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Medio: La Razón
Fecha de la publicación: martes 31 de diciembre de 2019
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Debo agradecer mucho el aporte de tres análisis (Las claves de la transición democrática. Y la política como arte de negociación, de Henry Oporto; Sociedad civil antidictatorial, de Carlos Toranzo; y Un 2020 de reconstrucción democrática, de Juan Cristóbal Soruco), para la elaboración de este mi modesto aporte sobre tres transiciones: la española de 1975 y las bolivianas de 1981-1982 y la actual.
La transición española se inicia con la implosión del régimen totalitario, tras la muerte del dictador Francisco Franco, manejada “desde dentro” sin abrupciones por Adolfo Suárez hasta 2018. Durante más de 40 años dio estabilidad política al país (a veces a trancos, pero sobreviviendo) y con bipartidismo desde 1982. La transición boliviana se inició en 1981 tras el golpe militar contra Luis García Meza, y se afianzó con la asunción democrática de Hernán Siles Zuazo en 1982. Aunque su débil gobierno fracasó, también, como Suárez en España, Siles Zuazo afianzó el Estado de derecho y nos dejó el bipartidismo MNR-ADN (con el MIR de comodín) hasta 2000, prolongándose hasta 2005 con tumbos y hasta 2013 con la democracia cada vez más desdibujada.
La actual transición boliviana es sui géneris. Eclosionó desde los movimientos cívicos y sociales que aglutinaron la bronca ciudadana (“el abuso, convertido esta vez en fraude, terminó movilizando a la sociedad, que sacó el coraje guardado”, lo llamó Carlos Valverde en Eppur si muove (o E pur si muove). Y por qué no, de la oposición (desunida, en celo mutuo), pero que participó “pese a todas las desventajas, en una desigual campaña electoral (fraude manifiesto ex post) que fue la que finalmente permitió la subsiguiente movilización ciudadana para terminar de expulsar a los autoritarios del poder” (Soruco: Un 2020 de reconstrucción democrática). Todos contra la angurria perversa del prorroguismo de poder que llevó al MAS a implementar el más burdo robo de elecciones.
Las tareas de esta transición se fijan en los límites del “quiebre del modelo económico y la reconfiguración del escenario político” como menciona Oporto. La administración de Jeanine Áñez tiene tareas urgentes, pero los ejes fundamentales para su legado son la pacificación del país y su mantención en el futuro (ejecución principal del ministro Arturo Murillo); la sobrevivencia y proyección de nuestra vapuleada economía en consenso de actores internos y externos, en manos de José Luis Parada, sin olvidar el urgente pacto fiscal, tan temido por el centralismo; el reposicionamiento internacional de Bolivia, vadeando tormentas de intereses ajenos, incluido el Silala en la CIJ (misión de Karen Longaric); develar la corrupción heredada (Iván Arias y Rafael Quispe); cohesionar sin aspavientos (Yerko Núñez); y realizar elecciones libres, transparentes y, sobre todo, creíbles, sobre las que la sociedad (gran actor del periodo, “redes complejas de vasos comunicantes” la llamó Boaventura de Sousa Santos) ha depositado su mandato en la Presidenta y en Salvador Romero.
También han sido fundamentales Óscar Ortiz (articulador de los consensos), Eva Copa y Sergio Choque (decisivos para lograrlos) y los facilitadores (la Iglesia Católica, Naciones Unidas y la Unión Europea). El éxito de todos estos retos podría resumirse en la frase que Adolfo Suárez usó como epitafio: “La concordia fue posible.” Venturoso y bendecido nos sea el 2020.



