Medio: El País
Fecha de la publicación: lunes 03 de febrero de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Cada cierto tiempo, las sociedades organizadas acuden a las ánforas para elegir a aquellos que van a dirigir las riendas del poder en los siguientes años. Aunque su poder resida en que ese cargo les da el control sobre las fuerzas de represión del Estado, Policía y Militares, son los ciudadanos comunes los que dirimen la idoneidad de la persona que tomará esas riendas mediante un sistema que se llama “voto universal” y que en Bolivia está vigente solo desde 1952 y en la práctica, desde hace menos.
El sábado en Santa Cruz se reunieron cinco candidatos diferentes en una convocatoria que les instaba a unirse por encima de todas las cosas, sin que importara demasiado entrar ya no al detalle del programa y la propuesta, sino por lo menos a unas líneas generales mínimas de consenso.
Resulta cómico volver a reflexionar sobre este tipo de cosas en pleno siglo XXI y luego de haber avanzado – se supone – hacia formas participativas más inclusivas, intermediadas con la tecnología y donde se supone que los ciudadanos, aunque sea a través de las redes sociales, tienen más voz, y donde ya hay mecanismos que permiten validar decisiones con respaldo popular más allá de ir a votar cada cinco años.
El pensamiento único es una tentación que sobre todo se imponen desde las cúpulas hacia abajo, es decir, hacia los cuadros medios del partido primero y hacia los militantes después. Normalmente empieza como una estrategia defensiva contra una amenaza externa; o como el único camino válido hacia la toma del poder. Eliminar la divergencia programática y los matices ideológicos pasa a ser una obsesión para aquellos que tratan de conservar el poder a toda costa dentro de la estructura.
El Movimiento Al Socialismo, sin ir más lejos, ha sido un ejemplo en lo que a purgas ideológicas se refiere casi desde antes de asumir el poder, y con mucha fuerza en sus primeros años. Una vez que los que ganaron la pulseta impusieron sus principios, fueron cayendo los que plantearon alguna divergencia – librepensantes les decían – aun sin cuestionar a fondo los pilares y orientaciones del partido. La deriva posterior del Instrumento Político es de sobra conocida.
El sábado en Santa Cruz se reunieron cinco candidatos diferentes en una convocatoria que les instaba a unirse por encima de todas las cosas, sin que importara demasiado entrar ya no al detalle del programa y la propuesta, sino por lo menos a unas líneas generales mínimas de consenso.
El resultado fue el previsto: no hubo acuerdo, pero no deja de ser preocupante que un ente que representa a grandes sectores empresariales, corporativos e institucionales; o las ONG que se han apropiado de “las pititas” y cuyo financiamiento es opaco, tengan el poder para convocar y exigir un frente único porque sí.
Es verdad que el MAS ha castrado el desarrollo de una izquierda nacional o progresista en Bolivia; pero también es verdad que dentro del centro derecha hay demasiados matices entre lo económico y lo moral como para creer que todo se puede meter en un mismo saco y pedirle a los ciudadanos que voten como borregos.
Lo mejor que le puede pasar al país hoy es que los partidos y sus líderes se esfuercen en explicar sus programas, en decir qué pretenden hacer con cada cosa y dejarse de generalidades del tipo “lo analizaremos entonces”, “hay que ver la situación real”, “consultaremos”, etc.
El 3 de mayo Bolivia debe salir reforzada democráticamente, más madura y más consciente, y para eso es preciso acabar con las consignas y con los frentes épicos y entrar a detallar las cosas importantes. No queda mucho tiempo que perder, y los ciudadanos merecen ese respeto.



