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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: jueves 19 de diciembre de 2019
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Renovación dirigencias
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La estructura partidaria del MAS y sus características organizativas distan mucho de un partido político tradicional, por tanto no se lo puede analizar con los cánones institucionales habituales. Sus características como “instrumento político” de los sindicatos campesinos e indígenas le ha permitido un ejercicio político extendido en la trama organizativa corporativa a lo largo y ancho del país, y al mismo tiempo, ha permitido la participación activa de algunos sectores en las funciones de gobierno durante estos catorce años de gestión.
En todo caso, el montaje simbólico de “los movimientos sociales” en el poder y del “primer presidente indígena” así como la “fundación del Estado plurinacional” han operado como un poderoso articulador de la identidad partidaria dentro y fuera del MAS, e incluso dentro y fuera del país. No obstante, las grietas entre estos enunciados discursivos y la realidad han sido cada vez evidentes.
El punto de quiebre en estos últimos meses ha sido el empeño por forzar la reelección del binomio, y para ello no se ha reparado en acudir a la manipulación de los datos electorales lo cual ha dado como resultado el desencadenamiento de movilizaciones ciudadanas y conflictos sociales masivos que han logrado cambiar el rumbo del proceso. Estos hechos, fuertemente marcados por la violencia, la confrontación y la desconexión con sus principales autoridades han significado para las bases del MAS, un momento de gran confusión agravado por la intempestiva renuncia del mandatario dejando un inexplicable vacío de poder y una sensación de orfandad y abandono.
Todo esto pudo haber tenido un destino totalmente diferente. La participación electoral del MAS con otros candidatos no solo correspondía con el cumplimiento de la Constitución, sino también se avenía con la necesaria democratización interna de esta organización, pues no es concebible que un partido tan rico en representación sindical y social, que cuenta con más de 20 años de vida partidaria y más de 14 años en el poder, no haya promovido liderazgos jóvenes.
El saldo actual es una organización política-sindical carente de conducción y cohesión interna, en la cual se perciben distintas visiones y posturas, casi confrontadas: la primera, que al parecer va quedando cada vez más reducida, es aquella que ha alentado la estrategia violenta con el fin de generar incertidumbre, miedo y condiciones para el retorno del ex presidente, utilizando dispositivos de convulsión social y ataques vandálicos selectivos afectando la seguridad privada de las personas y del propio Estado. Esta estrategia, ha estado acompañada por narrativas autovictimización, autodiscriminación y exacerbación del sujeto indígena, pobre, humilde, de pollera ultrajado por los sectores movilizados y el gobierno transitorio. En el mismo sentido, la movilización ciudadana ha sido tildada de derechista, racista y dictatorial.
La segunda tendencia interna surge ante la situación de emergencia planteada por la violencia social y el vacío de poder, en procura de una salida institucional a la crisis; es asumida por algunas autoridades legislativas y apoyada por sectores sociales. Esta opción no renuncia a sus convicciones ideológicas ni a la lealtad con el expresidente, pero facilita una resolución electoral a la disputa política.
Ha llegado la hora de retomar el cauce genuinamente democrático del MAS mediante la autocrítica y la renovación de dirigentes, permitiendo que sus sectores internos comprometidos con el destino histórico del país, con el instrumento político y con la fallida “refundación” del Estado, se conviertan en interlocutores válidos con el resto del sistema político.



