Medio: El Deber
Fecha de la publicación: sábado 25 de enero de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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De sopetón, una vez que fue descalabrado el reino de Evo
Morales, el país ha entrado, cuando no debiera, en una suerte de letargo, de
desinterés, de aparente cansancio político. Y eso está muy mal, porque no se le
ha dado aún el tiro de gracia al masismo, que, aunque esté muy malherido, ha
elegido a sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia, desde Buenos
Aires.
Sucede que Arce Catacora y Choquehuanca tienen escasamente
el carisma de un monolito; Luis Fernando Camacho no está como en sus tiempos de
presidente del Comité pro Santa Cruz, cuando parecía un iluminado providencial;
y ni qué decir de Carlos Mesa, que hasta un tatú encuevado tiene mayor
presencia ante el público. Tuto Quiroga sí aparece arremetedor, elocuente, pero
nadie sabe qué piensa hacer, solo que tiene como aliado, hasta hoy, al MNR
reciclado, que no significa nada electoralmente. ¿Y Chi? Chi no hace sino
entusiasmar a quienes todavía confían en su interpretación esotérica del
evangelio. Doria Medina no es candidato hasta ahora, pero sabemos que, siendo
todo un señor, tampoco es un dechado de atracción.
¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo nos decidimos por quién votar?
Ya sabemos que por el dúo de piedra, de ningún modo. Salvo, por supuesto, los
masistas, que tienen la ingenuidad de creer que Arce es un genio de las
finanzas pese a que dio paso al derroche más escandaloso que ha vivido Bolivia,
y Choquehuanca un Bismarck por descubrir, pese a sus 11 años de inutilidad
total en la Cancillería.
Lo que nos interesa saber es qué vamos a hacer, por quién
vamos a votar los bolivianos en general y los cruceños en particular. Y hablo
de los cruceños en particular porque esta nota se escribe en Santa Cruz y
porque nos interesa muchísimo lo que vaya a suceder con nuestra tierra.
Sinceramente, veo que se está tendiendo a regionalizar la política. Me parece
vislumbrar una visible posición colla y otra camba de cara a las elecciones, lo
que no es lo más conveniente, porque sabemos que nos fue muy bien cuando en
octubre y noviembre del año pasado, nos unimos oriente y occidente y sin un
tiro, solo con la Biblia y un par de huevos, hicimos que Morales huyera como
cuando a Drácula le mostraban un crucifijo, según las fantasías del cine.
Entonces, es cosa de pensar rápido. Es hora de ver números,
mejor dicho. Digamos que el MAS llegará a un 30%, lo que es demasiado si ya no
se puede saquear el Banco Central, ni usar aviones, ni comprarse periodistas ni
canales de televisión. Y si ya no está el innombrable como candidato, además.
Si van, por su lado, Camacho, Mesa, Tuto, Chi y alguno más, está clavado que
habrá una segunda vuelta contra los monolitos del MAS. Con cuatro o más
candidatos de lo que fue la oposición hasta hace poco, ninguno se asomará al
50%. Ni al 40% siquiera. Y eso es un fastidio y una preocupación. Por lo tanto,
algo hay que hacer. No soy yo, obviamente, quien diga qué se puede estructurar,
porque sé poco de lo que pasa, y solo me atrevo a advertir de los peligros a
quienes están armando el complejo rompecabezas político.
Mas no cabe duda de que solo quedan horas para que las
fuerzas democráticas adopten una decisión y estén listos para salir a las
calles a pedir el voto. No hay que perder mucho tiempo en elaborar programas
que el pueblo no escucha ni le interesa. Hay que imponer la imagen de un
candidato convincente y ganador. El pueblo no vota por proyectos sino por
sentimiento. Los programas quedan para que los candidatos vayan a los
anunciados debates, donde, además, la gente se inclina por la simpatía del
postulante antes de por lo que prometa realizar.
Ojo que ya se está mencionando la candidatura de la
presidente Jeanine Áñez. Ella es una mujer inteligente, decidida, valiente, y
que irradia simpatía. Justo lo que a la población le gusta. No debiera ir a las
elecciones del 3 de mayo, porque ha asumido el mando precisamente para dejar
una democracia sana, sin la menor sombra de duda. Candidatear se vería como
aprovecharse del mando, tal como hizo su antecesor, pero en política esas cosas
se olvidan y el poder borra todo pecado.



