Medio: El Día
Fecha de la publicación: lunes 23 de diciembre de 2019
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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¿Cómo fue?
Hay muchos cuentos entre medio, algunos dicen, por ejemplo, que Evo no es una casualidad; que fue construido para equilibrar la política de contrapesos en un mundo cruel y mentiroso; que, para que exista el “bien” tiene que existir el “mal” y que como Fidel iba de retirada, había que imaginar otro adalid de la revolución izquierdista en América Latina.
Lo real es que apareció. Llegó impetuoso y en abarcas y se convirtió en el líder carismático de los cocaleros. En la década de los ochenta sonreía, era amigo de los periodistas y tenía buen sentido del humor. Los que lo conocieron en su ruta sindical, dicen que era “terco”, acaso por eso consiguió llegar a la presidencia y no sólo por armaduras del poder o por ser un habitual madrugador.
Hizo temblar al país con bloqueos de varios días y puso en entredicho a la clase política tradicional; perdida en sus laberintos de corrupción, desidia e ineficacia. Andaba liviano, apenas un bulto de aguayo en la espalda y, a veces, iba con los pies descalzos, pero, sin perder la compostura. Cuando finalmente le colocaron la banda presidencial el 2006, no pudo ocultar su emoción; probablemente al igual que mucha de la gente que lo miraba desde las pantallas del televisor, y lo admiraba a la distancia. Estaba casi solo en su altura, sus padres habían muerto, era soltero y tenía dos hijos en dos mujeres distintas que no lo acompañaban.
Cuando en la década de los ochenta lo invite para entrevistarlo en el programa TEMAS de Canal 13 en Cochabamba, llegó contento: ”No lo puedo creer que me inviten a un set de televisión”- me dijo, yo no sabía que era su primera vez y tampoco que yo iría a recibir amenazas de despido por haberlo entrevistado.
“Compañera y, ahora, ¿dónde vamos a cenar?”- dijo en son de broma al final de la entrevista, él llamaba a todos compañero o compañera. Evo podía comerse el mundo; probablemente lo supo desde cuando pastaba llamas en el silencio del altiplano y lo comprobó cuando se hizo jugador de futbol y más tarde líder de los productores de coca gritando:” ´¡Kawsachun coca, huañuchun yanquis!" ("viva la coca, mueran los yanquis"). No fuimos a cenar a ninguna parte pues ya era casi media noche pero no dejó de ser una gentileza.
-¡Cómo vas a traer a un indio al canal!- me dijeron esa misma noche, sin embargo, no pudieron evitar que se difunda la entrevista de 40 minutos con el incipiente líder cocalero del Chapare: un campesino que de joven fue llamero, ladrillero, trompetista en el Ejercito, y luego sería diputado y más tarde presidente de la República, con la mayor votación de la historia republicana. ¡Qué privilegio!
Su primera lucha electoral fue contra
Gonzalo Sánchez de Lozada el 2002, cuando perdió con un 20,9% de los
votos frente a los 22,5% de Goni que llegó al poder mediante un acuerdo
postelectoral. Según Álvaro García Linera, en esa oportunidad Evo habría
ganado pero afirma que “debido a un “apagón” en el conteo de votos, las
cifras fueron cambiadas para dar la victoria al entonces candidato del
MNR.”
Inmediatamente pasadas esas elecciones le pedí conversar; había en el
país la sensación de que, efectivamente, le escabulleron los votos. Nos
encontramos en el aeropuerto de Santa Cruz a eso de las siete de la
noche; estaba solo, sentado en la cafetería del aeropuerto y tomaba un
jugo de naranja. Iba a La Paz, el centro del poder político del país.
Tenía el mismo pelo negro de siempre, casi azulado; vestía una chamara
de lona azul con blanco, jeans y unos tenis negros.
-Evo, ganaste o perdiste-le pregunté a quemarropa.
- Dicen que he ganado compañera-me contesta mientras se le acerca una
azafata para preguntarle si podía tomarse una foto con él, y luego dos
asistentes de vuelo varones hicieron lo mismo.
¿Pero, entonces, vas a perder la batalla de manera tan simple?-le dije, tratando de retomar la conversación, pese a que a cada rato alguien quería felicitarlo, darle la mano, mirarlo, tocarlo: había nacido una ilusión.
