Medio: El Deber
Fecha de la publicación: martes 21 de abril de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
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Por: Gerardo Villegas Querejazu / Lic. en Relaciones Internacionales
Un virus recorre el mundo y jamás nos imaginamos que la conjunción entre salud pública y economía tuviera tantos ramales, y con efectos tan contundentes sobre la política como arte de gobierno. Menos aún que nos haga sentir lo efímero de la vida de manera tan torpe a pesar de los avances científicos, o que genere tantas dudas sobre nuestro futuro a medida que la pandemia sigue su curso implacable.
El mundo de hoy resulta -por mucho- más complejo en comparación a todo lo visto durante el siglo XX. La pandemia del COVID-19 no sólo es una muestra de cuán interdependientes son los países en los cinco continentes a través del comercio y la diplomacia, o de cuán interconectadas están sus respectivas sociedades mediante la tecnología, las comunicaciones, el consumo o el turismo, sino que deja en evidencia que las virtudes de la globalización se han convertido en peligrosos vectores para la propagación ilimitada del virus; ¡qué paradoja! Y qué dilema para el futuro.
El resultado es que la medicina y sus especialistas, las tecnologías de seguridad y vigilancia, el cierre de fronteras, la higiene y la bioseguridad, los dispositivos de control social (cuarentenas), las estadísticas, las proyecciones, los macrodatos y el sistema de salud se constituyen en la prioridad inmediata para todos los gobiernos del mundo. A ello se suma el pánico social, el desconocimiento sobre las consecuencias del virus, la tasa de mortalidad, las investigaciones para encontrar una vacuna, los fármacos utilizados para combatir otras enfermedades que podrían servir en el tratamiento de los pacientes más críticos.
Toda esa maraña de dispositivos y recursos que emplean los gobiernos para modelar el comportamiento social en función a un objetivo determinado -que puede ser preservar la vida- fue definida, alguna vez, como biopolítica por el célebre M. Foucault. Enrevesado como pocos, empleó este término al promediar la década de los ’70 pero además lo arropó con su impronta teórica y metodológica. Quién podría negar, aludiendo a R. Esposito, que estamos presenciando una politización de la medicina o de la salud investida de tareas de control social. La biopolítica no es un dispositivo de poder nuevo, aparece con la modernidad que destierra -en parte- las formas brutales de ejercicio de poder que caracterizaron al absolutismo monárquico, empleando en contrapartida formas más sutiles de disciplinamiento social (se multiplican las escuelas, cárceles, hospitales, centros psiquiátricos, asilos, etc.) que resultan ser, a la postre, más efectivas como perdurables.
Mientras tanto, el sistema-mundo capitalista hegemonizado por el capital financiero y transnacional atraviesa una serie de vicisitudes, transiciones y reconfiguraciones. No cabe duda que la recesión económica post pandemia tendrá un impacto brutal en todas las regiones del mundo (comparable a la II GM), en un momento histórico en el que EEUU y China sostienen una feroz disputa en términos geopolíticos, comerciales y tecnológicos. El progresivo desplazamiento desde el Atlántico Norte hacia el Pacífico como nuevo punto nodal del flujo comercial y de la economía mundial genera, a su vez, importantes consecuencias en los ámbitos políticos y culturales, o una suerte de competencia entre los modelos civilizatorios de Occidente y Oriente que se pone de manifiesto al momento de encarar una crisis como la actual.
Por un lado están las sociedades asiáticas, históricamente sometidas a un estricto disciplinamiento social que se remonta a los tiempos imperiales y que se entronca en la actualidad con regímenes autoritarios o con democracias híbridas con marcados rasgos autoritarios. Byung-Chul Han atribuye esa anuencia al confucionismo como tradición cultural bastante arraigada. Por otro lado, las sociedades occidentales que tienen a la democracia liberal como el sistema político más extendido y, al mismo tiempo, las libertades individuales como uno de los valores más preciados frente al Estado. No obstante, en el mundo occidental se ha visto que hay -en sintonía con la pandemia- una suerte de propagación de los estados de excepción que interpela el concepto mismo de democracia. A medida que el virus ha elevado exponencialmente el número de contagios y el número de muertes, a pesar de su -hasta ahora- baja tasa de letalidad, muchos gobiernos democráticos del mundo occidental no han tenido otra alternativa que dictar medidas de control social como el confinamiento, cuarentenas, el cierre de fronteras, o el distanciamiento social, es decir, estrategias biopolíticas prototípicas.
La biopolítica como dispositivo de poder, en consecuencia, no hace distinción entre ideologías o formas de gobierno antagónicas, sino que se adapta perfectamente a los fines que persigue la racionalidad política que impera en un determinado sistema. De ahí se puede deducir que las sociedades asiáticas parecieran estar menos renuentes o más acostumbradas a esas estrategias biopolíticas que suponen una serie de restricciones y de modulación del comportamiento social. En el caso de las sociedades occidentales, incluso si los estados de excepción demuestran algún grado de eficacia para controlar la propagación del virus y evitar el colapso de los sistemas de salud en cada país, no deja de ser preocupante que su paulatina normalización de lugar a una dinámica política que genere tensiones irreconciliables con los valores democráticos elementales, como señala G. Agamben.
Lo anterior es especialmente relevante si se tiene en cuenta las secuelas en el ámbito social que ocasionarán la pandemia, las medidas para combatirla y la recesión económica. Es prácticamente imposible soslayar que los índices de desempleo, de pobreza, de desigualdades se verán incrementados. Y con ello las protestas o estallidos sociales demandando mejores condiciones de vida en un contexto de disciplinamiento social. Estaremos, entonces, a las puertas de ¿un nuevo contrato social?, ¿de una mutación democrática? Una de las pocas certezas que se tiene es que ya nada será igual que ayer, pero esa transición puede resultar traumática si viene acompañada de crisis política y de anomia como debilitamiento del tejido social, en términos de E. Durkheim.
Los desafíos para los gobiernos democráticos de ahora en más serán titánicos. Cuando A. Gramsci analizaba las crisis de los bloques históricos sostenía que lo que ocurre generalmente es que lo viejo no termina de morir y lo nuevo tampoco termina de nacer, y en ese claroscuro surgen los monstruos.
Ojalá y no.



