Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 28 de enero de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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En este escenario, las organizaciones políticas y sus representantes entraron en la dinámica propia de una elección, con la seguridad de que la ciudadanía tomará decisiones basadas en la percepción de que los riesgos y los peligros que acechan la democracia están aún presentes, encarnados en la figura de Evo Morales y, al menos, en la fracción radical del MAS con dominio en el Congreso.
Hasta aquí todo parece transcurrir en los términos de cualquier proceso electoral en el que se espera que unos logren conquistar más sectores sociales, otros perderlos y, finalmente, todos aceptar el resultado con la certeza de que la ausencia del caudillo masista es garantía del respeto a la voluntad popular.
En la retórica electoral, líderes y partidos se disputan el capital político que Evo Morales no logró neutralizar y que, de principio a fin, residía en las profundidades de una nueva sociedad civil compuesta por todos, pero liderada por jóvenes y mujeres, cuyo principio activo se concentró en el concepto de democracia: la lucha fue por recuperar la democracia que el régimen masista había secuestrado a lo largo de 14 años.
La vorágine con la que se precipitaron los acontecimientos dejó la sensación de que alcanzado el objetivo, tras la renuncia del dictador, los objetivos históricos que la sociedad se había planteado estaban consumados, el paso siguiente tendría que poner en funcionamiento dispositivos y procedimientos normales de una elección libre, democrática y transparente. Todo indica que esto es innegablemente así, lo hemos logrado. Lo que no está debidamente aclarado es que no se trata de una elección más; se trata, en realidad, de un punto de inflexión en el que se juega más que un gobierno de cinco años, sino la urgencia de construir un Estado después del Estado del 52.
El régimen del MAS-IPSP fue el momento de cierre del proceso iniciado en abril de 1952 y que conocemos bajo el denominativa de Estado del 52. Argumentos para esto nos sobran, pero no podríamos exponerlos en un artículo de prensa por limitaciones de espacio; lo que sí podemos fundamentar es que quien llegue al poder después de estas elecciones tendrá que elaborar un proyecto de Estado capaz de recuperar los aciertos de toda la larga historia del nacionalismo revolucionario, la democracia y la dictadura.
No sólo se trata de reconstruir la institucionalidad democrática, sino de construir una democracia que logre expresar las pulsiones de una sociedad, cuya acumulación histórica tuvo de todo, desde dictadores de sable y espada hasta monarcas indigenistas, y como la historia es caprichosa, su síntesis será el desafío mayor para quien asuma el poder. Esto sugiere que la historia de Bolivia pende de quien se haga del poder. La pregunta es quién puede ser.
Quien se haga cargo tendrá que comprender que la Bolivia post-Evo es, en realidad, la Bolivia que acaba de cerrar un ciclo de 68 años, en los que transitó casi todas las formas del poder propias de la modernidad. Que la Bolivia post-Evo es una nación donde se racializó la política y, en consecuencia, habrá que reconstituir el sentido de inclusión más allá de la raza. Construir una Bolivia de todos y para todos será el desafío mayor.
Tendrá que asumir que la historia es irreversible y que en medio de este lapidario principio debe repensarse el estatus de la república, porque ninguna institución se consolida en los difusos marcos del Estado, que es, a todo fin, la entelequia de nuestro sentido de pertenencia solamente. Las instituciones democráticas son propias del Estado republicano.
Tendrá que asumir que más allá de los cinco años que dure su mandato no sólo tendrá que administrar un poder delegado por la sociedad civil, sino que todo lo que haga tendrá que expresar las pulsiones de una sociedad inédita, en la que la inclusión étnico-racial y el poder generacional (bajo la batuta de las mujeres) no esperan más de lo mismo, sino una democracia en clave ciudadana más que política, y más de sentido común que de precepto ideológico. Una democracia de los hombres de a pie capaz de dar certidumbre y seguridad.
Se colige de esta lectura que si en octubre primó el voto útil, hoy primará el voto racional, más allá de cualquier espejismo coyuntural. No se trata de ver quién llegó, sino de quién realmente puede hacerlo.
Renzo Abruzzese es sociólogo.



