Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 24 de abril de 2018
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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La escaramuza
La mala izquierda y la buena derecha
Hubo un tiempo en que la izquierda era buena, encarnaba todos los anhelos que las sociedades cobijaban en aquellos tiempos. En el imaginario colectivo los izquierdistas se representaban con figuras heroícas que habían puesto sus vidas al servicio de la sociedad en aras de la justicia social, la igualdad, la inclusión, la libertad y la democracia. Enormes íconos como el Che Guevara, los guerrilleros de Teoponte, intelectuales de la talla de Regis Debray el Filósofo de la revolución o poderosos luchadores, como Juan Lechín Oquendo y los imbatibles mineros; o aquellos valientes jóvenes surgidos de una clase media, hastiada de tanto déspota, constituían los elementos de lo que se conocía como la izquierda nacional.
Independientemente de qué fracción de la izquierda, la percepción
generalizada sostenía que se trataba de una pléyade de ciudadanos en pos
de restituir la política, que para entonces había sido secuestrada por
los militares. Para el común de los ciudadanos, identificarse con la
izquierda era un claro síntoma de inteligencia y honestidad, de manera
que en ella militaba lo mejor de una época.
Mirando hacia atrás y en comparación al presente, era, sin duda, la “buena izquierda”.
Cuando esa izquierda se derrumbó y en su lugar emergió victorioso el
neoliberalismo, junto a su bullanguero triunfo, tomaron cuerpo algunas
preguntas cruciales: ¿qué hubiera pasado si en vez de ser derrotados
triunfábamos? (Claudia Hilb. Usos del Pasado). Lo que pasaba en la
desdichada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) o lo que
sucedía en la Cuba de los Castro, ¿se ajustaba de alguna manera a los
ideales de libertad, igualdad paz y progreso que habían sido los
fundamentos de nuestra posición de izquierda, y nuestra acción
política?
La historia “real” condenaba de forma irreversible nuestros sueños. En
los hechos la Revolución Cubana que fue, sin lugar a dudas, el arquetipo
más próximo a nuestros ideales, resultó la negación fáctica de nuestros
ensueños revolucionarios. Nada de lo anhelado, ninguna de las ideas
fuerza que impulsaban la acción política de esas generaciones logró
plasmarse en Cuba; ex post no sería una exageración decir que la
Izquierda Latinoamérica fracasó con Cuba y los Castro.
Frente a la contundencia del fracaso de los proyectos revolucionarios
de la izquierda latinoamericana (e internacional), sólo quepan algunas
hipótesis plausibles: la primera diría que la revolución ensoñada
colapsó dado que sólo era posible bajo la forma del terror. La segunda
sostendría que la igualdad (fundamento ontológico del socialismo) sólo
es posible bajo la dictadura en oposición directa a la democracia. La
última diría que ante la imposibilidad de construir sociedades libres de
terror y ajustadas a la ley, y la norma (principio elemental de la
igualdad de derechos), la salida honrosa de la izquierda latinoamericana
fue el populismo.
El populismo deviene, en consecuencia, como la “mala izquierda”. Una
izquierda que empezó bien y terminó errada. Una izquierda que no se ha
derechizado porque simplemente la derecha resultó mucho más confiable,
honesta y equilibrada (sin que esto la exima de sus terribles
sombras).
Por lo demás, la derecha para el populismo nunca fue estructuralmente
antagónica, su aversión es más bien producto de su inferioridad moral,
que es algo que nunca nos habíamos siquiera imaginado, porque siempre
nos dijeron que la burguesía era algo parecido al engendro del demonio
y, además, porque en las sociedades de un capitalismo altamente
desarrollado, las derechas se han transformado en “la buena izquierda”,
capaz de construir sociedades de consumo con altos estándares de
bienestar para cada vez más gente. Esto tampoco lo habíamos imaginado.
La aversión populista es altamente comprensible.
Si las cosas pasaron como pasaron, es posible que la interrogante de mi
caro amigo Julio Aliaga, que entre cafés se animó a preguntarnos cómo
fue que Lula está donde está; que la Kirchner corre el mismo destino y
que el populismo latinoamericano se aproxima a su propio despeñadero, la
respuesta probable podría pasar por comprender que la buena izquierda
se ha vuelto mala, y la mala derecha funge de buena izquierda.
Renzo Abruzzese es sociólogo.