- Eso es lo que me duele-fue la frase de un Evo conflictuado frente a su primera derrota electoral.
Alguien avisó que su vuelo salía; sentí que ya era difícil seguir hablando con él pero que había que intentarlo. Yo había dejado de hacer periodismo, sólo daba clases y estudiaba derecho; tenía la idea de continuar fortaleciendo el Foro para la construcción ciudadana y participación democrática (FODECID), que habíamos fundado en Cochabamba el 2000, también con su presencia, de manera que le pasé los estatutos para que los tuviera a mano.
Fue la penúltima vez que pude hablar con él frente a frente y, digamos, de igual a igual. La última vez fue cuando ya de presidente, el 2006, llegó a Santa Cruz para una reunión en la Gobernación y lo encontré en la puerta y lo ayude a pasar. Eran sus primeros tiempos, el protocolo y sobre todo su seguridad era incipiente aunque él ya era un huracán.
¿Qué pasó después?
Aterrizó en su cuarto de hora y se fue poniendo déspota, arrogante, y adquirió ademanes rebuscados que hasta ahora se muestran poco naturales, y cambió su ropa pobre por ternos diseñados a medida; en tela de alpaca y con íconos del Incario y reminiscencias de la China de Mao Tse-Tung: casi un crucigrama de varios pesos, a la hora de consolidar sus gastos en vestuario.
¿El cambio de Evo fue una metamorfosis orquestada por sus consuetas a sueldo? ¿Inseguridades? ¿Culpa del poder a secas? Hay quienes dicen que manejar el poder no es cosa fácil pues generalmente es una droga que termina fagocitando a su dependiente.
De vez en cuando Evo retomaba su naturalidad y lanzaba frases épicas como aquella referida a Fidel Castro: “Fidel no se ha enfermado, solo está en reparación (…)", pero, frecuentemente se le dio por ser chabacano e insoportablemente machista: "Cuando voy a los pueblos, quedan todas las mujeres embarazadas y en sus barrigas dice EVO CUMPLE", dijo en alguna de sus apariciones públicas.
¿Las risas zalameras de sus acólitos le hacían sentir que no tenía límites?¿Alguien disfrutaba de estos disparates de la figura presidencial para ejercer el poder real entre las sombras?, muchos lo señalan a Álvaro García Linera-la leyenda de los varios libros leídos, él de los buenos discursos, y las tristes apariciones mediáticas-como el poder obsesivo detrás del trono. ¡Quién sabe!
Lo cierto es que rodeado por su séquito de poder, Evo se concentró en ser agresivo y de manera particular agresivo con los periodistas; nos llamó “paparazis” y también “pollos de granja”. Hacía referencia, no cabe duda, a la vigencia de un periodismo envilecido por responder a las determinaciones políticas de sus patrocinadores que no dejaba de afectarlo; en una Bolivia temerosa de la “izquierda”, educada por la “derecha” y displicente de lo indígena. Pero, más allá de sus razones y sus sinrazones, él tampoco dejaba de ultrajar y humillar periodistas en público.
Evo no dejó de reproducir, desde el Estado y desde el principio de su mandato, ese mismo y vilipendiado esquema informativo, con similares pretensiones hegemónicas. Es decir, no dejó de consolidar medios para que respondieran solamente a los intereses particulares de su Gobierno, a partir de un Estado subsidiarizado a los gobernantes de turno.
- ¡Pobre Evo!- dicen algunos ahora. Otros no dejan de llamarle “indio” en las redes sociales en un país donde “…nadie sabrá nunca donde empieza el color de su piel”, como decía René Zabaleta Mercado. Más allá de esto que leo en medio del silencio de la noche, petardos esporádicos avisan que el rechazo a Evo ha dejado de ser una mentira, después de casi 14 años de gobierno ininterrumpido: Bolivia está casi paralizada en su contra, luego de las elecciones fraudulentas del 20 de octubre de 2019.
El episodio
Pasada la jornada electoral y cuando a las 19:40 de ese día anunciaron que la tendencia iba por un balotaje, y los medios mostraron a Carlos Mesa de Comunidad Ciudadana (CC), diciendo eufórico: ”¡nos vamos a segunda vuelta!”, había llegado el momento estratégico para su Gobierno: el caudillo, alguien mandado por él, o alguien que se tomaba atribuciones presidenciales; debía disparar un gatillo a costa de morir en el intento.
