Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 05 de enero de 2020
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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El más elemental de los significados, el etario, ha llevado a la adopción de simbolismos de rostro joven ubicados en crecientes espacios de decisión política, como las listas de candidatas/os a asambleístas, congresistas o concejales; roles de vocería pública; liderazgos locales; cargos públicos u otros antes reservados exclusivamente al estamento generacional de la experiencia.
Otro criterio de renovación, que raya en los límites de la asepcia partidista, es la que hace referencia a la renovación de liderazgos con figuras no contaminadas por la vieja política y que, además de renovación, pueden añadir experiencia y formación para generar innovaciones, fórmulas que se asumen como la varita mágica de los logros políticos.
Esta suma de criterios otorga licencias para extender la definición etaria del joven un par de décadas más allá de los 20 años y justificar el dicho aquel que ser joven no es cuestión de edad, sino de actitud.
Más allá de estas dos significaciones, cuando nos referimos a la participación política de las juventudes, debemos plantear nuevas categorías de análisis, basadas en el reconocimiento que lo generacional obedece a una particular representación sociohistórica del mundo, constituyéndose los jóvenes en un símbolo articulador entre una generación que transcurre y otra que viene, así como entre un proceso que se acaba y otro que nace en su seno.
Desde esta situación de articulación y de transición disruptivo-renovadora, transversalizando las distintas clases sociales, las juventudes en la política contribuyen a la construcción de imaginarios de futuro a partir de sus acciones, propuestas, temores y esperanzas, combinando elementos de memoria, olvido y renovación, en cuanto sujetos de discurso con capacidad para apropiarse y significar hechos y procesos con una identidad de emancipación y no de acomodación al sistema.
Una de las marcas características de los movimientos de las y los jóvenes en la política está dada porque reivindican causas concretas, forjándose como activistas de derechos en campos tan diversos como la economía solidaria, la participación social, la despatriarcalización, la interculturalidad, o el derecho a decidir. Particular énfasis merece la defensa de los derechos de la naturaleza, expresada en prácticas solidarias de protección de los animales, el cuidado de las plantas, el reciclaje de productos y otras múltiples expresiones gestoras de una nueva civilización.
Otra marca característica consiste en que conjugan intervenciones individuales con apropiaciones colectivas alimentadas en la dinámica envolvente de un mundo conectado en redes, en una lógica de “glocalización” que enlaza el mundo local con el global. En estos procesos, la participación política de las juventudes muestra que el estallido de representaciones individuales se autoconvoca para materializarse en movimientos sociales, en los que las individualidades se hacen parte de colectivos sociocráticos, que superando los rasgos organizativos tradicionales, se dinamizan en función de causas específicas, inmediatas y estructurales,
También es una característica de las juventudes en la política la tenaz lucha por la exigibilidad de sus derechos, con una radicalidad democrática de inclaudicable movimiento pacifista por conquistas sociales, en las que sus causas se enlazan con causas nacionales e incluso planetarias, como por ejemplo la defensa de los árboles, que se explica en acciones de lucha contra el cambio climático.
Por lo dicho, no tienen sentido las miradas estereotipadas de las juventudes como un estamento despreocupado por la política, puesto que sus acciones subvertoras de los desórdenes sociales nos muestran que están escribiendo otra historia de democracias plenas.



