Medio: El Diario
Fecha de la publicación: domingo 10 de mayo de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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El catedrático español sostiene: “en mi criterio, es la expresión de ideologías e imaginarios trasnochados reflejados en la norma fundamental del Estado, sobre todo de un ultraindigenismo de laboratorio y un intervencionismo estatal en todos los aspectos de la vida social”.
Ya en el año 2008, escribí un artículo titulado: “Crítica a la Nueva Constitución”, en el que afirmaba una buena parte de los criterios expuestos por el profesor español antes citado. A más de diez años de su aprobación, la Constitución Política del Estado ha resquebrajado, y por qué no decirlo, derribado los cimientos mismos del Estado Constitucional de Derecho, que debe fundarse en la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la probidad de los magistrados y miembros del Tribunal Constitucional, la materialización de los derechos fundamentales que consagra, entre otros.
Ante este escenario, caben las siguientes posibilidades: a) la irrealización de la propia Constitución, que por su falta de desarrollo, contradicciones, y pisoteo de derechos y libertades fundamentales, tiende a convertirse en un verdadero pasquín de corte ideológico, más que en una norma fundamental; b) la puesta en marcha de un verdadero proceso constituyente que tenga como base y principios aquéllos propios de un sistema republicano de gobierno; c) la revisión por parte de actores políticos, ciudadanos y juristas acerca de la que a todas luces es una fraudulenta aprobación del texto constitucional, lo que viciaría la trasnochada legitimidad de sus impulsores, cercanos al ala radical del indigenismo a ultranza, representado en su momento por el Movimiento al Socialismo, bajo el asesoramiento de ciudadanos españoles ligados de un modo u otro a la agrupación política PODEMOS de España, aspecto altamente controvertido en la historia nacional, que sin embargo no fue desmentido, y es el colofón de una serie de hechos insospechados en su momento.
En efecto, trátase de una Constitución Política del Estado redactada en gran medida por ciudadanos españoles, lo que contradice el supuesto carácter “originario”, “indígena” o “campesino” de quiénes serían –sólo en teoría– sus más directos beneficiarios. Y trátase, ciertamente, de un auténtico galimatías y no de un modelo ejemplar de Constitución, con enormes deficiencias, lo que da alas a una marcada manipulación ideológica de su contenido. Trátase, finalmente, de un experimento social con bases etnocéntricas y hasta racistas, dentro de una sociedad que es por todos conocida por su heterogeneidad.