En efecto, a los pocos minutos de ese anuncio, María Eugenia Choque, presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE), ordenó la interrupción de la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) o conteo rápido, arguyendo tres motivos: el uso de un servidor no monitoreado, el aumento inesperado del tráfico de actas desde el servidor, y el cambio repentino de la tendencia entre el MAS y CC, como revela el informe final de Neotec, la empresa a cargo de la transmisión rápida de datos para las elecciones generales, según El Deber.
Después de esa interrupción, recién apareció Evo en los medios destacando la victoria de su partido como la opción más votada con el 45,71% frente al 37,84% de Mesa, al 87% de mesas escrutadas, y dijo que esperaría el voto rural para revertir la tendencia de la segunda vuelta. El vicepresidente y sus ministros lucían inusualmente alegres, pero, había algo que ensombrecía el semblante de Evo más allá de que esta había sido su peor votación en años.
A las 24 horas de suspensión del TREP se modificó la tendencia de la votación: Evo aparecía en primer lugar. Un instructivo, una pausa, y un argumento utilizado de manera poco fiable ya en elecciones sub nacionales previas, como era el voto del área rural; fue el episodio que cambió de un plumazo el primer escenario de las elecciones del 20 de octubre de 2019.
-Ha sido un fraude burdo, grosero-grita la gente, pero, Evo ya no quiso parar; él o alguien en nombre del líder, había disparado el gatillo.
En medio de este caos naciente se encontró material electoral oculto en recintos no electorales en Potosí y La Paz; agudizando la desconfianza. Mesa convocó a realizar una resistencia “de carácter democrático” mientras que el Gobierno comenzaba a responsabilizarlo por los incipientes brotes de descontrol ciudadano.
Evo estaba tan seguro de su poder que seguía entregando obras en distintos lugares mientras el país comenzaba a sublevarse en su contra. El 22 de octubre Santa Cruz, la ciudad con mayor crecimiento de Bolivia, decretó paro cívico indefinido, pidiendo la segunda vuelta. Evo y el vice menospreciaron la medida; dijeron que estaban bloqueando con “pititas”.
A los cuatro días de las elecciones un Evo ensoberbecido dijo: “Les traigo una buena noticia…falta 1,5%, puede variar y no es oficial todavía pero ya ganamos…al concluir el conteo del 98% de los votos, hemos ganado en la primera vuelta electoral”, oficializando su victoria y echando por tierra la posibilidad de un balotaje.
El presidente sonreía. Nueve departamentos estaban casi totalmente paralizados pero él apostaba al desgaste. La gente se aglutinó militantemente alrededor de la consigna: “¿Evo de nuevo? ¡Huevo carajo!” “¿Quién se rinde? ¡Nadie se rinde!” y empezaron como hormigas a socavar los cimientos de sus casi catorce años de gobierno.
Aumentó el descontento y se disolvió la exigencia de la segunda vuelta; la gente comenzó a demandar nuevas elecciones. La salida institucional había sido minada por el propio gobierno al declararse ganador, sin previa auditoría de la OEA: el gatillo había logrado herir al gatillador.
Entonces reapareció la OEA y propuso una auditoría general del proceso electoral que tuvo que ser aceptaba a regañadientes por Morales. Dijo que podía aceptar una segunda vuelta después de conocer los resultados de la misma; Evo pretendía manejar el país de acuerdo a propuestas astutas y a destiempo.
“¡Esto no va a terminar de ninguna manera como el 2003!”, dijo el ministro de Gobierno, Carlos Romero, en tono rabioso y en alusión a la sublevación en contra de Gonzalo Sánchez de Lozada. Sin embargo, 15 años después, la población recaló vertiginosamente en lo mismo: exigía a gritos la renuncia del presidente y de su vicepresidente. Un Evo más condescendiente pidió diálogo nacional pero le dijeron que ya era tarde, querían que se vaya; la sensación de fraude llegaba a doler.
