Medio: La Razón
Fecha de la publicación: lunes 06 de enero de 2020
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
Cuando se esperaba que la senadora Adriana Salvatierra tome la posta tras las renuncias de Evo Morales y Álvaro García, dejó inexplicablemente la sucesión en manos de una minoría política (con 4% de votos en las cuestionadas y anuladas elecciones del 20 de octubre) el destino de la fuerza política más importante del país de los últimos tiempos.
A dos meses de aquellos episodios, el MAS está reducido a una “oposición” mayoritaria en la Asamblea Legislativa, sin posibilidad de imponer criterios propios respecto de la marcha del país y la reorganización del Estado, sin iniciativa para la fiscalización del poder y supeditado al discurso y las acciones de “pacificación” impuesto por el nuevo “oficialismo”.
Con la renuncia a la sucesión de Salvatierra (y las de Víctor Borda y de Rubén Medinacelli), el MAS perdió la oportunidad de terminar su periodo de mandato de cinco años de forma menos traumática, más allá del desgaste que lo develaba, y con una transición ordenada. Al contrario, se ha expuesto al menosprecio de su gestión, a la multiplicación de las denuncias, a la persecución política… y a la revancha.
Si bien el MAS casi nunca fue conciliador, ahora del lado de los débiles hace el ejercicio. Su fuerte respaldo a la elección del nuevo Tribunal Supremo Electoral (TSE) o a la posterior convocatoria a elecciones lo evidencian. La soberbia que lo caracterizaba ahora no calza en su discurso ni en sus acciones. Proclamada “ipso facto”, la presidenta Jeanine Áñez no se cansa de subestimarlo, al punto de llamar a Morales “dictador” y “terrorista”; y a su gestión, “dictadura de 14 años”, sin reacción ni réplica posibles.
El MAS se mantiene en pie, pero debilitado. Ahora sufre por partida doble lo que a sus detractores solían hacer: la persecución judicial en su contra se ha multiplicado y la amenaza también. Apenas Andrónico Rodríguez anunció protestas, el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, le advirtió “cuidado”. Teniendo aún dos tercios en la Asamblea Legislativa, el MAS parece lo que fue su oposición hace poco: avasallado políticamente.
Pero quizás tenga capacidad para recuperarse. A juzgar por las encuestas, siempre sujetas a reparos, todavía goza de buen caudal electoral. Su mérito no solo es tener apoyo con un rostro anónimo en los gráficos de las muestras, por encima de Carlos Mesa y lejos de Luis Fernando Camacho, sino también su arraigo en los movimientos sociales.
A pesar de su derrota el 10 de noviembre, las acciones del nuevo gobierno le están ayudando. La administración de Áñez no está siendo diferente al MAS en las acciones negativas; y Mesa, apuntado en el derrocamiento de Morales, ya no tiene el mismo peso de octubre, a pesar de la irrupción desubicada de Camacho.
Con Morales refugiado en Argentina, su situación no es normal; tiene que sopesar esa condición para subsistir. Mucho más por su viejo error de no haber formado un cuadro directo para la sucesión electoral. Tiene nombres con arrastre, por lo menos en el imaginario público, pero tendrá que elegirlos con tacto para las elecciones del 3 de mayo.
El Movimiento Al Socialismo sigue en pie, es una fuerza temible, por eso da mucho que hablar a sus detractores. Pero tendrá que ponerlos sobre la tierra.



