Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 03 de mayo de 2020
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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La bancada del MAS ha tomado una decisión sorprendente. Ha decidido, sin apelar a ningún intento de acuerdo, que las elecciones deben ser realizadas como máximo dentro de los 90 días posteriores a las suspendidas elecciones del 3 de mayo.
Por lo tanto, el plazo máximo en el que se tendrían que efectuarse los comicios es el 2 de agosto próximo, una fecha que no ha sido avalada por criterios científicos respecto de si, para entonces, la pandemia que afecta a Bolivia y al planeta estará bajo control. Como se sabe, lo que no se debe hacer, por recomendación de los especialistas del mundo entero, es que se produzcan aglomeraciones y un evento electoral es, por definición, un acontecimiento en el que millones de personas salen de sus casas y se agrupan en espacios por lo general cerrados.
Pero eso no es todo: una elección obliga a una campaña y esta tendrá que darse en el momento menos preciso y más riesgoso, cuando, incluso los militantes de las diferentes tiendas políticas deben ser protegidos de contagios. Esto sin mencionar que con una elección se pone al país en un modo de proselitismo político cuando lo que se precisa es que se privilegie ahora –incluyendo a la Presidenta/candidata-, la salud de los bolivianos y la situación económica durante y después de la pandemia.
Por lo demás, se desconoce si para el 2 de agosto la emergencia sanitaria seguirá vigente en el país o no. Este diario defendió la idea de que fuera el TSE el que haga esa definición, pero también habrá que admitir que el rango de fechas presentado por esa institución fue quizás demasiado amplio (de hecho, el 2 de agosto está al “medio” entre los meses de junio y septiembre propuestos por el organismo electoral como etapa posible para realizar los comicios).
Sin ninguna consideración, entonces, a la salud pública y a la delicada situación que atraviesa la sociedad boliviana, el partido de Evo Morales, aprovechando de su mayoría parlamentaria, toma esta decisión errada e inconsulta.
Lo más reprochable de todo es el papel jugado por el líder del MAS y expresidente Evo Morales, quien desde Argentina donde se ha refugiado, azuzó a sus parlamentarios a impulsar la determinación que comentamos. Sus seguidores, además, protagonizaron bloqueos en El Alto y Yapacaní, creando zozobra justamente ahora en una situación de cuarentena estricta, lo que constituye una violación de la ley. Poco reflexivo y poco autocrítico como es, Morales felicitó a sus partidarios por haber obedecido a sus órdenes. Realmente deplorable.
El cálculo del MAS, que está en línea con su tradición de sectarismo y de confrontación demostrada durante años, puede ser el siguiente: su base electoral no considera necesariamente al coronavirus como una amenaza, y por lo tanto acudirá a las urnas con más confianza, mientras los sectores contrarios a ese partido tienen una mayor consciencia sobre los peligros de la pandemia y podrían no asistir masivamente a votar. Es una manipulación inaceptable con un frío cálculo electoral.
Quizás sea tiempo de negociar. Si el MAS quiere invocar a las clases medias, como presumiblemente desea, para tener más caudal electoral, debe entender que el 2 de agosto parece una fecha muy próxima para tener las elecciones. Presumimos que el partido de Morales tampoco desea alienar por completo esos posibles votos. En ese sentido, quizás un panel de especialistas epidemiológicos, con asistencia de delegados de los diferentes partidos, pueda proponer una mejor fecha para celebrar la contienda electoral. El MAS no podría, simplemente, ir contra una tendencia importante de la opinión pública y un acuerdo podría ser firmado para que quede establecido que el resto de las fuerzas políticas y sectores sí piensan en la salud.
Pero, la realidad actual, la que nos vemos obligados a aceptar es que tendremos que acudir a votar sin haber superado la crisis sanitaria y, además, seremos de ahora en adelante escenario de luchas y oportunismo político que, por supuesto, nos harán más mal que bien.