En todo ese tiempo Evo no soltó policías ni militares para disolver a casi todo un pueblo que, “a capela”, estaba movilizado en su contra. Sin embargo, ordenó que hordas de mineros y de gente humilde que lo apoya, también salga a las calles, incluso con dinamita entre las manos, para confrontar a los que habían decidido contrariarlo. El conflicto hasta ese momento había cobrado tres muertos y varios heridos y él se negaba a revisar sus errores o lo que la gente considera que son delitos.
- Evo ha logrado convertir a parte de los campesinos y mineros en mercenarios, al pagarles para que salgan a pelear por él, creando un esquema perverso- dijo la periodista Zulema Alanes, en radio Cabildeo.
Las calles estaban bloqueadas pero también llenas de la confusión de los que siguen viéndose en Evo, lo defienden, lo celebran, y lo persiguen como si se tratara de la última ilusión en un país donde las abarcas (zapatos hechos de goma) siempre fueron desdeñadas; por feas y por hediondas, sin saber su drama.
A los doce días de conflicto, el presidente ya lucía desencajado pero continuaba aferrado al poder; se resistía a ver que estaba en una depreciación galopante de su imagen, de su gobierno, incluso de sus anécdotas que aluden a su origen de hombre humilde; algo que le granjeó tantas simpatías, sobre todo entre la prensa internacional y las clases medias.
-No ha perdido apoyo aun, pero ya no es más el Evo- digo yo a millas de donde él andaba luchando con sus fantasmas. Estaba empeñado en verse glorioso siempre: mentía y se mentía a sí mismo, insistiendo en luchar hasta agotar a su último alfil.
El pedido
El 2 de noviembre, en medio de 12 días de paro indefinido, el presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, le dijo: “Tiene 48 horas para renunciar”. Al día siguiente el principal opositor de Morales, Carlos Mesa, pidió la renuncia de los integrantes del Tribunal Supremo Electoral (TSE), y llamó a la realización de nuevos comicios, con urgencia.
Camacho y Marco Pumari, presidente del Comité Cívico de Potosí, marcharon a La Paz; el primero, llevando la carta de renuncia de Evo para que pudiera firmarla. El hecho, que parecía una parodia, tuvo el efecto de reducir, en su segundo intento, las fuerzas de Evo y avivar las protestas en la sede de gobierno que trataban, por todos los medios, de no enfrentar a la Policía; un hecho que fue inédito en estas protestas de la Bolivia del siglo XXI.
La Casa Grande del Pueblo, una mole de cristal minimalista, ideada por el MAS para “erradicar” los símbolos arquitectónicos de la Colonia, todavía impresos en la Plaza Murillo; tenía hombres de negro, custodiándola. En el piso 24 estaba Evo Morales, negándose a recibir la carta. Hizo decir que podían dejarla en Ventanilla Única. Afuera, cientos de jóvenes hacían vigilia pacífica instándole a renunciar.
También estaban sus movimientos sociales, movilizados hasta la Plaza Murillo como para infundirle ánimos. Les hizo colocar baños móviles y mandó a los policías a que les comprara pollo; la plaza parecía una feria de varios colores alistándose para la muerte. La tensión ya era insostenible: escaramuzas entre los manifestantes, gases lacrimógenos, llantas incendiadas en calles paralizadas y bloqueadas; junto a personas en pánico que veían el tránsito de un gobierno caminando irremediablemente hacia su propia autodestrucción.
El 9 de noviembre la policía se amotinó en contra de Evo; luego, la Central Obrera Boliviana (COB), su aliada durante los últimos años le pidió “renunciar, si es necesario” para pacificar al país; el 10 de noviembre la Organización de los Estados Americanos (OEA), después de su informe preliminar, sugirió repetir las elecciones “en virtud de la gravedad de las denuncias y análisis respecto al proceso electoral”. Finalmente, el general de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, que apoyó casi militantemente su gestión de gobierno, le sugirió dimitir.
Los bolivianos no tenían retorno; debían exigir el respeto a su votación, violada por segunda vez, y Evo estaba condenado a aceptarlo. De manera que no fue la religión, la cruz, la virgen María o la espada militar las que forzaron su huida; fue él mismo, con todas sus luces y sus sombras, después de rifar, demencialmente, su largo y sostenido cuarto de hora.
