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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: sábado 04 de abril de 2020
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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En las líneas que siguen, analizaremos la gestión del Gobierno “de transición” encabezado por Jeanine Áñez, en la conducción de la crisis, con tintes apocalípticos, que provoca la presencia global del coronavirus, que está cobrando miles de víctimas, sin distinciones de tipo ni de clase.
Ciertamente, al no ser un experto en el tema, este afán podría ser muy osado, cuando no pretencioso. Sin embargo, a la luz de lo que han hecho, o han dejado de hacer, algunos Gobiernos que enfrentaron los primeros momentos, luego de la aparición del virus, como es el caso de China, Corea del Sur, Singapur y otros países del sudoeste asiático, así como España, Italia y Francia, en Europa, y Estados Unidos, en el continente americano; se pueden esbozar, para este análisis, algunos escenarios.
También, claro, es importante contrastar estas experiencias, con lo que exhorta la ciencia en este caso, artículos científicos que recomiendan la adopción de un conjunto de medidas duras e inmediatas para contrarrestar al virus, mientras se descubra la vacuna. Medidas que, con costos relativamente razonables en función del beneficio, podrían ser implementadas para evitar miles, tal vez millones, de infectados; de los cuales muchos requerirán cuidados intensivos y muchos otros morirán, por la imposibilidad de ser atendidos, dada la tendencia del colapso de casi todos los sistemas de salud en el mundo.
Nuevamente, el destino coloca a Jeanine Áñez, en una circunstancia terriblemente difícil y crucial en nuestra historia. Sin punto de comparación con aquella responsabilidad, también enorme, de administrar la gestión de las próximas elecciones generales que, dicho sea de paso, deberían quedar suspendidas indefinidamente hasta que el país encuentre una sólida estabilidad sanitaria.
El momento no es político. Como dice el notable columnista, Fernando Mires, es existencial. De por medio está la supervivencia de millones de personas. Los gobernantes, hoy, se enfrentan a las decisiones más difíciles que la vida política les puede plantear.
Para Áñez, el escenario es mucho más dramático y sombrío, pues Bolivia carece de un sistema sanitario mínimo para enfrentar la pandemia. La anterior gestión, de 14 años, dejó un sistema de salud deficiente en grado extremo. El último informe de Oxford Economics, sostiene que la crisis del coronavirus podría conducirnos al desahucio. Califica a Bolivia como el país de “mayor vulnerabilidad social y económica a los efectos de la pandemia”.
Ahora bien, ¿qué hacer entonces, frente a esta dramática situación? Un estudio científico de gran repercusión (Coronavirus: El Martillo y la Danza, https://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2020/03/24/coronavirus-el-martillo-y-la-danza), expone y recrea, tres escenarios. A saber: no hacer nada, acciones de mitigación y acciones de supresión.
En el primer escenario, podríamos insertar a España, Italia y EEUU, que, en el primer momento, no hicieron nada. Subestimaron y hasta se mofaron del virus. Entonces, si a tiempo, no haces nada, miles se infectan provocando el colapso en los sistemas de salud, pues la relación entre el número de camas disponibles y camas de cuidados intensivos es descomunalmente desproporcional al número de pacientes infectados que requieren esa atención. Eso multiplica la tasa de mortalidad.
Los gobernantes de estos países priorizaron la economía antes que la vida. Muy tarde adoptaron las medidas básicas radicales que son absolutamente imprescindibles. Al cerrar este artículo, la curva del comportamiento del número de infectados, aún no había llegado a su pico. Con ansias se espera ese momento para ver la “luz al final del túnel”.
En el escenario de mitigación, que implica la adopción de medidas relativamente duras, como el aislamiento de las personas infectadas, la cuarentena de personas que podrían estar infectadas y el aislamiento de las personas mayores; lo que se pretende, es dejar que el virus siga su curso, intentando reducir el pico de infecciones. En otras palabras, aplastar la curva para que el sistema de salud sea más manejable. Estas medidas, ciertamente, no son efectivas, pues solo logran reducir levemente el número de infectados, con lo que el riesgo del colapso de los sistemas sanitarios sigue vigente.
La supresión, el tercer escenario, es muy distinto a las medidas de mitigación que tratan apenas de contener la epidemia e implica la adopción de radicales medidas, como el cierre de fronteras y la cuarentena total, es decir el distanciamiento social duro, con el objetivo de controlar rápidamente la epidemia, aplacando la curva. Mientras tanto, se gana un precioso tiempo para mejorar sustancialmente el sistema de salud, aumentado su capacidad, con cuantiosas inversiones en infraestructura hospitalaria, equipamiento (unidades de cuidado intensivo, respiradores mecánicos, etc.), insumos de bioseguridad hospitalaria y profesionales sanitarios.
