Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: lunes 06 de abril de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Como toda crisis, la emergencia sanitaria por el coronavirus ha puesto a flote lo mejor y lo peor de los seres humanos.
Entre lo mejor está, sin duda, la solidaridad; ese sentimiento por el cual muchos se preocupan por los otros y actúan en consecuencia. Aún encerrados en su casa se preocupan por ayudar a los demás con lo que esté a su alcance y en ocasiones incluso compartiendo lo poco que tienen.
Así, personas con gran poder económico anunciaron la donación de millones para repartirlos entre quienes tienen menos, comprar insumos o adquirir equipos que son necesarios para combatir el Covid-19. Y existen, también, profesionales o expertos en artes u oficios, que ofrecen sus servicios de manera gratuita mientras duren las cuarentenas en sus respectivos países. Los más demandados son los profesionales en salud, que atienden consultas por teléfono. Y los psicólogos son.
Pero la solidaridad tiene su antípoda y es el egoísmo; es decir, la atención desmedida al interés propio, aún en perjuicio de los demás. Si a esta actitud le sumamos la ignorancia, la combinación puede ser una peligrosa bomba social de tristes consecuencias. Como lo pudimos ver cuando la gente organizó bloqueos con el propósito de impedir que enfermos de coronavirus sean internados en hospitales. Aún hoy, y no solo en Bolivia sino en varios países del mundo, se ve con temor, o sentimientos peores, al personal de salud, porque está expuesto a posibles contagios.
La repulsa, causada por la suma de egoísmo e ignorancia, es otro de los “virus” que se ha desatado en el planeta como consecuencia del coronavirus, pero, lamentablemente, no es el único.
El otro, no menos peligroso, es el de la desinformación. Desde que estalló la crisis, en China, a fines de diciembre, mucha gente se ha dado a la tarea de producir información falsa y la difunde por las redes sociales. La gran mayoría de este material es alarmista pues busca que la gente se preocupe y, sin reflexionar, comparta el mensaje creyendo que está avisando a otros sobre los supuestos peligros que nos acechan. Se ha comprobado que una mala noticia se reproduce a razón de miles por minuto y, cuando llega el desmentido, este no es compartido de la misma forma. Por tanto, la mentira crece y, de tanto repetirse, es tenida por verdad.
Y otro “virus” es el sectarismo, que no es otra cosa que una colectivización del egoísmo, y surge por razones religiosas o políticas. Es más notorio cuando se trata de partidos políticos pues todos, sin excepción, buscar sacar provecho de la crisis.
Lógicamente, los más activos son los partidos o agrupaciones de oposición que, ante el inevitable avance de la enfermedad, culpan a los gobiernos y les acusan de ineficacia. Esta actitud es más evidente en Bolivia, que estaba en plena campaña electoral cuando se declaró la emergencia sanitaria.
Estamos en una guerra y hay un enemigo invisible: el coronavirus. Lamentablemente no es el único. Pero los otros, como la desinformación y el sectarismo pueden neutralizarse y hacerlo depende de cada uno.