Ya antes de las recientes elecciones Evo había activado una larga y obsesiva lucha por el poder. El 2016 convocó al Referéndum del 21 de febrero buscando un cuarto mandato pero Bolivia le dijo NO con el 51,30% de los votos. Desconoció los resultados y buscó desesperadamente una nueva forma de ser electo, más allá de los límites constitucionales.
Así llegó a las disposiciones del Pacto de San José de Costa Rica de 1969, abanderó el “derecho humano a ser elegido” y, con arreglo a procedimientos encomendados al TCP, se lanzó a la arena política junto con Álvaro García Linera; desafiando el rechazo de la población, desconociendo la Constitución y llegando, contra viento y marea, a las elecciones del 20 de octubre de 2019, como el “binomio ilegal”. ¿Quién podía no emputarse?
El proceso mancillado
Esto no fue todo, los actos de corrupción que no supo combatir, explicar ni enjuiciar adecuadamente, mancillaron dramáticamente el proceso que había liderizado por tanto tiempo. Para sus críticos menos tenaces, estos hechos desdibujaron uno de los proyectos políticos más importantes de este último siglo en Bolivia.
Los hechos de corrupción más simbólicos fueron el desfalco al Fondo Indígena y el caso de la empresa china CAMC que se adjudicó siete contratos del gobierno por más de 560 millones de dólares, teniendo como gerente de la empresa a Gabriela Zapata, presentada como su ex amante, quien había terminado ostentando millonarios bienes y lujos de infarto, de la noche a la mañana.
Después de una serie de episodios novelescos, Zapata fue encarcelada con una pena de 10 años por delitos de enriquecimiento ilícito, uso de instrumento falsificado, falsedad material, asociación delictuosa, contribución ilegitima y legitimación de ganancias, pero, desapareció la figura de tráfico de influencias y nadie del Gobierno asumió responsabilidad en el entuerto.
Estos y otros extravíos echaron tierra a importantes logros de su gobierno como el aumentó significativo de la inversión; el crecimiento de la economía y la reducción de la pobreza; su estratégica aproximación a la industrialización del gas; el incremento de la oferta de generación eléctrica así como el desarrolló de una cardinal infraestructura eléctrica del Sistema Interconectado Nacional (SIN).
¿No habría sido mejor que luego de sus
casi catorce años de gobierno; se retirara como un referente de la
política para que, desde el lugar donde estuviera, vigilara los avances
de la democracia boliviana y pudiera fortalecerla desde el llano? ¿No
habría sido mejor que no se dejara enclaustrar por quien sabe qué
extraño deseo?
La caída
Evo había dejado de tener legalidad y legitimidad pero seguía utilizando la victimización racial; que resulta un arma asesina en un país de una interculturalidad tan difícil y compleja como la boliviana.
- Mi delito es ser indígena…no voy a renunciar-decía en medio de sus cada vez más escasas alocuciones.
El 11 de noviembre de 2019 Evo huyó de Bolivia en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana: abandonó el paraíso del litio y del gas, amen de otros recursos naturales, por los cuales muchos miran el país con afán inocultable. Para concentrarse en el éxito de su huida; mandó a provocar violencia durante todo ese día mientras esperaba en Chimoré la llegada del avión para que lo sacara del país, desde el trópico cochabambino, su cuartel de batallas.
Ya vas a regresar Evito, no te preocupes- le dijeron, llorando, algunas mujeres que fueron parte de una pequeña comitiva que lo acompañó hasta el avión. También lo secundaban, como si se tratara de un botín de guerra invaluable, Álvaro García Linera y Gabriela Montaño, una de sus más próximas colaboradoras, dicen. Parecía que no querían soltarlo, de ninguna manera.
Evo lucía contrariado mientras que Álvaro estaba lloroso y Montaño, varios metros atrás, solamente caminaba hacia el avión. Entretanto, en La Paz y Cochabamba, los que ponían el pecho para distraer su huida, no tenían nada que perder al fin de cuentas; a lo sumo, les quedaba hacer gala de su angustia de siglos, destrozando lo que encontraran a su paso; como expresión de su fidelidad al líder, o como signo de labor cumplida por una paga miserable de 50 pesitos, confirmada por el senador masista, Ciro Zabala.
