Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: sábado 02 de mayo de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia directa y participativa
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
A priori, podría resultar altamente cuestionable mezclar la crisis sanitaria provocada por la insólita e imprevista presencia del Covid-19 con la política que, por sus dimensiones y magnitud, es local, nacional y global.
Sin embargo, en el manejo y la gestión de la crisis en esos tres niveles y por las decisiones que se adoptan, la relación es intrínseca. Determinar el cierre de fronteras; dictaminar cuarentenas totales o parciales; proscribir al mercado otorgando un rol protagónico al Estado en el manejo de la crisis; levantar o flexibilizar las cuarentenas: son decisiones esencialmente políticas. Desafortunadamente, empero, la mayor parte de las decisiones están mediadas de cálculos previos, en relación a los costos y beneficios políticos.
Este inusual, tal vez inédito, escenario se constituye en un gran desafío a la capacidad y el espíritu de los líderes políticos con la responsabilidad de tomar decisiones colectivas. De sus decisiones dependerá la nueva configuración del mundo posCovid-19 y también el futuro político de cada uno de ellos. Así, por ejemplo, si los resultados de la gestión de la crisis de la presidenta y candidata Jeanine Áñez son óptimos, tendrá asegurado un caudal enorme de votación. Si son pésimos, todo lo contrario.
La misma ecuación, por analogía, no solo se aplicaría a Donald Trump y otros líderes políticos que tienen procesos electorales cercanos, sino a todos los que están en función de gobierno, pues los resultados catastróficos podrían determinar la caída de muchos de ellos. Por tanto, en regímenes abiertos o democráticos, la gestión de la crisis los puede catapultar, como también podría provocar su decadencia. Será severo el escrutinio.
En regímenes autocráticos, en cambio, se observa más bien la agudización de tendencias verticales y autoritarias. Estos, como es el caso de Rusia y Hungría, le sacan redito a la crisis del Covid-19 aplicando un conjunto de dispositivos para conservar, aumentar y prolongar su poder. Es muy probable que, a cambio de seguridad, en el marco de sus estrategias de gestión del miedo, restrinjan sustancialmente la libertad y los derechos de sus ciudadanos. Estas autocracias, como sugiere el historiador de moda Yuval Noah Harari, serían “más brutales”.
Estos perversos desvíos, incluso, podrían producirse en regímenes abiertos, pues, de acuerdo a las experiencias ahí presentes, los regímenes autocráticos habrían demostrado una mayor eficiencia y eficacia en la gestión de la crisis. El paradigma, en este caso, es China, país donde precisamente se originó el virus.
En este contexto, lo que se evidencia, en las decisiones de los líderes políticos –en el plano global y en el nacional–, salvo honrosas excepciones, es la mezquindad y el miserable cálculo político.
En el escenario internacional, las decisiones han sido drásticamente insolidarias y aislacionistas. A pesar de la magnitud global de la pandemia, la coordinación de políticas conjuntas es, desafortunadamente, inexistente. Cada uno va por su cuenta. Trump ha tomado sus propias y caprichosas decisiones. A su vez, los líderes políticos de la Unión Europea, el mejor proyecto de integración visto hasta hoy, cada cual –incluso compitiendo entre ellos por la adjudicación de material de bioseguridad y respiradores– diseñó sus propias estrategias y planes en el combate contra la pandemia, dejando claro que no tienen amigos, solo intereses.
La mezquindad de los líderes europeos ha colocado en entredicho la sobrevivencia misma de la UE. Algunos estudiosos y analistas ven muy cerca su desintegración. La “camisa de fuerza” macroeconómica, que inhibe la soberanía económica de cada uno de ellos, podría impulsar más “brexits”. La crisis y la gestión aislada, han puesto de manifiesto que la solidaridad, uno de los pilares fundamentales de este organismo de integración, estaría presente solo en el papel.
Ahora bien, en los niveles nacionales, el Covid-19, en la mayor parte de los casos, ha desnudado profundas miserias de la clase política. Teniendo al frente un enemigo común, en un momento extremamente delicado donde es indispensable un fin superior, más bien han aflorado los antagonismos, sin atisbos de tregua, entre oficialistas y opositores. Paradójicamente, las fuerzas opositoras concentran sus energías en luchar contra el Gobierno y no en el combate contra la pandemia. Para ellos, evitar la expansión de la plaga y el cuidado de la salud pública no es un interés de primer orden. Antes de ello, primero, y visceralmente, están sus intereses. La excepción es Portugal, donde sus líderes, han dado una verdadera lección a las clases políticas del mundo entero.
Por otra parte, muchos gobiernos, también, cínicamente, han instrumentalizado la epidemia para sus tramposos fines.
Estas conductas ratifican aquella afirmación acerca de que en los momentos extremos y de crisis, afloran las virtudes y las miserias de las personas: se develan tal como son, en su verdadera esencia y naturaleza. En este caso, hemos visto, en el fondo, la naturaleza perversa de la clase política, cuya conducta, por más desgracias que se presenten, nunca se modificaría. Ni siquiera en momentos extremos. Es una imposible metamorfosis.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la UMSS



