El dilema ético genera responsabilidades que no son transferibles. Frente a su importancia, en situaciones normales tendrían que realizarse consultas, iniciativas populares y referéndums para que la carga sea compartida colectivamente. No es el caso. En esta oportunidad son los poderes constituidos quienes tienen que velar por el bien mayor, asumiendo que se ha decidido previamente, cual es el bien que se quiere proteger con prioridad.
Que no gane simplemente la practicidad por sobre la valoración ética. Todavía estamos a tiempo para que la decisión tomada y las consecuencias que se producirán, no afecten a ninguno de los dos principios puestos en confrontación innecesariamente. La democracia es una entelequia, un bien deseable y construible, la vida es una condición única e irreparable.
Quienes tienen la responsabilidad, que nos ayuden a bajar la incertidumbre.