Su renuncia y salida del país desató un masivo júbilo en varias ciudades de Bolivia, pero, entre las sombras emergió también el descontrol. En La Paz, grupos afines al MAS y vándalos entre medio; incendiaron la casa del activista y ex rector de la UMSS, Pablo Albarracín, y de la periodista Casimira Lema. El Alto estalló bajo el alarido de: ”¡ahora sí, guerra civil!” y muchos eran jóvenes perturbados por la manipulación política pero también por el alcohol, casi lo mismo ocurría en Cochabamba y Potosí. El país parecía poseído por demonios eternos, en cosa de horas.
“¡Queremos que renuncie la presidenta autonombrada!” gritaron febrilmente los campesinos productores de coca del Chapare que Evo maneja desde hace más de 20 años y que tan pronto se enteraron de su viaje ingresaron al centro de la ciudad de Cochabamba; como una legión de abarcas y wiphalas desafiando tempestades y pidiendo que Carlos Mesa y Luis Fernando Camacho sean expulsados del país; mientras, en El Alto, grupos afines al MAS intentaron incendiar la planta engarrafadora de gas de Senkata y quemaron la casa de la alcaldesa, Soledad Chapeton.
- El propio aparato estatal está solventando al vandalismo organizado por el Gobierno- dice en una entrevista Pablo Solón, ex embajador del Estado Plurinacional de Bolivia ante las Naciones Unidas de 2009 a 2011.
Por primera vez en Bolivia la gente comienza a clamar la presencia de las Fuerzas Armadas en las calles, con una policía que había sido rebasada; el miedo era real. Cuando finalmente aparecieron, después de 37 años de gobiernos militares sangrientos, la gente aplaudió su presencia y Evo viralizó su discurso de golpe de Estado: era lo que estaba esperando.
“Evo cayó por su propio peso (…) Él incurrió en acciones a lo largo del tiempo que le causaron un quiebre de la credibilidad y luego un quiebre de la gobernabilidad. Para mí no ha sido la víctima de un golpe sino la víctima del descrédito general”, dijo Rita Segato, antropóloga y escritora argentina, en una postura dura en contra de Evo acostumbrado a aglutinar a intelectuales de izquierda a nivel internacional.
Su huida generó vacío de poder. Al cierre de esto que escribo, Yanine Añez es la nueva presidente de Bolivia, con carácter transitorio. Representa a un sector tradicional de los partidos políticos y su sucesión ha sido declarada legal por el Tribunal Constitucional Plurinacional. Tiene como misión conformar un nuevo Tribunal Supremo Electoral y llamar a nuevas elecciones: el ciclo del caudillo ha concluido pero los coletazos continúan. Evo insiste en regresar a Bolivia y sus movimientos sociales se resisten a caminar sin el caudillo.
Parte de la comunidad internacional se mantiene aun embelesada frente al perfil de Evo Morales que continua victimizándose en público por ser indígena cuando en su primera votación obtuvo el 54% de apoyo de los bolivianos y en la segunda el record de 64,22% de votación. ¿Cómo puede decir que fue discriminado con esos niveles de votación?
Al momento la furia ha amainado. El informe final de la OEA concluye que hubo “manipulación dolosa” e “irregularidades graves”, dirigidas a “alterar la voluntad expresada en las urnas”. Evo y quienes viven cómodamente de su imagen, han pasado de México a la Argentina; sus niveles de soberbia no parecen haber disminuido; la apuesta por retornar al poder, en las actuales circunstancias, tampoco. El MAS se mantiene ambivalente entre morir arrastrado por los errores de sus líderes o remontar los hechos y situarse como un partido todavía baluarte de los movimientos campesinos, aunque fuertemente desgastado.
Ergo, la crisis no está resuelta y remolca 32 muertos y cientos de heridos en una pulseta donde los que han puesto el pecho han sido generalmente campesinos que hacen un ejército de pobreza e inequidad que Evo Morales tampoco ha logrado resolver. Han puesto el pecho, destaco, en una revuelta civil donde policías y militares jóvenes, también pobres, y luchando por ser una barra de contención; no dejaban de mirar, con arrebato, sus propios fusiles; muchos de ellos en estado precario, como precario sigue siendo el estado del Estado boliviano, post Evo



