Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 17 de enero de 2020
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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La crisis que vivimos en octubre y noviembre ha sido suficiente para mostrar que en este país nuestro, donde las voluntades se encienden rápido y la serenidad dura muy poco, resulta doblemente importante que hagamos repetidos pactos de paz social, de resolver los desacuerdos por medio del diálogo o el debate, y que aprendamos a asumir que —dependiendo del momento histórico y del tema en cuestión— podemos quedar en minoría.
Es comprobable a través de la historia, tanto de la nacional como de la universal, que un supuesto triunfo en confrontaciones violentas no garantiza que el supuesto ganador tenga razón (por eso resulta incomprensible el principio del Estado chileno que dice “Por la razón o la fuerza”).
Por supuesto, podemos y debemos en todo caso expresar nuestros eventuales desacuerdos y de proponer cambios, pero siempre por la vía del debate y, si es necesario, por la vía del voto. Y no por la vía de la confrontación física, que inevitablemente puede producir heridas irreparables e incluso muertes (más la acumulación de resentimientos, o de odios, que no ayudan a nada).
Afortunadamente, en esa línea se encuentran en estos momentos nuestros parlamentarios, la mayoría de ellos del MAS que podrían estar tomando venganza de esa movilización que hizo renunciar a Evo. Pero han sido conscientes de que por la vía de la confrontación y de las venganzas no se llega a resultados positivos, y han optado por la vía del diálogo y de lo que podríamos llamar paciencia histórica.
Así es como han hecho posible la conformación de un Tribunal Supremo Electoral serio y confiable, y gracias a eso tenemos ya fecha de elecciones, y parece que de elecciones realmente democráticas. (Y esa actitud demuestra también que dichos parlamentarios tienen confianza en la capacidad de su partido para ganar las próximas elecciones, sin necesidad de trampa ninguna).
En la línea contraria van las opiniones de quienes querían que las actuales autoridades de gobierno cesen en sus funciones el 22 de enero (lo que podría generar nuevas situaciones de violencia, tomando en cuenta el vacío constitucional respecto de una situación tan poco previsible como la que estamos viviendo). Por suerte, parece que esa situación inédita se resolverá también de manera pacífica, y que será el actual gobierno transitorio (entendiendo por “gobierno” los cuatro poderes del Estado) el que responderá de esas elecciones y de su acatamiento.
En cambio, resulta insoportablemente negativa y peligrosa la consigna que ha lanzado el expresidente Evo Morales —para colmo desde su “exilio” en Argentina— en el sentido de construir “milicias”, es decir, de preparar una guerra civil, sin pensar en ningún momento (un hombre que en años anteriores había demostrado ser tan inteligente) que en una guerra todos pierden, incluidos, desde luego, los supuestos ganadores.
Afortunadamente la opinión pública internacional se ha apresurado a rechazar esa visión de Evo, que ha quedado aislado y sólo en su actitud (esperamos que en el trópico de Cochabamba no haya grupos ilusos y provocativos que sí estén dispuestos a ensangretar nuevamente a nuestra sociedad).
El valor número uno es la paz social, por supuesto acompañada de diálogo democrático, de todo el debate que se quiera, pero sin acudir a la violencia, y cuyo último instrumento es el voto universal. Resolvamos nuestros desacuerdos por la vía serena del voto democrático y ahí, por supuesto, el MAS tendrá todas las opciones para seguir participando, e incluso para ganar nuevas elecciones, pero nunca a costa de sustituir el debate y el voto por la volencia física. ¡Ajina kachun!



