Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: viernes 26 de junio de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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Indudablemente, sin la propagación inesperada del coronavirus a nivel mundial y con una velocidad nunca antes vista en la historia de las pandemias que nos azotaron antes, la realidad política de Bolivia, sería muy distinta. En efecto, y según los informes oficiales, la peste apareció en China a fines de diciembre del año 2019, y tan sólo tres meses más tarde, cundía en todo el globo cambiándolo todo.
Si la Covid-19 no habría irrumpido, ¿y qué duda cabe?, ya habríamos elegido a nuestros representantes de la Asamblea Legislativa Plurinacional y a las autoridades máximas del Poder Ejecutivo mediante otra elección general que, a diferencia de la última y de acuerdo con los anhelos de gran parte del pueblo boliviano, probablemente hubiesen sido transparentes, limpias y justas…
Nunca lo sabremos… Pero al margen de las especulaciones relativas al cómo podrían haber sido las cosas de no haber sucedido esto o aquello, cabe preguntarse: ¿Evo Morales, realmente organizó y ejecutó deliberadamente un fraude para ganar las elecciones pasadas en primera vuelta, tal cual como se le acusa?
Muy a pesar del informe de la OEA, señalando a la suspensión del conteo rápido en boca de urna, entre otras irregularidades, como indicios suficientes de ilegalidad para justificar la anulación de las elecciones del 21 de octubre (a fines del mismo mes), junto a la cascada de denuncias con el mismo sentido que surgieron de ciudadanos, supuestamente de base o independientes, a través de las redes sociales y los medios de prensa; resulta cuando menos trágico que, la opinión pública –o el pueblo, si prefieren decirlo así–, hasta el momento, ignore la verdad sobre lo que realmente ocurrió.
Ilustremos, recordando el destacado caso del ingeniero informático y su peregrinar por las diversas revistas de la televisión, denunciando la, digamos “atípica”, coincidencia entre las mesas anuladas y las mesas en las que Evo hubiera salido derrotado. Bien, sí el vuelo de una mariposa en América, podría causar un terremoto en Japón, ¿por qué deberíamos juzgar a esa coincidencia como anormal o arreglada por la cúpula del MAS?
Cómo sea, lo cierto es que, desde aquellas impugnaciones hasta el momento actual, ha transcurrido más de medio año y, sin embargo, a no ser que me haya perdido la primicia, ni los partidos políticos de la oposición, ni el Gobierno transitorio, y muchos menos el MAS, han manifestado preocupaciones tangibles apuntando a esclarecer los hechos vinculados al presunto fraude, o el cómo y quiénes lo hicieron.
Algo similar sucede respeto al motín policial del 7 de noviembre contra Evo, y la indiferencia inicial de las Fuerzas Armadas frente al conflicto y posterior desconocimiento de su Comandante en Jefe, sugiriéndole renunciar ¿Por qué lo hicieron?, ¿qué pretendían?, ¿qué alianzas, o acuerdos, con otras fuerzas políticas subyacieron en esas determinaciones? O, acaso, ¿respondieron a resoluciones meramente autárquicas y espontáneas en el contexto de la crisis y por la democracia?
Tampoco conocemos con precisión, quienes fueron los actores “no convencionales” involucrados en la caída de Evo (aquellos cuya ideología y propósitos políticos devienen incompatibles con los de la elite desplazada en la Guerra del Gas) y, hasta qué punto su papel fue decisivo para el éxito de la revuelta (porque no podemos llamar “revolución” a lo que provocó la caída de Evo). Y ni hablar sobre cómo Evo movió sus fichas buscando quedarse…
En suma, cual políticos “autojubilados” en sus cuarteles de invierno, andamos tragando sapos “en casa”…



