.
Aun a sabiendas de que cada vez más se acrecienta el riesgo de no ganar y perder las elecciones, ni siquiera se les ocurre pactar (que es lo que más les gusta hacer sin declinar sus penosas candidaturas), para obtener una mayoría parlamentaria en la Asamblea Legislativa, vía departamentos ganados donde se concentre el voto ciudadano en las opciones más promisorias.
No se les pasa siquiera por la imaginación que esa manera es la mejor forma que podría impedir el riesgo de retorno de la autocracia fugada (que quizás podría ganar las elecciones, pero nunca tener mayoría legislativa), o al menos detendría sus impulsos autoritarios y antidemocráticos (en caso de no alcanzar para ir a segunda vuelta), que con seguridad están afanosos por imponer nuevamente.
De esa forma, lo único que se anuncia es su propio fracaso y derrota, con el agravante de que podrían ser también los del país y su lucha por la recuperación de las libertades y la democracia.
Dada la experiencia histórica del país respecto de esta casta de politiqueros que se hacen candidatos y conforman sus partidos en base a la usurpación de las luchas y conquistas populares que terminan recurrentemente traicionando, parece que el futuro nacional no es precisamente promisorio, ni siquiera moderadamente optimista; todo lo contrario. Ojalá pudiese estar equivocado.



