Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: lunes 18 de mayo de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia directa y participativa
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Cuando la política se degrada a la guerra todos nos convertimos en enemigos unos de otros. El programa de ese fundamentalismo -no importa el pretexto ideológico- es un programa de extinción del enemigo. En ese momento desgraciado cuentan las armas y nos define la sobrevivencia. Retornamos a nuestra más primaria animalidad.
Cuando la política asciende a la democracia todos somos diversos y plurales. El programa de esa alegría es el debate de visiones. En ese momento extraordinario cuentan los proyectos de país nacidos de la gente común y nos definen racionalidades y afectos y memorias. Nos devolvemos el derecho al horizonte.
Pero como la política es asunto de sutilezas y no de aquellos absolutos en los que las artes nos iluminan de imposibles y las economías -o, peor, las pandemias- nos enceguecen con límites inmediatos, nos dedicamos a pactos y acuerdos y modestas posibilidades para hoy. O, en el mejor de los casos, para mañana. Como lo hicimos en noviembre 2019. Aunque la guerra, finalmente exiliada de nuestro ajayu, resista su destierro y persista desde sus más básicas elementalidades.
Así lo afirmó ayer y lo reitera hoy el más crudo de los innombrables: “Hay dos diferencias, dos caminos, somos antiimperialistas o somos proimperialistas, no hay otro camino. Cuando a mí me dicen, centro derecha, centro izquierda, no entiendo cómo va a haber centro, aquí es como decimos, macho o hembra, no hay maricón en temas ideológicos y en temas políticos partidarios en una lucha anti imperialista, no, así entiendo”. Como si el espectro de Clausewitz nos hubiera contaminado: “la guerra constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”.
Aunque el contexto era otro, la vocación política de la guerra fría era la misma. Por eso los dos bloques cancelaron la política y se dedicaron a la guerra arrastrando al mundo detrás de su daltonismo ético. Hoy, en Bolivia, los innombrables pretenden que predomine la más fría de las guerras. Reducir la política a la guerra es ignorar miles de años de desarrollo del Estado, desde sus formas más precarias hasta su culminación como bien común institucionalizado en la modernidad. Más importante aún, es desconocer que la guerra interna, la librada entre connacionales, es la más terrible de todas porque nace del odio fraterno: debo derrotar definitivamente al hermano traidor, al que nos vende al enemigo, al que canibaliza nuestros recursos. Y, sobre todo, reducir la política a la guerra es estar ciego ante la vida social; la sociedad no está compuesta por machos y hembras, está compuesta por hombres y mujeres, por la infinita diversildad de relaciones de género, políticas, económicas, culturales, ecológicas, artísticas que nos reúnen. Y por sus proyectos civilizatorios: patriarcado, feminismo, equidad de género; autoritarismos, democracias, autogobiernos; mercantilismos, capitalismos, comunalismos; canonizaciones, tradiciones plurales, rupturas; extractivismo, desarrollo sostenible, energías renovables; y la creatividad permanente de todas las artes.
Después de tantos años luchando contra la cultura política de la guerra hemos aprendido que la democracia es un proceso permanente de ampliación y ejercicio de derechos bajo principios de libertad e igualdad que siempre pueden ser reformulados. Hoy, por tanto, expandir la política debiera entenderse como radicalizar la democracia, como profundizar la ciudadanía, como ejercer todos los derechos. Acá, expandir la política es construir una democracia directa, participativa y representativa simultáneamente. Que el bien común no se disuelva en el interés privado; que el tiempo de las urgencias no elimine la distensión de la fiesta.
Para que las virtudes democráticas no se sometan a la estafa de la guerra tenemos que preservar los matices entre nosotros, cuidar los excesos críticos, atenuar las condenas poco informadas, medir los agravios. Ese momento, los aullidos que convocan a la guerra civil se diluirán en su propio pozo séptico. Ese momento, reiniciaremos las tantas cuecas que nos han convocado al cuidado de nuestra casa grande.
Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.



