Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 09 de enero de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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El momento del derrocamiento, o la culminación, mejor dicho, del largo proceso que llevó a la caída del Evo, fue, como todo momento humano, de una complejidad infinita, con miles de actores jugando papeles sin guion y donde los instantes se sucedieron sin lógica al ritmo del momento.
Si tuviese acceso a toda la información, el cerebro humano sería incapaz de procesarla y producir una secuencia coherente que pudiese después llamar historia. Cada uno retiene sólo una parte de la parte que le ha tocado vivir, pero ninguna sociedad puede darse el lujo de escribir su historia como una suma de versiones proustianas. La historia funciona por descarte del detalle individual, por renuncia a esa riqueza inmanejable.
Lo que va a quedar para la posteridad como la o las verdades históricas está siendo construido en estos momentos exaltados. Por eso son peligrosos los excesos y los análisis prejuiciosos. Pero también por eso son imprescindibles las simplificaciones, aunque sean peligrosas porque terminan por apoderarse del relato.
En su incapacidad de asimilar el todo, las sociedades se aferran a símbolos, metáforas y alegorías que resuman la verdad que aceptará el presente y conocerá el futuro. En nuestro caso, esas simplificaciones están produciendo dos versiones del derrocamiento, las de los vencedores y de los vencidos, de las pititas y del golpe.
La del golpe es la versión que se ha tragado la prensa extranjera en cuanto vio que había participación militar, versión que quedó para ellos confirmada cuando vieron en el balcón del Palacio la Biblia de Áñez y el libraco de Camacho. Es muy probable que esta versión sobreviva en las enciclopedias de izquierda a pesar de los esfuerzos del Tuto y de posteriores revelaciones.
Si la versión de los vencidos peca de falsedades, la de los vencedores no está exenta de ellas, pero estos están igualmente empecinados en ignorarlas, como si en ello se jugase la legitimidad de la victoria.
La primera falsa simplificación en la que caen estos vencedores es la que dice que fue una victoria de los jóvenes que, bajo el mando del valeroso mariscal Camacho, forzaron la rendición del corrupto tirano. Esta es la versión que va fraguando bajo el imaginario de “La victoria de las pititas”.
Esta versión resta el debido reconocimiento a todos los que trabajaron paciente y anónimamente desde el 21F para que no se olvidara el abuso anticonstitucional y que esa ignominia pesase sobre el Evo hasta el día de las elecciones. Sin este esfuerzo, no habría habido necesidad de fraude y no habría habido pititas.
El otro aspecto falaz de la versión victoriosa es que el MAS entero era una cáfila de narcotraficantes que habían usurpado el poder; ratas que sólo merecen jaula y veneno.
No he visto pruebas, pero no dudo de que miembros del MAS y funcionarios de ese Gobierno hayan estado involucrados o se hayan beneficiado personalmente del narcotráfico. Pero tengo igual convicción de que hay muchos masistas que condenan el narcotráfico y sus influencias como cualquiera. La generalización de que todos eran narcotraficantes es absurda.
El narcotráfico es una plaga nacional. No sé si hay un Gobierno que se haya librado de ella. Cualquiera que lo intente recordará los muchos casos involucrando a funcionarios y allegados en anteriores gobiernos. Pero el discurso pititas está manchando sólo al MAS.
Ha dejado una marca indeleble en el anterior Gobierno el hecho de que el Evo sea cocalero y las asociaciones y beneficios que eso conlleva, pero no podemos dejar que esto manche a todos los que han creído que el MAS traía un cambio que beneficiaría a una parte antes relegada de la población. Esto sería pervertir la historia.