Paralelamente, estas medidas deben estar acompañadas de efectivas políticas de diagnóstico y seguimiento. En estos momentos, gran parte de los países, ni siquiera tienen una idea de cuántos casos reales tienen. Para ello es, de primer orden, los test. “Test y más test”, recomiendan con el fin conocer el verdadero alcance del problema y saber dónde está el virus, para discriminar e implementar cuarentenas focalizadas.
Asimismo, se debe, como en China y otros países asiáticos, efectuar un estricto y eficiente seguimiento de los infectados, utilizando tecnología digital de punta, aunque implique, por el momento, atentar contra las libertades individuales. Esta fue la base del éxito, en la lucha contra el virus, de los países del este asiático.
Pues bien, con estos elementos, creo que contamos con los recursos necesarios para analizar la gestión de la crisis del Covid-19, de este Gobierno que, dicho sea de paso, dejó de ser de transición, pues pretenden reproducirse en el poder, factor que, de entrada, deslegitima y pone en duda algunas de sus acciones, como la entrega de bonos, por ejemplo.
No obstante, el calamitoso estado del sistema sanitario que heredó, con pocas o ninguna capacidad de hacer frente a la epidemia y toda su magnitud, Jeanine Áñez tuvo la formidable ventaja, así como otros gobernantes de la región, de beneficiarse de la experiencia de lo ocurrido en Asia y Europa.
En términos de tiempo, medida crucial en el avance del virus, esa experiencia permitió reaccionar oportunamente para adoptar medidas drásticas. El 12 de marzo, ante la presencia de tres casos confirmados, puso en marcha un conjunto de medidas, todavía no tan radicales, con el objetivo de reducir las posibilidades de contagio. Se suspendieron las actividades educativas en todos los niveles y los espectáculos públicos. Se interrumpieron los vuelos desde y hacia Europa. Luego, ante la veloz propagación del virus en la región, el sábado 21 de marzo, radicaliza las medidas de distanciamiento social, con el cierre de fronteras y el establecimiento de una cuarentena total, bajo la figura de estado de emergencia sanitaria.
Esas medidas, entonces, se ubican en el escenario de la supresión. Es decir, tienen la intención de controlar, no de mitigar, y reducir velocidad de propagación. Estas disposiciones, sin embargo, deben lidiar con dos grandes problemas: el grueso porcentaje de la población económicamente activa que se encuentra en el sector informal que vive “del día” y la cultura política y social del boliviano, muy renuente, complicado e indisciplinado.
Sin bien estas medidas han tenido la cualidad de oportunas, no están siendo debidamente acompañadas con los otros instrumentos que sugiere el escenario de supresión. No existen diagnósticos previos. Se ha dejado de lado aquello que tanto recomienda la OMS, “pruebas y más pruebas”. A lo mejor por limitaciones intrínsecas, pues ni siquiera el número de pruebas alcanza para cubrir la demanda de los pacientes sospechosos.
El número de pruebas que se realizan por día debe ser el más bajo de la región. Este es un tema crucial que debe ser enmendado en el tiempo más breve posible, si se pretende realmente controlar el avance del virus. Para rastrear el virus en territorio, sin soñar, es necesario implementar tecnología digital –el big data– utilizada con éxito en el sudoeste asiático, con los costos que esto conlleva, sobre todo en el orden de la libertad ciudadana.
Ahora bien, y lo que es más importante, no se observan acciones para mejorar significativamente el precario estado del sistema de salud. Obvio, esto no se puede cambiar de un día para el otro, Sin embargo, cuando hay determinación y voluntad, todo se puede.
Salvando las distancias, China dio el ejemplo. Construyó un hospital con capacidad para mil camas en 10 días. Dada la urgencia y la importancia de los tiempos, la primordial tarea de cambiar el precario estado del sistema sanitario no puede esperar al próximo Gobierno. Se debe iniciar aquí y ahora.
De lo contrario, el control de la propagación del virus y todas sus secuelas dependerá exclusivamente del ciudadano, que tendrá que quedarse en casa disciplinadamente por un tiempo indefinido, cargando todo el peso de la crisis. Pero, ¿cuánto tiempo, dadas las características de nuestra economía, la ciudadanía podría soportar una cuarentena total?
El esfuerzo tiene que ser conjunto, sobre todo del Estado que, en esta crisis, en el mundo neoliberal, va creciendo y tomando cuerpo con un robusto protagonismo. Se habla incluso del fin del modelo neoliberal, que todo dejaba en la “mano invisible” del mercado.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la UMSS



