Medio: El Deber
Fecha de la publicación: martes 10 de diciembre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Se ha instalado en las calles, las redes y el pensamiento de quienes hacen política o análisis político una sensación de triunfalismo tras el desenlace del 10 de noviembre, cuando el ahora expresidente tomaba vuelo a su refugio político en México.
Para quienes lucharon por la democracia, quienes valoraron el fraude electoral como razón suficiente para no confiar más en un gobierno capaz de vulnerar cualquier verdad con el objetivo de permanecer en el poder, fue, ciertamente, una jornada histórica, de un triunfo hasta ese momento irreversible y jubiloso.
Hoy, exactamente un mes después de aquellas imágenes del avión de la Fuerza Aérea Mexicana despegando del aeropuerto de Chimoré, ¿es posible aún pensar que el proyecto que durante casi 14 años encarnó Evo Morales es cosa del pasado y que no volverá al poder?
La fecha, como todo aniversario, llega con connotaciones emotivas, pero la realidad de los hechos políticos que acompañan a este primer mes da otras señales, cuando menos para la reflexión de que nada está dicho.
En política, y en Bolivia en particular, todo puede pasar y, así como el país presenció un giro inesperado de las cosas en octubre, también podría ocurrir en las próximas semanas, si los líderes y actores políticos no toman conciencia con realismo -y no exitismo- del estado de la situación.
Y ese estado muestra a un Evo Morales que ya tiene listo el equipaje para radicar en Argentina, de vecino, a unos pocos kilómetros de distancia. Desde allí, a Morales le será más fácil hacer lo que más sabe hacer: movilizar a su gente, generar protestas, bloqueos, trabar la gestión de gobierno actual.
Desde México, en entrevista con este medio, también Álvaro García Linera ha dicho textualmente: “Estamos viendo la forma más rápida para que este Gobierno de facto, impuesto a bala y sangre, se vaya por las vías constitucionales”.
Morales y García Linera no reconocen el fraude electoral probado hasta el extremo por la auditoría final de la Organización de Estados Americanos. Y en el prolongado tour de medios que ha recorrido el ex mandatario boliviano ha sembrado en cada estación su teoría del golpe de Estado.
Y con cierto éxito, habrá que reconocerlo, porque diversos medios, periodistas, políticos del exterior y hasta algunos gobiernos sostienen aún que en Bolivia lo que se produjo es un golpe de Estado a la gestión de Morales. Lejos están, en el exterior del país, del conocimiento y detalle del descomunal fraude y la sostenida protesta boliviana que durante 21 días forzó la caída de quien consideraban el artífice del fraude.
El MAS no está muerto: controla con su mayoría las dos cámaras de la Asamblea Legislativa, tiene unas bases que a fuerza rural, a fuerza de identidad cultural, obras, prebendas o finalmente costumbre de 14 años, existe y no es porcentualmente despreciable.
Mientras tanto, en la vereda de enfrente, los precandidatos, antiguos y nuevos, juegan a demostrar quién tiene más respaldo, como si la disputa por el poder fuera exclusivamente entre ellos, como si no existiera un Evo Morales o un MAS, como si el país hubiera cambiado al de los 14 años por otros que quieran parecerse a los anteriores.
Subestimar al enemigo político no solo les podría traer desagradables sorpresas a esos líderes, sino, lo más lamentable, al pueblo que peleó por cambiar las cosas por un Estado donde impere el derecho, la libertad y la democracia.



