Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: lunes 18 de mayo de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia directa y participativa
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
Los virus se introducen en las células del organismo parasitando e invadiendo su estructura celular, lo mismo pasa en el cuerpo social cuando se generan territorios que escapan al control estatal, parasitando los presupuestos de una ciudad, tal como ocurre con K’ara K’ara. La existencia misma de esta barriada es una anomalía social fruto de la debilidad institucional municipal.
En K’ara K’ara nada es legal. La anomia, el engaño y el delito definen su forma de vida; casi todos los dirigentes son loteadores de propiedad privada ajena o de tierras fiscales.
Con el visto bueno de alcaldes y gobernadores, han generado en los últimos 10 años un ‘boom’ del loteamiento atrayendo a miles de migrantes pobres cuyo único documento inmobiliario es un recibo de pago emitido por el que será su perpetuo dirigente. Éste levanta listas de sus víctimas de estelionato para hacerse nombrar su representante y mediador con el municipio para exigir asfalto, canchitas, agua, servicios básicos y prometer la “legalización” de los terrenos, convirtiéndose en un triple sujeto: dirigente-loteador-tramitador.
Tiene la capacidad de imponer sanciones a los que no asisten a los bloqueos o marchas que regularmente realizan, como fruto de acuerdos económicos de los dirigentes con diversos partidos bajo una lógica de alquiler de personas.
Una y otra vez, el vecino, bajo chantaje de ser excluido de la lista, usa banderas de diferentes colores en ese destino de un nuevo pongueaje político o más propiamente “esclavitud inmobiliaria” sujeta a la codicia criminal del dirigente.
En esta zona no existen las OTB, porque es una zona ilegal. Está dividida en “juntas de vecinos” y “mancomunidades” formadas al calor de las disputas económicas entre los dirigentes-loteadores. Nadie paga impuestos porque no tienen registros de Derechos Reales, no aportan nada a las arcas municipales, pero piden todo.
Han descubierto que, al cerrar las puertas del botadero, la ciudad se hunde en basura y fetidez en tres días; entonces, llegan corriendo los alcaldes, gobernadores, concejales y medios de comunicación a quienes se quejan de sus necesidades urbanas pidiendo se puedan cumplir los eternos y siempre fluctuantes 35 o 50 puntos de su pliego petitorio, que al final de insulsas reuniones se traducen en más canchitas, tinglados y centros culturales que, en realidad, son oficinas para los dirigentes.
Así aparecen obras intrascendentes que curiosamente son realizadas por empresas amigas de los dirigentes, quienes hacen seguimiento estricto a los procesos de contratación y asisten a las aperturas de sobres y calificaciones ingresando a las oficinas municipales, amparados en su “amistad” con el alcalde de turno, quien también los usa para movilizar gente, ya sea para mostrar apoyo o para atacar al rival coyuntural.
K’ara K’ara es un barrio que nunca debió existir. Sus habitantes estelionatarios viven y mueren inhalando gas metano y olores nauseabundos. Se violan las restricciones habitacionales de las normas sanitarias.
Se quejan del botadero, que es anterior a ellos, pero saben que el día que este sitio se cierre se acaban los beneficios indebidos, la fuente de la riqueza de sus dirigentes, de su poder político, del mecanismo de chantaje y extorsión a la ciudad. Si se cierra el botadero termina esa forma vil y delictiva de parasitar los recursos económicos de la ciudad, secuestrada por un grupo de dirigentes que controla los miasmas de los esfínteres de la ciudad.
El autor es abogado



